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Edición:
28
de marzo de 2004

En
Tepito, barrio de mala fama de la Ciudad de México,
la muerte es sagrada para los vivos.
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Devotos
al culto contemplan la imagen de la Santa Muerte.
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Allí,
en la pared de una casa, colocada dentro de un relicario de
vidrio, está la Santa Muerte, una mujer
que tiene en la mano derecha una guadaña y una balanza,
mientras que los dedos huesudos de la mano izquierda sostienen
un globo terráqueo.
El cuerpo de la figura esquelética está envuelto
en un vestido largo. Frente al altar de la santa
hay velas encendidas. Alrededor de ella se encuentran expuestos
manzanas y puros, vasos llenos de tequila, latas de cerveza
y otras ofrendas.
La lúgubre figura cuenta con muchos adoradores. Directamente
al lado del altar hay una pequeña tienda donde la venden
en todos los tamaños, a un precio que oscila entre
1,2 y 180 dólares.
En Tepito, pero también en otras partes de México,
la mujer de la guadaña es venerada como santa católica.
Es como una santa, la de los malvados, pero también
de los pobres, dice el escritor Homero Aridjis, quien
escribió un libro sobre este culto.
Aridjis explica que en el culto a la Santa Muerte
confluyen creencias católicas y aztecas. La Iglesia
combate este culto, que se expande rápidamente en los
barrios marginales y entre los narcotraficantes. Y es que
los adeptos del culto a la muerte no toman muy en serio los
Diez Mandamientos, especialmente el séptimo (No
hurtarás).
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"Figura
de la Santa Muerte, una mujer que tiene
en la mano derecha una guadaña y una balanza,
mientras que los dedos huesudos de la mano izquierda
sostienen un globo terráqueo.
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Tepito
es un nido de fayuqueros, personas que venden
en mercados a bajos precios mercancías robadas o discos
compactos pirateados.
Los operativos policiales para acabar con este negocio ilegal
suelen acabar con el repliegue de los guardianes del orden
tras sangrientas batallas campales.
Aquí, la gente le pide a la Santa Muerte cosas
que no le pueden pedir a la Virgen de Guadalupe, como, por
ejemplo voy a asaltar este banco, protégeme,
dice Aridjis.
Los niños suplican a la santa que lleve de regreso
a casa a sus padres encarcelados, añade el escritor.
De cada diez presos en el Distrito federal, tres son
de Tepito, asegura a su vez el historiador local Alfonso
Hernández.
El borde del altar de la Santa Muerte está cubierto
de flores. Numerosas personas van saliendo de los miserables
callejones del barrio para rezar el rosario frente al altar.
Algunos llevan sobre la cabeza enormes canastillas de flores,
otros cargan sus propias figuras de la Santa Muerte para que
sean bendecidas frente al altar.
Un taxista se persigna cuando pasa frente al sitio donde se
alza el altar. No es superstitición. La Santa
Muerte existe, grita un joven dirigiéndose al
grupo de periodistas que visita el santuario, a los que se
ruega que bajo ninguna circunstancia se alejen del grupo.
Sagrada muerte, te agradezco el milagro concedido,
reza un texto escrito en un pequeño tapiz en la pared
de la casa junto al altar. Imposible saber de qué milagro
se trata.
Me ha hecho muchos milagros. No digo qué,
dice la propietaria de la casa, Enriqueta Romero, quien ha
colocado el altar, frecuentado por muchos fieles, en la acera
frente a su vivienda. Sin embargo, no puede asegurar que el
culto a la Santa Muerte prolongue la vida. La muerte
llega cuando debe de llegar, dice escuetamente.
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