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Edición:
28
de marzo de 2004

Las
pureras ennegrecen sus manos con las hojas del tabaco y mantienen
viva una
labor heredada por sus madres.
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Las tierras
de La Filipina, en San Rafael Oriente, San Miguel, son de
las pocas donde aún germina la semilla del tabaco.
Y allí sus mujeres se sientan con una tabla sobre las
piernas para dar forma a la artesanía que les legaron
sus progenitoras y que a duras penas les brinda el sustento.
La elaboración de puros es una labor dolorosa. No sólo
por lo que cuesta el proceso, algunas veces desde la siembra,
pasando por el desvenado de las hojas hasta el enrollado del
tabaco, sino por las escasas ganancias que deja a las mujeres
que se han convertido en sus esclavas.
No se sabe con exactitud cuántas mujeres ennegrecen
sus manos al envolver la tripa entre la capota y la capa (diferentes
tipos de hojas), pues no existe un censo que contabilice el
número de ellas que aún se niegan a enterrar
esta tradición.
Sólo un estudio etnográfico recopilado por el
Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) hace
más de quince años contempla que, por lo menos,
unos veinte municipios son habitados por las pureras.
Aunque con el correr del tiempo el fulgor de este trabajo
ha ido disminuyendo, Eduardo Saravia, jefe de Fomento Artesanal
de Concultura, considera que sobreviven remanentes en esos
municipios.
Entre ellos se encuentran Tonacatepeque, en San Salvador;
Armenia y Juayúa, en Sonsonate; Santiago Nonualco,
San Emigdio y San Juan Talpa, en La Paz, y San José
Guayabal y Suchitoto, en Cuscatlán.
Exclusivo de mujeres
El jefe de Fomento Artesanal refiere que por tradición
este ha sido un trabajo de mujeres. Son ellas quienes tienen
la habilidad de enrollar el tabaco y la paciencia de pasar
todo un día sentadas para elaborar entre 250 y 8000
puros.
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Alicia Larín y su hija María desvenan
las hojas del tabajo que más tarde les servirá
para elaborar los puros.
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En sus
casi 70 años de ser purera, en la ciudad de Suchitoto,
doña Victoria Acosta sólo recuerda a un hombre
que se atrevió a competir con ellas. En San Rafael
Oriente, los esposos de estas artesanas a lo sumo participan
en la siembra y en el secado del tabaco.
Lo demás es cuestión del sexo femenino. María
Antonia Martínez, de 49 años, es una de las
quince pureras que habitan el caserío La Filipina.
Cada día elabora entre 500 y 800 puros, esos que al
final del día dejan impregnadas sus manos con el olor
a la nicotina.
María rememora que al seguir los pasos de su madre,
hace treinta años, el contacto con el tabaco le ocasionaba
alergias en las vías respiratorias, pero después
hasta lo probaba cuando lo ofrecía en el mercado de
Usulután y las vendedoras querían ver el humo.
Con la venta de puros nos levantó mi madre y
aunque sea con la comidita lo sigo haciendo yo con mis hijos,
comenta María, quien ha comenzado a sentir molestias
en la espalda, el principal padecimiento que les afecta, luego
de permanecer sentadas durante largas jornadas.
Pero ellas no sólo deben luchar con esta incomodidad.
Al ser pureras deben enfrentarse a un oficio mal pagado que
con dificultad les deja ganancias. Después de una semana
de ardua labor, Alicia Larín, de 50 años, recibe
160 colones por 4,000 puros.
De allí debe sacar el dinero que ha pagado por el tabaco
(100 colones la arroba), pues quienes no lo cultivan (sólo
se siembra en Tonacatepeque y en algunos cantones de San Rafael
Oriente, los que poseen tierras) compran del que se importa
de Honduras.
Y quienes trabajan en talleres, como en el caso de Suchitoto
donde aún se conservan tres, el pago que reciben a
diario no sobrepasa los diez colones. A pesar de eso, ellas
no se quejan. Desvenan las hojas y dan forma al tabaco con
tal silencio, sólo interrumpido por el ruido que hace
la tijera al cortar la punta de los puros.
Tradición amenazada
Más allá de ser un medio de subsistencia para
las familias, los puros son considerados como una artesanía.
Esto debido, según explica Eduardo Saravia, a que son
elaborados con materia prima extraída de la naturaleza
y son resultado de un proceso manual.
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Por
lo menos unas 15 mujeres de La Filipina viven de las
escasas ganancias que les deja la venta de puros.
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El tabaco
es cortado, puesto a secar en hornos o bajo el sol, clasificado
por el color y la forma de las hojas y hecho puros sin más
esfuerzo que el manual. Pertenece al grupo de la artesanía
utilitaria y de consumo, reconoce Saravia.
Sin embargo, el apoyo que Concultura ha dado a la elaboración
de puros ha distado mucho del que han recibido otras artesanías.
Eso ha permitido que la labor de las pureras se pierda entre
la falta de un censo y la escasa preocupación por preservar
esta tradición.
Las encargadas de que esta artesanía no muera luchan
solas. No tienen acceso a préstamos ni a nuevos mercados,
en parte porque éste se limita a los ancianos, y siguen
laborando de forma tan rudimentaria como sus antiguas generaciones.
Algunas ni siquiera apoyan sus manos en mesas, sino en tablas
que sostienen sobre sus piernas.
El encargado de exportación e importación de
Economía Agropecuaria del Ministerio de Agricultura
y Ganadería, Maximiliano Zacapa, detalla que el decaimiento
de la producción de tabaco pues no satisface
la demanda de las pureras se debe a que la cigarrería
Morazán dejó de financiar los cultivos hace
más de quince años.
Esta empresa se instaló en Honduras y ahora controla
sus plantaciones en la zona costera del Atlántico de
ese país. Mientras tanto, las escasas pureras de El
Salvador se esfuerzan para que la elaboración de puros
no se pierda con el cultivo del tabaco.
Importación
de tabaco 259,773 Kilogramos se compraron en enero a junio
de 2004
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| Además
de los puros normales, las pureras hacen los curados,
es decir aquellos que son rociados con vainilla y anís.
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El
consumo de puros está muy ligado a las personas
de la tercera edad, y se repite más en los pueblos
y en las zonas rurales.
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Doña
Victoria Ayala compra del tabaco que proviene de Honduras
y comercializa los puros en Sonsonate.
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ECasi
setenta años de su vida han estado ligados al trabajo
de purera. Como una experta comenta que la clave está
en darle el piquete a la punta.
Al hacer los rollitos de puros, doña Victoria Acosta,
de 83 años, ya no debe contar los veinticinco que lo
componen. Le basta con rodearlos con sus dedos índices
y pulgares para saber que están completos.
Aquí hace falta uno, dice la octogenaria.
Y en efecto sólo hay veinticuatro. Ese cálculo
que ha desarrollado doña Victoria Acosta sólo
se puede conseguir con la experiencia.
Desde los quince años comenzó a relacionarse
con el aroma del tabaco en su natal Suchitoto. Aunque su madre
era una reconocida purera, ella aprendió en otro taller.
Fue en el de doña Esther Parada, rememora
mientras desempeña su trabajo de siempre.
Fue todo un proceso. Primero empezó a desvenar hojas
y a cambio recibía veinticinco centavos al día.
A los tres meses ya se sentaba en las mesitas de las operarias
para enrollar la tripa con el capote y la capa, y ya le pagaban
veincinco centavos.
Allí laboró durante treinta años, de
seis a siete de la noche. Eran tiempos en que el oficio de
purera era el más sobresaliente de Suchitoto. En cada
casa se encontraban hasta veinte operarias y siempre había
un poco de tabaco asoleándose en el patio.
Empresaria hasta hoy
Antes de instalar su propio negocio, ella trabajó quince
años más en otro taller. Pero un día
decidió comprar tabaco y en el día laboraba
en lo ajeno y en la noche en lo suyo.
Antes de que el conflicto armado azotara a El Salvador llegó
a tener quince operarias, quienes producían más
de 5,000 puros diarios. Pero con este acontecimiento las mujeres
se marcharon y doña Victoria tuvo que continuar sola.
Esta artesanía perdió su fulgor en Suchitoto.
Todas las ayudantas se fueron y las que se quedaron
no quisieron seguir con el oficio, comenta.
Ahora sólo existen tres pureras en la ciudad que se
niegan a olvidar esa herencia. Una de ellas es doña
Victoria, quien trata de mantener tres operarias que le ayudan
a elaborar los puros que manda hacia Sonsonate.
Ella sigue enrollando el tabaco, sentada en el corredor de
su casona. Su forma de trabajo sobresale entre las demás
pureras. Lo hace con parsimonía y hasta con fineza.
¿Qué es lo más difícil de
hacer puros?
le pregunto.
Pues la punta, porque hay quien no puede darle
el piquete y tienen que dársele dos con la tijera (dos
cortes), dice con su voz suave.
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Ligado
a las creencias
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Según
el libro Nuestras artesanías, de
la Coordinación Educativa y Cultural Centroamericana,
el tabaco ha sido un cultivo heredado desde la época
prehispánica y, a su vez, la población
le ha dado muchos usos: ceremonial, medicinal, mágico
y para consumo personal.
Este texto menciona que aunque la elaboración
de puros se ha visto afectada por la cigarrería
industrializada, aún se hallan unos 32 municipios
que los producen para la comercialización y en
10 de ellos se hacen los cigarrillos chuñas.
Eduardo Saravia explica que, en especial, los puros
están ligados a las creencias rituales, muchas
de ellas relacionadas con el humo del tabaco, como la
atracción de un amor y del dinero.
El humo del puro también es usado como repelente
de los mosquitos. Algunos ancianos llamados pochoteros
los llevan en su bolsa y cuando sienten deseos cortan
pedazos del producto para masticarlo.
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