Edición del 26 al 02 de octubre de 2004

Desde la terraza de su casa, Fran escuchaba los lamentos de la gente que moría torturada por la sed...

Néstor Martínez
ilustración: Ricardo Leiva R.

Primer día

Fran giró la perilla que deja pasar el agua. Como todos los días, era la hora del rito matinal en que el cuerpo exorciza los efluvios nocturnos, volviendo a la vida, ya purificado, al menos para el resto del día. Pero ese día, era un día especial.

—¡Mierda! —exclamó, rogando con la vista a la ducha un poco de agua. Ni una gota salió por más que girara la perilla a la izquierda o a la derecha. Lo único que escuchó fue el silbido del aire al escapar presuroso de la cañería.

Envolvió su desnudo cuerpo con la toalla y se dirigió a la pila, a la reserva de agua. Todas las casas de la colonia tenían una por los constantes cortes de agua. Llenó una cubeta y con un ejercicio no contemplado en los movimientos de la mañana, la llevó al baño. Cumplió con su rito matinal. Para cuando se dirigía al trabajo, el problema del agua ya estaba olvidado, ya tendría tiempo para pensar en ello cuando se volviera a presentar.

Y se presentó al momento en que quiso beber agua en el oasis. Estaba seco, la empresa que vendía el agua no llegó. Recordó de nuevo que agua no había en casa.

—¡Puta! —exclamó con una imprecación por segunda vez.
Consultó y le dijeron que la compañía anunció que llevaría el agua hasta el día siguiente.

Las sorpresas no pararon allí. No había agua en el trabajo cuando quiso lavarse las manos antes de salir al almuerzo, no hubo refresco que acompañara la comida y no se pudo cepillar los dientes. La misma escena se repitió durante la cena, sólo que en lugar del refresco le hizo falta el café. Al menos tenía agua de reserva para limpiarse los dientes.

Durante la noche comprobó si había agua en la tubería, y giró la perilla del depósito de reserva. Nada. Sólo el aire comprimido.
—Quizá se rompió la tubería —pensó, en busca de consuelo, ya que antes ese era uno de los problemas por el cual se interrumpía el servicio. Con ese pensamiento se acostó. 

Segundo día


La mañana volvió a repetirse como la del día anterior. Esta vez observó con atención la cantidad de agua que tenía en reserva. Ya quedaba poco. Afuera escuchó un sonido ajeno a los trajines matinales: mucha gente arrastraba depósitos vacíos, pequeños y grandes. Salieron a buscar agua y no encontraron.

Como Fran era de aquellos ciudadanos a los que poco o nada les importan las noticias, no estaba enterado de que todos los noticieros anunciaban que la falta de agua se extendía a todo el país.

Así que Fran salió de su casa sin pensar en el agua. Tenía que trabajar y no andar acarreando agua. Él no perdería el tiempo buscando agua, era problema de las autoridades.
—Si no trabajo no como —se dijo. Estaba equivocado.

Durante el recorrido del transporte público, Fran observó que mucha gente andaba en la búsqueda de agua con todo tipo de depósitos en la espalda o en todo tipo de vehículo.

—¿Tan grave será? —se preguntó.

Cuando llegó a la oficina se enteró de que la escasez ya era una catástrofe nacional, que el gobierno tampoco encontraba fuentes de agua para abastecer a la población y que, de manera oficial, no existía ninguna prevención para este prodigio. La población, la industria, la agricultura, el transporte, los hospitales, los animales, las plantas... todo lo que significaba vida necesitaba agua con urgencia.

De los ríos y lagos ya no era posible obtenerla: estaban secos o muy contaminados, la del mar es salada, los depósitos subterráneos se secaron por las talas indiscriminadas para urbanizar o construir carreteras, la lluvia no era posible esperarla en la época seca y muchos recordaron que en el invierno anterior fueron escasas. Aunque tarde, empezaron a recordar las advertencias de los ambientalistas, del calentamiento de la Tierra, del cambio climático, de los avisos de los organismos científicos, de las recomendaciones que nunca se siguieron para ahorrar el agua. 

Tercer día 


Nadie dura sin agua tres días. Los noticieros radiales y televisivos, ya que los impresos no salieron por falta de agua, informaron que muchos niños y ancianos fallecieron por falta de agua, ya sea para beber o para prepararles los alimentos; también se hablaba de que muchos tanques de agua gubernamentales fueron asaltados por turbas enardecidas. Sin embargo, los encontraron secos. El gobierno decretó estado de calamidad, como si con ese decreto solucionara el problema. No había agua.

La industria anunció el fin de su producción, los cultivos se secaron, los vehículos dejaron de circular, muchos animales salían a morir en las calles, las iglesias se llenaron de fieles rogando por el agua. Un pánico de muerte cayó sobre la ciudad.

Desde la terraza de su casa, Fran escuchaba los lamentos de la gente que moría torturada por la sed, aun antes de que se les secaran las carnes. Esa noche la energía eléctrica falló: las presas se quedaron sin agua.
Fran sintonizó el noticiero. El fenómeno era mundial. No era posible pedir agua a otros países. La última imagen que vio por la televisión, antes de morir de sed fue la de Tierra vista desde el espacio: ya no era el Planeta Azul, como se le conoció por el color de sus mares, sino una roca que empezaba a gravitar sin vida por el espacio vacío.



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