|
Edición
del 27 al 3 de julio de 2004


Ecologistas aseguran que
los monocultivos amenazan el ambiente
en Uruguay. Pero no hay estudios sobre el impacto de la forestación
comercial, que cubre el 4% de los suelos productivos.
 |
El
pino es una de las especies
preferidas por su crecimiento rápido. |
¿Qué
tiene de malo plantar árboles?, preguntan los promotores
de la forestación comercial que prolifera en América
del Sur.
En Uruguay no hay respuestas categóricas, pero todo
parece ser un problema de escalas.
Ordenadas hileras de eucaliptos y pinos abundan en Argentina,
Brasil, Chile y Uruguay, que concentran cuatro de los 10 millones
de hectáreas mundiales de plantaciones forestales de
crecimiento rápido.
A diferencia de otras plantaciones forestales, éstas
sólo buscan producir, rápidamente y con bajo
costo, grandes cantidades de troncos pequeños, materia
prima de la celulosa para fabricar papel.
Las políticas forestales latinoamericanas, alentadas
por agencias multilaterales y de cooperación, “apuntan
más a la promoción de monocultivos (de pinos,
eucaliptos u otras especies) que a proteger el bosque nativo”,
dijo a Tierramérica el coordinador general del Movimiento
Mundial por los Bosques Tropicales (WRM, por sus siglas en
inglés), Ricardo Carrere.
“La razón es que el bosque es visto como una
mina a explotar”, opinó.
En Uruguay, la Ley 15.939 de 1987 causó un “crecimiento
explosivo de las plantaciones hasta 1997 y 1998”, dijo
a Tierramérica el agrónomo forestal Ariel Rodríguez
Yáñez, co-redactor del anteproyecto de esa ley,
y ex profesor adjunto de silvicultura en la estatal Universidad
de la República.
Subsidios, impuestos no cobrados, créditos blandos
y gastos en infraestructura vial suman unos 400 millones de
dólares para promover el sector, según el WRM.
Las plantaciones cubren ahora más de 600 mil hectáreas,
cuatro por ciento de los suelos productivos. Los bosques autóctonos
ocupan 810 mil hectáreas.
Para Rodríguez Yáñez, asesor de empresas
forestales, la política fue buena pero no exitosa,
porque falta industrialización y “seguimos siendo
exportadores de materia prima, dependientes de los vaivenes
del mercado internacional”.
Las exportaciones forestales sumaron 86,5 millones de dólares
en 2002, 43 de ellos por madera bruta, de acuerdo con la Dirección
Forestal. Ese año, el total de ventas al exterior fue
2,200 millones de dólares.
El sector se reparte entre unos 1,500 productores, con predominio
de compañías transnacionales estadounidenses
y europeas, y suministra casi tres mil empleos permanentes
en este país de 3,4 millones de habitantes, según
el último censo agropecuario de 2000.
El impulso inicial se frenó por el retraso en el pago
de subsidios, que lleva más de cinco años. Tras
la depreciación del peso en 2002, las subvenciones
dejaron de ser atractivas.
Pero los árboles siguen allí. Las expectativas
de industrialización se centran en planes de españoles
y finlandeses para instalar dos plantas de celulosa en el
país, criticados por su potencial efecto contaminante.
Para la ley forestal, los bosques son “asociaciones
vegetales en las que predomina el arbolado de cualquier tamaño,
explotado o no, y que estén en condiciones de producir
madera u otros productos forestales o de ejercer alguna influencia
en la conservación del suelo, en el régimen
hidrológico o en el clima, o que proporcionen abrigo
u otros beneficios de interés nacional”.
Pero lo único en común entre bosques y plantaciones
son los árboles, replican ecologistas.
Los bosques contienen diversos árboles y arbustos de
edades diferentes, otras especies asociadas y una variedad
de fauna a la que suministran abrigo, alimentos y posibilidades
de reproducción.
La diversidad biológica interactúa con los nutrientes
del suelo, el agua, la energía solar y el clima, asegurando
su autorregeneración y conservación.
En cambio, los monocultivos comprenden una o algunas especies
plantadas en bloques de la misma edad, requieren intenso uso
de agroquímicos y son muy pocas las especies que logran
instalarse en ellos.
¿Esto hace a las plantaciones nocivas para el ambiente?
En Uruguay es imposible saberlo. La legislación de
evaluación de impacto ambiental excluye a la forestación,
como si plantar árboles nunca pudiera ser malo.
Grupos ambientalistas reclaman estudios independientes y aseguran
que las grandes plantaciones erosionan el suelo y alteran
el ciclo hídrico, además de amenazar ecosistemas
propios, como bosques y praderas.
“La forestación modifica, para bien o para mal,
las condiciones estructurales del suelo, por el sistema radicular
de los árboles”, reconoció Rodríguez
Yáñez.
Uruguay promueve la forestación en zonas de baja productividad
de lana y carne. Eso ubicó plantaciones sobre praderas
naturales, el ecosistema más extendido y diverso en
vegetales del país, y en áreas en las que hubo
bosques o quedan remanentes de ellos.
“Nuestra mayor biodiversidad de flora no está
en los bosques, donde hay unas 200 especies de árboles
y arbustos”, y en cambio “hay miles de especies
vegetales en nuestras praderas que pueden verse afectadas”,
apuntó Carrere.
La ley forestal prohíbe talar bosque nativo, pero autoriza
a cortar ejemplares aislados si obstaculizan una plantación.
En otras regiones, la pérdida de biodiversidad está
vinculada con las plantaciones.
A fines de 2001, Indonesia tenía 1,4 millones de hectáreas
de monocultivos industriales, la mitad en tierras que tuvieron
bosques, según el estudio “Forestación
de madera rápida -
Mitos y realidades”, publicado en 2003 por cuatro instituciones
internacionales.
“Cada año, las plantaciones de rápido
crecimiento se expanden en un millón de hectáreas”,
señala el informe.
La
autora es editora regional de IPS.
|