Edición del 27 al 3 de julio de 2004

La fabricación de matates de mezcal es el principal patrimonio
del municipio de La Laguna, en Chalatenango.
En este pueblo son muchos los habitantes que a diario se esfuerzan
por preservar esta herencia cultural.

José OsmÍn Monge
Fotos: Luis Villalta

Don Lucio Fuentes es uno de los matateros de La Laguna. Su dedicación y sus esfuerzos han mantenido vivo este patrimonio.

Las manos ásperas de doña Blanca Edith Galdámez separan con pericia cada una de las hebras que forman un mechón de mezcal.

Cerca de ella se encuentra su hijo Jorge, de siete años, quien con una rueca manual o “carreta” (como le llaman ellos) se dispone a ayudar a su madre a torcer los hilos de la fibra natural.

Acto seguido, la mujer y el niño salen a la calle e inician su faena diaria. Doña Blanca ata algunos hilazas al carrizo de madera, el cual es manipulado con habilidad por el pequeño Jorge.

Como por arte de magia, los blancos y rústicos hilos se enrollan poco a poco hasta formar un filamento más grueso y largo.

Debido a lo longitud de la soga que se va formando en el proceso es necesario que el niño se distancie hasta 15 metros de su mamá, quien a su vez no para de unir los delgados hilos.

Al obtener lías más consistentes proceden a unirlas y torcerlas de nuevo hasta formar una cuerda de mayor grosor. Las pequeñas sogas obtenidas en el trabajo son dispuestas para la fabricación de matates.

Manos prodigiosas

Estas bolsas de red son elaboradas por doña Blanca y don Lucio Fuentes, su suegro. Ambos se sientan en el corredor de la antigua vivienda y entretejen las delgadas cuerdas de mezcal; para ello utilizan una “aguja” grande de madera.

Niños y adultos se ven involucrados en el proceso de producción de matates.

“La carreta que se utiliza para torcer y las agujas las he fabricado con mis propias manos. Están hechas con madera de laurel”, expresa don Lucio, de 76 años.

Con una admirable soltura en sus manos, ellos van dando forma a las redecillas. Su destreza es tal que bien pueden trabajar hasta con los ojos vendados.

Estos dos matateros muchas veces realizan su labor entre amenas tertulias en las cuales salen a relucir historias de tiempos pasados en donde la producción era mayor y donde las ganancias eran mejores.

“Antes se trabajaba más. Hasta hace cuatro años nosotros hacíamos matates muy grandes; ahora sólo fabricamos redes pequeñas, a las que les llaman basuritas. De estas me hago 12 al día. Cada una la tejo en media hora”, manifiesta don Lucio, mientras sostiene en sus piernas una red que acaba de finalizar.

Jarcia por doquier

Estampas como la anterior se observan a diario en muchos puntos de La Laguna y en cantones aledaños. En sus angostas calles y en muchas de las viejas viviendas se pueden observar a diario grupos de mujeres, niños y hombres torciendo las blancas pitas o fabricando los matates.

El rescate de esta tradición está en las manos de las nuevas generaciones.

Esta población se distingue por la producción de esos prácticos y útiles artículos, los cuales son vendidos a comerciantes provenientes de San Miguel.

“Cada 15 días vienen a comprarnos los matates. Ellos mismos (los compradores) son los que nos venden el mezcal”, expresa doña Lelbia Maribel Fuentes, una de las matateras del barrio Las Delicias.

La producción de estos artículos se remonta a tiempos inmemorables, cuando los pobladores de aquel entonces descubrieron lo provechoso que era la fibra de mezcal y todo lo que con ella se podía hacer.

“Mi familia siempre ha trabajado en esto. Mi madre me enseñó este oficio y su mamá se lo enseñó a ella. Yo comencé a hilar a los cinco años”, expresa doña Lelbia, mientras observa como su hijo Rafael da vueltas al carrete.

Patrimonio bajo amenaza

En este municipio, la fabricación de matates ha bajado considerablemente. En la pérdida de este patrimonio han tenido mucho que ver la venta de redes hechas con material sintético; a esto se suma la baja en los precios, el mal pago de la mano de obra y hasta la emigración al extranjero.

Don Margarito trabaja la jarcia.

“Hasta hace unos diez años este trabajo era mejor pagado. Hoy dos matates pequeños cuestan ¢3.50 ($0.40)”, comenta doña Blanca.

A pesar de la disminución en las ventas, los matateros de La Laguna se niegan a abandonar su labor. Ellos están dispuestos a seguir tejiendo su destino y a trabajar con mucho esfuerzo para no dejar perder este patrimonio, a punto de caer en las redes del olvido.Barrio de matateros

A la entrada de La Laguna se encuentra el barrio Los Guevara, uno de los ensanches más reconocidos del pueblo. En ese lugar aproximadamente 30 personas se dedican a la fabricación de matates.

La familia León, conformada por don Margarito, doña Carmen y su hija Aracely se dedican, desde hace varias décadas, a esos menesteres.

Desde tempranas horas de la mañana salen a la calle a hilar y retorcer el mezcal, pero no son los únicos: en la vía también trabajan otros vecinos.

Después de retorcer el hilo, los León se ubican en el corredor de su casa y se disponen a tejer las redes. Ahí permanecen hasta llegada la noche.

“Antes de acostarme me pongo a ver televisión y a hacer más matates. A mi hija no le he enseñado a hilar ni a tejer porque prefiero que estudie. Yo le digo le haga más caso a los libros y cuadernos que al mezcal”, expresa doña Aracely, entre carcajadas.

Don Margarito manifiesta continuar con su trabajo hasta que Dios se lo permita.

Pueblo sin laguna

La materia prima para elaborar matates es el mezcal.
• El pueblo La Laguna está enclavado en la falda de una montaña (a 905 msnm) al norte del departamento de Chalatenango. Su clima fresco y la cordialidad de su gente han hecho de este pueblo un lugar muy especial y digno de visitar.

• Aunque la población se llama La Laguna, en ella y en sus cercanías no existe ningún cuerpo de agua de este tipo.

• En 1807, en la falda de un cerro conocido como La Montañona se encontraba una aldea de ladinos llamada La Laguna, cerca de donde se hallaba una laguneta. Esa aldea se erigió como pueblo en 1816, pero 29 años después fue incendiada durante una guerra con fuerzas hondureñas. En vista del desastre y de lo insalubre del lugar, autoridades y residentes de la aldea dispusieron abandonar el primitivo asiento y trasladarse hasta el lugar donde se encuentra la población en la actualidad, que es de unos 5,062 habitantes, de los cuales 2,200 viven en el casco urbano y los demás en las zonas rurales.

• Las fiestas patronales se celebran el 25 de julio en honor de Santiago Apóstol.

• El pueblo es bañado por las aguas de los ríos Sumpul y Pacayas.

• Se cultivan hortalizas, cereales y café.

 



1995 - 2004. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.

elsalvador.com