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Edición del 28 al 5 de diciembre de 2004

En México, rico en tesoros de la Iglesia católica, los robos de obras de arte sacro han aumentado mucho en los últimos años.

Klaus Blume
DPA

Para evitar los saqueos, los fieles de Tonantzintla vigilan día y noche la pequeña iglesia de Nuestra Señora.

La odisea de San Francisco duró tres años. Alrededor de la Pascua de 2001, ladrones entraron en la capilla del pueblo de Tochimilco, en el estado mexicano de Puebla, y desmontaron un retablo llamado “San Francisco recibiendo los estigmas”, donde el fundador de la orden franciscana aparece reclinado delante de un ángel.

En abril de este año, el valioso objeto de arte religioso fue decomisado en una galería en Santa Fe, en el estado norteamericano de Nuevo México. La policía pudo localizar la pieza debido a que se ofrecía en venta en internet.

La escultura, en relieve, mide 2,35 metros de alto, 1,70 metros de ancho y pesa 200 kilogramos.

Los ladrones trasladaron la pieza recorriendo una distancia de 2,000 kilómetros.

A finales de septiembre pasado, la obra de arte, que data de principios del siglo XVII, fue llevada de regreso a México.

Lo ocurrido con el San Francisco de Tochimilco no es un caso aislado en México.

En este país rico en tesoros de la Iglesia católica, los robos de obras de arte sacro han aumentado drásticamente en los últimos años.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) contabiliza 180 robos al año, sin incluir los casos no reportados oficialmente.

Para las bandas de ladrones, todos los objetos de arte religiosos son de interés, desde estatuas, relieves o pinturas al óleo hasta figuras de la Virgen y de Jesús, arcángeles, querubines y serafines.

Las deficientes medidas de seguridad les facilitan el trabajo en muchas de las aproximadamente 60,000 iglesias y capillas. Y sólo en contados casos, como en Tochimilco, los objetos robados son recuperados.

Entrega del retablo “San Francisco recibiendo los estigmas” a autoridades mexicanas.

Objetivo predilecto

Tochimilco es un pueblo somnoliento de unos 17,000 habitantes situado en la ladera este del volcán Popocatépetl. Sobre la plaza del pueblo se alza como una fortaleza el ex Convento Franciscano del siglo XVI, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Junto a la imponente iglesia principal se encuentra la capilla de la Tercera Orden, de la que fue sustraído el retablo.

Teresa Loera, coordinadora nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH en Ciudad de México, dice que deducen que quienes se dedican a este tipo de robos son organizaciones delictivas.

El que hoy se esté robando más que en el pasado también se debe, según Loera, a que ha aumentado el interés por el arte barroco de la época colonial española.

Un objetivo predilecto de los bandidos profanos, por la riqueza de sus obras de arte históricas, es el estado de Puebla, situado al este de Ciudad de México.

Puebla fue fundada en 1531 por los conquistadores españoles.

En 1524, poco después de la conquista del imperio azteca, llegaron a México los primeros franciscanos.

En la meseta situada entre Puebla y los volcanos Popocatépetl e Iztaccíhuatl construyeron sobre las ruinas de los templos indígenas, como fortalezas, los conventos de Tochimilco, Cholula, Calpan, Huejotzingo y Huaquechula.

En abril de 2001, ladrones desmontaron el retablo “San Francisco recibiendo los estigmas” de la capilla del pueblo de Tochimilco, en el estado mexicano de Puebla.

Sin embargo, las iglesias y los conventos coloniales de Puebla no sólo atraen a los turistas.

En los últimos cinco años, el INAH registró allí 133 casos de robo de arte sacro, con 478 objetos sustraídos.

Menos del cinco por ciento de los robos ha sido esclarecido. “¿Por qué hay los robos? Porque hay mercado”, explica Víctor Hugo Valencia, director del INAH en el estado de Puebla.

Para poner fin a los robos de arte sacro, el INAH apuesta por la información y la prevención. Mediante folletos y campañas llama a los sacerdotes y a los habitantes de los pueblos a proteger mejor a sus iglesias de los robos.

Además se les pide que hagan listas de sus obras de arte y saquen fotos de ellas. “Además de organizar las misas, hay que organizar la seguridad”, recalca Valencia.

Para los fieles de Tonantzintla, unos 20 kilómetros al suroeste de Puebla, esto está claro. Día y noche vigilan su pequeña iglesia de Nuestra Señora, cuya peculiar magia encanta a cada visitante.


 


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