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Edición
del 26 al 02 de octubre de 2004

Desde
la terraza de su casa, Fran escuchaba los lamentos de la gente
que moría torturada por la sed...
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Primer
día
Fran giró la perilla que deja pasar el agua. Como todos
los días, era la hora del rito matinal en que el cuerpo
exorciza los efluvios nocturnos, volviendo a la vida, ya purificado,
al menos para el resto del día. Pero ese día,
era un día especial.
¡Mierda! exclamó, rogando con la
vista a la ducha un poco de agua. Ni una gota salió
por más que girara la perilla a la izquierda o a la
derecha. Lo único que escuchó fue el silbido
del aire al escapar presuroso de la cañería.
Envolvió su desnudo cuerpo con la toalla y se dirigió
a la pila, a la reserva de agua. Todas las casas de la colonia
tenían una por los constantes cortes de agua. Llenó
una cubeta y con un ejercicio no contemplado en los movimientos
de la mañana, la llevó al baño. Cumplió
con su rito matinal. Para cuando se dirigía al trabajo,
el problema del agua ya estaba olvidado, ya tendría
tiempo para pensar en ello cuando se volviera a presentar.
Y se presentó al momento en que quiso beber agua en
el oasis. Estaba seco, la empresa que vendía el agua
no llegó. Recordó de nuevo que agua no había
en casa.
¡Puta! exclamó con una imprecación
por segunda vez.
Consultó y le dijeron que la compañía
anunció que llevaría el agua hasta el día
siguiente.
Las sorpresas no pararon allí. No había agua
en el trabajo cuando quiso lavarse las manos antes de salir
al almuerzo, no hubo refresco que acompañara la comida
y no se pudo cepillar los dientes. La misma escena se repitió
durante la cena, sólo que en lugar del refresco le
hizo falta el café. Al menos tenía agua de reserva
para limpiarse los dientes.
Durante la noche comprobó si había agua en la
tubería, y giró la perilla del depósito
de reserva. Nada. Sólo el aire comprimido.
Quizá se rompió la tubería pensó,
en busca de consuelo, ya que antes ese era uno de los problemas
por el cual se interrumpía el servicio. Con ese pensamiento
se acostó.
Segundo día
La mañana volvió a repetirse como la del día
anterior. Esta vez observó con atención la cantidad
de agua que tenía en reserva. Ya quedaba poco. Afuera
escuchó un sonido ajeno a los trajines matinales: mucha
gente arrastraba depósitos vacíos, pequeños
y grandes. Salieron a buscar agua y no encontraron.
Como Fran era de aquellos ciudadanos a los que poco o nada
les importan las noticias, no estaba enterado de que todos
los noticieros anunciaban que la falta de agua se extendía
a todo el país.
Así que Fran salió de su casa sin pensar en
el agua. Tenía que trabajar y no andar acarreando agua.
Él no perdería el tiempo buscando agua, era
problema de las autoridades.
Si no trabajo no como se dijo. Estaba equivocado.
Durante el recorrido del transporte público, Fran observó
que mucha gente andaba en la búsqueda de agua con todo
tipo de depósitos en la espalda o en todo tipo de vehículo.
¿Tan grave será? se preguntó.
Cuando llegó a la oficina se enteró de que la
escasez ya era una catástrofe nacional, que el gobierno
tampoco encontraba fuentes de agua para abastecer a la población
y que, de manera oficial, no existía ninguna prevención
para este prodigio. La población, la industria, la
agricultura, el transporte, los hospitales, los animales,
las plantas... todo lo que significaba vida necesitaba agua
con urgencia.
De los ríos y lagos ya no era posible obtenerla: estaban
secos o muy contaminados, la del mar es salada, los depósitos
subterráneos se secaron por las talas indiscriminadas
para urbanizar o construir carreteras, la lluvia no era posible
esperarla en la época seca y muchos recordaron que
en el invierno anterior fueron escasas. Aunque tarde, empezaron
a recordar las advertencias de los ambientalistas, del calentamiento
de la Tierra, del cambio climático, de los avisos de
los organismos científicos, de las recomendaciones
que nunca se siguieron para ahorrar el agua.
Tercer día
Nadie dura sin agua tres días. Los noticieros radiales
y televisivos, ya que los impresos no salieron por falta de
agua, informaron que muchos niños y ancianos fallecieron
por falta de agua, ya sea para beber o para prepararles los
alimentos; también se hablaba de que muchos tanques
de agua gubernamentales fueron asaltados por turbas enardecidas.
Sin embargo, los encontraron secos. El gobierno decretó
estado de calamidad, como si con ese decreto solucionara el
problema. No había agua.
La industria anunció el fin de su producción,
los cultivos se secaron, los vehículos dejaron de circular,
muchos animales salían a morir en las calles, las iglesias
se llenaron de fieles rogando por el agua. Un pánico
de muerte cayó sobre la ciudad.
Desde la terraza de su casa, Fran escuchaba los lamentos de
la gente que moría torturada por la sed, aun antes
de que se les secaran las carnes. Esa noche la energía
eléctrica falló: las presas se quedaron sin
agua.
Fran sintonizó el noticiero. El fenómeno era
mundial. No era posible pedir agua a otros países.
La última imagen que vio por la televisión,
antes de morir de sed fue la de Tierra vista desde el espacio:
ya no era el Planeta Azul, como se le conoció por el
color de sus mares, sino una roca que empezaba a gravitar
sin vida por el espacio vacío.
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