Edición del 26 al 02 de octubre de 2004

El siguiente es el relato de un hombre que perdió a su pequeña hija víctima de cáncer. Años después él reflexiona sobre todo lo que se puede aprender al perder a un ser querido.

Alejandro Gómez
“La recuerdo como una persona alegre. Realmente estaba llena de esa alegría que contagia, esa que se desborda y que te hace vivir el momento con intensidad”.

Nuestra hija menor (Gricelda Alejandra) se fue hace algunos años, no vale la pena decir cuántos, ni cuántos tenía ella de estar con nosotros; estaba pequeña entonces.

Una enfermedad oportunista nos la arrebató, al final de un tratamiento contra la que hasta ese momento se completaba exitoso, y después de dos años de tratamiento ella volvería a ser una niña fuera del octavo piso del hospital que la acogió durante esos años, como las demás niñas, libre de pinchones y con su cabello largo como le gustaba lucirlo.

La recuerdo como una persona alegre; realmente estaba lleva de esa alegría que contagia, esa que se desborda y que te hace vivir el momento con intensidad.

Sabía jugar, reía y hasta en sus momentos de mayor tristeza, cantar. Cuánto me he alejado de esa forma tan natural de ser, y cuán importante es.

Vivía con gran intensidad, estaba siempre alegre, regalaba sus sonrisas y transmitía bienestar, era muy cariñosa y a su corta edad aprendió a leer en su primer año de tratamiento en el hospital.

Le gustaba dibujar y compartir, le gustaba la música, las flores y los animales; estaba viva, más viva que muchos de nosotros que teniendo la vida no nos damos el tiempo para vivirla, así sencilla como la vida misma es.

Mientras recibía su tratamiento y los dolorosos pinchones hacían moretes (hematomas) en su delicada piel. Ella observaba el procedimiento y no recuerdo haber oído que se quejó alguna vez.

Había entendido y aceptado en su sencillez que todo su tratamiento era parte de las particularidades de su vida y de la vida de los que ahí le acompañaban en ese octavo piso del hospital.

Su cabello era fino, color castaño. Ella lo apreciaba mucho, lo peinaba y disfrutaba de arreglarse, se dedicaba tiempo. Luego llegó un momento traumático en la autoestima de cualquier persona que se somete a la quimioterapia. Entre otros trastornos, ésta le robó cabello, y aun el poco que le quedaba, lo seguía cuidando y peinando.

A Gricelda le gustaba la música, las flores y los animales. Estaba viva, más viva que muchos de nosotros...

Luego vinieron los sombreros, alegres y con flores; sin embargo, a pesar de todo, ella no estaba mal de haber perdido parte de su preciado cabello; pienso que aceptó que era parte del precio que había que pagar para su recuperación.

Lo que aprendimos

Perder a nuestra hija fue una experiencia dura, marcó nuestras vidas y el rumbo de las mismas cambió, nuestra visión de las cosas es diferente y el valor que damos ahora a la vida propia y de los demás también lo ha sido. Esta es la ganancia de la pérdida.

Ganamos, si ganamos, aunque la perdimos aquí… pienso que fuimos afortunados de conocer a Griceldita; nos brindó la oportunidad de conocerla y compartir con nosotros su precoz expresión sobre las cosas que nos rodean, nos enseñó que las cosas verdaderamente importantes sólo lo son en la medida que han de servir a otros.

Que la vida es una oportunidad breve para servir a los demás y hacer nuestro mejor intento para compartir lo que realmente no tenemos: tiempo.

Al paso de los años, la vida enseña su valor cuando está en riesgo y tenemos la oportunidad de reconocerlo.
El riesgo de perder la vida, que es lo más valioso que tenemos, es inherente a la naturaleza humana; vivimos con este riesgo y temor todos nuestros días, dada la misma fragilidad de nuestra naturaleza humana.

Cada día, desde su inicio, es una oportunidad para agradecer por estar aquí ahora, cuando tantos otros ya no están, cuando muchos de los que conocimos ya solo son un recuerdo borroso en nuestras mentes.

El valor de un minuto de vida es invaluable, aun cuando yo gustoso pudiera dar años de la mía a cambio de poder haber extendido unos minutos la suya. ¡Cómo la extraño!

En fin, los que nos decimos “grandes”, al “educarnos” para sobrevivir mejor en un mundo donde la competencia es el reto de diario, necesitamos “desaprender” las conductas adaptadas y retomar algunas formas sencillas de nuestra naturaleza humana.

La espontaneidad, la naturalidad, características que encontramos en los niños y en las niñas y les identifican como tales, cuya sonrisa sucede a cada momento sin esperar nada a cambio.

La mayoría pasamos la vida buscando el éxito cada día, el medio nos hace sentir que la felicidad vendrá cuando alcancemos el “éxito” en los negocios, en nuestra formación, en nuestra vida personal, en el amor, etc.

Hacemos gestiones y obtenemos estos “logros” (un buen empleo, una carrera, una pareja, etc.), pero paradójicamente, una vez que los alcanzamos, estos nos saben a nada y de nuevo necesitamos seguir buscando más objetivos, cada vez nuevos retos que nos permitan degustar un momento (tan breve por cierto) nuevos éxitos.

Con Gricelda Alejandra descubrí que en la vida la felicidad es más bien el viaje más que el final del mismo. Aprendí que todo el conocimiento científico no basta para explicar los fenómenos que nos rodean, y más aún, el milagro de la vida, en este caso, también el de la cesación de esta. Se necesita una dosis de humildad para aceptar que necesitamos ayuda, que no lo podemos todo.

Había entendido y aceptado que todo su tratamiento era parte de las particularidades de su vida.

Un día frente al altar en el hospital me di cuenta de que por mi soberbia aún no había aceptado la idea que Griceldita podría morir.

Ese día me di cuenta que tenía que hacer algo importante para liberarme de esa sensación de ahogo; realmente me sentía así, en asfixia… ese día decidí que era mejor “dejar” en manos de Dios a Griceldita, y que fuese, como decimos los que creemos en Él, que sea su voluntad. Ese día hizo una diferencia, me sentí liberado después de haberlo dicho, no solo pensado, lo dije frente al altar. Admito que me costó, mi soberbia era grande… pero finalmente le dejé la carga a Dios.

Aprendí a llorar entonces, y ahora me lo puedo permitir. Antes de esa experiencia mis lágrimas no nublaban mi vista, como ahora me pasa mientras escribo estas líneas; aprendí que cuando lloro o cuando río soy genuinamente yo, y no el reflejo del qué dirán.

Aprendí que un te quiero o un te amo solo tienen sentido si a quien lo decimos realmente lo oye, porque la vida me enseña que no tengo garantía de estar aquí dentro de diez minutos, como para poder dejarlo para luego. La vida es tan efímera, que puedo ya no estar y no haberlo dicho cuando pude.

La tristeza que siento algunas veces ya no me avergüenza, puedo sentirme triste o impotente y llorar ante mi tristeza; puedo comprender en otros la pérdida cuando ésta sucede, puedo acompañar su tristeza sin que por ello sea menos. De hecho solo soy más sensible.

He visto a otras personas grandes llorar, es un momento que además de conmovernos nos une de una manera íntima y especial, es un momento cuando la otra persona abre una rendija de su intimidad y nos permite asomar en su interior, en un momento en el cual está con su herida expuesta.

Han pasado varios años ya, y sigue habiendo en mí momentos que evocan la tristeza de la pérdida, aun no puedo decir que lo he superado (no sé si se puede superar), emociones que con gran intensidad me llenan de tristeza.

La vida es un constante ciclo que inicia y termina, todos en algún momento hemos vivido el momento de despedir a uno de los seres que amamos, y no es fácil aceptar que no le volveremos a tener con nosotros. Quisiéramos que solo fuera un mal sueño, pero la vida es dinámica, empieza a cada momento, de la misma manera que cierra ciclos.
Cuando un ser querido se va queda un inmenso vacío que no se puede llenar de manera alguna. Recuerdo que cuando se fue, el haberla entregado a las manos de Dios me liberó de una etapa difícil y muy humana que nuestra misma impotencia frente a la partida.

Había partido, y su delicado cuerpecito yacía sobre la cuna de la fría UCI, con su carita de color blanco ahora, como el blanco de la nieve. Habría cesado su risa alegre, se había apagado y había iniciado así su viaje. Me quede ahí en el pasillo rumiando mi dolor, no podía soportar la idea de no volver a oír su alegría.

Como cualquier otro profano cuestioné a Dios por llevársela. Pero entonces recordé que ya se la había entregado, eso me ayudó. Recordé que se le había encomendado a su voluntad y que ya no tenía derecho de reclamo, había confiado en Él.

Me llené del llanto amargo y me mordí los labios, luego lloré como llora un niño, frente a la impotencia de verla partir…

Ahora, años después, aún no superamos el momento y el último recuerdo que la UCI nos dejó, y aunque hemos hablado muchas veces de regresar al “octavo”, aún no lo hemos hecho, y es una deuda pendiente…

Cuando un niño ahora me regala con una sonrisa veo el rostro alegre de Griceldita, cuyo recuerdo toma vida en cada una de esas sonrisas, y no puedo menos que devolverla, con el agradecimiento de la fuerte emoción que su sonrisa secretamente ha producido.



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