Edición del 27 al 3 de julio de 2004

“La suerte es como la muerte”, dice el cantador; llega cuando
menos se lo espera, y tras ese principio, decenas de personas
juegan lotería de cartón buscando su golpe de suerte.

Tania Urías
Fotos: Martiza Santos

Al mediodía y al final de la tarde son las horas de más movimiento en las loterías, esos sitios donde se mueven dólares y anhelos de ganar.

El portón se abre a las once menos cuarto y a la cita acuden vendedores de café, verduras, lapiceros o fruta, lustrabotas, jubilados que dejan ahí su escasa pensión, borrachos curados de sus vicios —al menos así dicen ellos— y hasta doctores y maestros.

Todos llegan con un objetivo común: jugarse unos centavos en la lotería La Central, la más popular del centro de San Salvador y la única que ofrece 20 mil colones de premio una vez por mes.

Localizada frente al mercado Sagrado Corazón de Jesús, es un enorme galerón, de unos 30 metros cuadrados, en el que se ubican unas 80 mesas de metal, forradas de vidrio tras el cual están los famosos cartones de lotería con las peculiares figuras del catrín, de la sirena, de la muerte y otras tantas.

A esa hora, una mezcla de olor a café y a salsa de tomate hirviendo impregnan el lugar, quizá porque se comienza la preparación del almuerzo en los dos cafetines aledaños.

Y mientras la canción del año viejo suena a todo volumen, uno a uno van llegando jugadores que se ubican en el mismo lugar que lo han hecho por años, confiados en que la mesa que seleccionan es la que los hace ganar.

Ahí está don Pedro, un hombre moreno y delgado que vende lapiceros en los autobuses del centro y que dedica al menos tres horas diarias a este popular juego.

Una pausa en las ventas en busca del premio.

“Vengo solo cuando gano suficiente para dejar un poco aquí”, aclara de forma huraña y se apresura a juntar los granos de maíz que más tarde le servirán para marcar las figuras que se vayan llamando.

Frente a él, don Mario Salvador Girón, un profesor jubilado que comenzó a jugar hace cinco años, vigila de cerca la mesa que ha elegido para apostar.

Como muchos otros, dice que llegó a este sitio porque no tenía otra cosa más interesante que hacer y para curar su soledad.

“Yo llegué solito. Un día me decidí a pasar y me quedé. Ahora vengo casi todos los días, aunque trato de controlarme porque hay gente que pierde hasta la pensión”, señala.

A unas cuantas mesas de ahí, doña Lucía Cortez, de 55 años, se ajusta el delantal, buscando monedas que gana vendiendo vasos de café caliente en el mercado para apostarlos en los cartones, como lo ha venido haciendo desde hace 10 años.

Ella asegura que llega a diario a jugar, porque no tiene a nadie que vea por ella y porque el dinero que gana lo puede gastar como le dé la gana.

“Tengo cuatro hijos, pero ninguno me ayuda, así que yo solita gano para mí, por eso vengo a diario, porque soy viciosa”, dice y suelta una carcajada.

Sin embargo, el récord de asistencia lo llevan don Eduardo Ramírez y su esposa doña Ana María. Ambos llevan 30 años apostando a las figuras de cartón.

Aunque se prohíbe la presencia de niños, muchos ya son clientes.

“Tanto venir he perdido como 150 mil pesos”, dice don Eduardo. ¿Pero ha ganado?, le pregunto. “He perdido más de lo que he ganado”, aclara este hombre que junto a su esposa vende hortalizas en el mercado La Tiendona.

¿Y por qué viene entonces?, insisto. “Porque es un vicio que divierte”, agrega.

Vestido con botas altas de vaquero y sombrero de ala ancha, don Eduardo refiere que acude tres o cuatro veces por semana y sólo cuando hay suficientes entradas de dinero.

Sin embargo, los empleados de la lotería aseguran que tanto don Eduardo como su esposa bien podrían tener una membresía como los clientes más frecuentes del lugar.

Tensión a mil por hora

Pasadas las 11:00 a.m., el local está lleno de gente que entusiasta espera el primero de los 110 sorteos que se realizan por día.

Hay jugadores de todo tipo, desde expertos que son capaces de jugarse 30 cartones en un solo sorteo, hasta los más novatos que apenas apuestan a uno.

Los jubilados son los principales clientes.

El ambiente es casi como de fiesta. Los empleados de la lotería, vestidos con camisetas amarillas, se mueven de un lado a otro, apuntando las mesas que cada jugador elige.

De repente la música cesa y el primer sorteo inicia.

Ubicado en una tarima localizada en la parte alta del lugar, Salvador Girón, que ha pasado una docena de años haciendo el mismo trabajo, comienza a cantar las bolitas que impulsadas por una tómbola de aire llegan hasta sus manos.

Abajo, en las mesas, el silencio reina, los clientes que antes conversaban o se entretenían con la música se concentran en sus cartones y buscan una a una las figuras que el cantador va llamando.

“La sirena enamorada, el catrín de medio luto”, dice con una voz ronca y pausada.
Aquellos que apuestan a más de treinta cartones se mueven de un lado a otro con singular agilidad, buscando completar las nueve figuras que les darán los 26 dólares de premio que están en juego.

De repente, un fuerte golpe en una de las mesas acompañado de un silbido indica que hay un ganador.

La tensión disminuye, todos bajan la guardia, se lamentan y recogen los granos de maíz, dispuestos a probar en el siguiente sorteo que iniciará unos minutos después.

El primero que rellena el cartón obtiene un premio que oscila entre los 26 y los 50 dólares.

Una vez que el ganador recibe su dinero, otro sorteo inicia. Todos vuelven a la carga, colocan de nuevo los granos de maíz, se concentran y con las manos hechas puño esperan ansiosos completar este juego.

Más tarde nos enteraríamos de que casi todos los clientes del lugar no son sólo son frecuentes sino que además permanecen hasta ocho horas jugando.

“Aquí hay gente que viene desde que se abre y se va cuando ya estamos cerrando y lo más triste que hasta prestando para irse en el bus se quedan”, cuenta uno de los empleados.

Y es que esa búsqueda por el golpe de suerte muchos prueban y prueban sorteo tras sorteo y pierdan el poco dinero con el que contaban, y otros, muy pocos, se lleven a casa el tan preciado premio.

Y como bien dijo por ahí uno de los jugadores, de eso se trata la suerte.

Tradición que se pierde

• Si bien las loterías de cartón han sido en el pasado tradición de chicos y grandes, en los últimos años su existencia ha disminuído.
• Hace 20 años había ocho funcionando solo en San Salvador; ahora hay seis, cuatro de ellas en decadencia, asegura don Miguel Martínez, administrador de la lotería La Central.
• Lo mismo opina el vigilante de la lotería La Milagrosa, también ubicada en el centro. Para él el negocio ha disminuido porque la gente le ha perdido interés.
• Para el señor Martínez, otro aspecto que ha influido en el cierre de estos negocios es que muchos se han convertido en refugio de delincuentes y borrachos.
• “Nosotros seguimos en pie porque no permitimos el ingreso de alcohólicos. Tenemos ocho vigilantes para evitar ingreso de delincuentes y no servimos alcohol” dice orgulloso.

Lotería de cartón

• Está compuesta por 54 figuras divididas en seis cartones, cada uno con nueve figuras. Cuando se completan se tiene la oportunidad de ganar el premio que esté en apuesta.

• El costo por cada cartón es de cuatro centavos si el premio es de 30 dólares, cinco centavos para ganar 35 dólares y 10 centavos si el premio es de 50 dólares.

• Se realizan entre 100 y 110 sorteos por día, cuyo premio oscila entre 26 y 50 dólares.
Lotería La Central

• Comenzó a funcionar hace 12 años en el mismo local que ahora posee; cuenta con 35 empleados, cuya labor incluye limpiar las tablas, apuntar los cartones que van a sorteo y revisar las figuras ganadoras.
• La lotería permanece abierta de lunes a sábado de 11:00 a.m. a 8:30 p.m. y los domingos hasta las 7:00 p.m.
• Aunque no se nos proporcionó el monto total de ingresos por día, a diario acuden unas 200 personas, cada una de las cuales se juega entre ocho y 100 dólares diarios.
u Una vez por mes se rifan 20 mil colones, que puede obtenerlos un solo ganador o entre cuatro clientes.
• Además cada cierto tiempo se rifan electrodomésticos y una vez por día los jugadores tienen la oportunidad de jugar al cantarito regalón y al completar un cartón sacar una bola color naranja que les hace ganar entre 50 y 1000 dólares.


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