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Edición:
28
de marzo de 2004


La población del
camélido andino, apetecido por su fina lana, ha crecido
ocho
por ciento al año y está fuera de peligro de
extinción.
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Unas
200 comunidades peruanas se benefician de las vicuñas,
a las que tienen prohibido sacrificar.
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La vicuña
(Vicugna vicugna), delicado y hermoso camélido que
vive libre en las zonas andinas a más de cuatro mil
metros de altura, está fuera de peligro de extinción
gracias a la decisión del Estado peruano de entregarla
en patrimonio a las comunidades indígenas.
En 1965, la comunidad internacional se alarmó ante
el cálculo de que sólo quedaban en el mundo
unos 25 mil ejemplares de esta especie oriunda de Perú,
amenazada de exterminio por bandas de cazadores furtivos con
fusiles de mira telescópica, que les daban muerte para
apoderarse de su lana.
El pelaje de la vicuña se transforma en una de las
fibras más caras del mundo, con precios de entre 437
y 650 dólares por kilogramo.
El primer precio corresponde a la llamada lana sucia,
es decir tal como es extraída, y el segundo a
la lana descerdada, explicó a Tierramérica
Rony Garibay, experto del estatal Consejo Nacional de Camélidos
Sudamericanos (Conacs).
En 1975 se incorporó a la vicuña a la protección
del Convención sobre el Comercio Internacional de Especies
Amenazadas de Flora y Fauna Silvestres (CITES), que prohibió
en todo el mundo el comercio de tejidos y prendas confeccionadas
con su lana.
Pero eso no bastó, y fue necesario entregar en 1987
la propiedad de las manadas silvestres de vicuñas a
las comunidades indígenas de las correspondientes comarcas.
Hay actualmente 149 mil ejemplares en Perú y 15 mil
en Bolivia, y se considera a la especie libre del riesgo de
extinción si se mantienen las actuales condiciones
de protección, que han permitido que su población
crezca ocho por ciento anual.
La Conacs considera que mediante este manejo adecuado de la
vicuña se podrá alcanzar dentro de algunos años
una población de 300 mil ejemplares, señaló
Garibay.
El experto civil Antonio Brack Egg maneja cifras más
optimistas y ambiciosas: piensa que en 2021 podría
haber en Perú un millón de ejemplares, porque
hay 10 millones de hectáreas de pasturas aptas.
No es una cifra excesiva, pues se calcula que en la
época del incario habían alrededor de dos millones,
aunque es claro que el imperio incaico comprendía
territorios que ahora corresponden a Perú, Bolivia,
Ecuador, Argentina y Chile, añadió.
La lana de vicuña tiene un grosor de 10,8 a 11,4 micras
(milésimas de milímetro), bastante más
delgada que la cachemira, procedente de una cabra asiática,
que tiene en promedio 16 micras.
Estos camélidos no se reproducen en cautiverio, y viven
en zonas que no son aptas para la agricultura ni para la ganadería
convencional. Por lo tanto, la única forma de garantizar
su preservación es proteger las condiciones de su vida
silvestre.
En tiempos del imperio incaico estaba prohibido su sacrificio,
pues eran de propiedad del monarca, y durante el periodo colonial
sobrevivieron protegidas por el ancestral respeto indígena.
Los incas atrapaban a las vicuñas en los chacos,
una festiva ceremonia masiva en la que centenares de personas,
en un extenso cordón humano, las empujaban sin hacerles
daño hasta corrales temporales, en donde eran esquiladas.
Los delicados animales sufren daño grave si se intenta
cazarlas con lazo, y el reducido aporte de lana por individuo
(alrededor de 200 gramos) obliga a efectuar esquilas masivas.
A comienzos del siglo pasado, los grandes modistos de París
descubrieron las virtudes de la lana de vicuña y desataron
una demanda que provocó la persecución despiadada
de la especie. Para esquilarlas con comodidad, los cazadores
furtivos las perseguían en camionetas y las mataban
masivamente luego de acorralarlas.
En 1987, junto con la decisión oficial de entregar
a esas comunidades la propiedad de las manadas silvestres
de vicuñas, se crearon organismos oficiales para apoyar
la comercialización de la fibra mediante pautas cooperativas
o semiempresariales.
Unas 200 comunidades indígenas propietarias de las
vicuñas tienen prohibido sacrificarlas, y sólo
pueden esquilarlas cada dos años bajo supervisión
estatal.
Una vez al año, luego de hacer la pagapaga,
ceremonia individual de agradecimiento a la pachamama
(madre tierra), los comuneros de cada comarca participan masivamente
en los ancestrales y festivos chacos.
Las cadenas humanas, en medio de cánticos y batir de
tamboriles, arrean a las vicuñas desde las pampas hasta
los corrales en donde son esquiladas, en presencia de supervisores
de la Conacs, y a veces de ecologistas y periodistas invitados.
El
autor es colaborador de Tierramérica.
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