Edición del 25 al a de agosto de 2004

A.Adela Ponce Tenorio, mujer de mirada vivaz y semblante inquieto,
es una de las primeras mujeres queincursionaron en el periodismo
escrito. A sus 71 años revive esos días fervorosos, los mejores de su vida.

Morena Rivera
Fotos: Eleonora Salaverría


Los materiales que ocupa doña Paulita están viejos ya.
El maletín, el manual de la partera y hasta el rótulo que
la identifica como capacitada.

Tenía tres meses de estudiar periodismo en la Universidad de El Salvador el día que el catedrático y jefe de redacción de “La Prensa Gráfica”, José Jorge Laínez, la invitó a deslizarse por las llanuras del periodismo, en 1958.

—Adelita, a usted le gusta mucho el periodismo; veo que sólo buenas notas me saca.

—Mire, don Jorge, yo desde pequeña he soñado con el periodismo.

—¿Le gustaría trabajar?
A Adelita le impresionó la ropuesta, era el momento de cumplirse la promesa que se había hecho cuando tenía ocho años y solía leer los periódicos en su pueblo, Jiquilisco, Usulután.

—Vaya a practicar, se le van a dar quince días. Si en ese tiempo usted responde, se queda —prosiguió Laínez.

Ella nunca había tocado una máquina de escribir y lo primero que vio ante sus ojos cuando llegó a las instalaciones, además de las miradas penetrantes de sus nuevos compañeros, fue el escritorio y la máquina de escribir que desde ese momento le correspondía usar.

Era la primera mujer que ingresaba como reportera a las filas de redacción de LPG, según lo detalla el libro “Periodismo en El Salvador” de Ítalo López Vallecillos. Más tarde también lo haría a EL DIARIO DE HOY.

Fotografía tomada en la redacción del primer periódico donde laboró.

Eran tiempos en que el periodismo estaba dominado por los hombres. Dos nombres, además de Adelita: Alba Elsy Lizama y Leticia Flores destacan entre las primeras.

Don Jorge la presentó como Adelita mientras los reporteros la contemplaban ensimismados.

Ella tenía 25 años, iba con unos pendientes en forma de flor en sus orejas; una pañoleta blanca le amarraba el cabello a la altura del cuello y una cartera del mismo color colgaba de su brazo izquierdo.

Un compañero se encargó de presentarla ante las diferentes fuentes informativas, una costumbre de esa época en los periódicos. “Ella es la nueva reportera”, repetía en cada oficina gubernamental.

Cuando pasaron por la Policía Nacional, luego del protocolo de costumbre, un agente comentó que ese día habían encontrado una niña perdida.

Llegaba el momento de comenzar a lucirse como “periodista reportera”, como ella se autodenominaría años más tarde.

Tomó los datos en su libreta ante la curiosidad de los oficiales de policía, quienes hasta ese momento sólo estaban acostumbrados a observar hombres en esos menesteres. La tarde se le fue completa en la redacción de la nota de cuatro párrafos que terminó a “puro picapollo”.

Pero antes de los quince días, Adelita buscaba la noticia ella sola, entrevistaba a los funcionarios y ya escribía bien. Entonces don Jorge la llamó a su oficina.

—Usted se queda Adelita.
—Vaya, muchas gracias —le dijo ella con la felicidad a flor de piel.
—Siga con su trabajo y le vamos a poner el sueldo.

Caso Milán Blanco, uno de los asesinatos sonados cubiertos por ella en 1964.

Sus honorarios eran 150 colones al mes; era como un salario mínimo en aquella época.

Sus fuentes asignadas eran las policiales y de salud. Su faena no respetaba horarios; a las doce de la noche se le veía con su cámara fotográfica y su libreta en cualquier incendio o accidente.

“Yo no lo sentía como trabajo, es que eso era mi vida”, relata ahora que han transcurrido 46 años y los recuerdos de esos días se hallan en las fotografías y en los recortes de periódicos que aún conserva entre una carpeta polvosa de color café.

Un recorrido completo

A Adelita le encantaba estar en el lugar de los hechos. Si cubría accidentes no sólo se limitaba a recabar la información, sino que también ayudaba a vendar las heridas.

Si entrevistaba a personas que no tenían acceso a la salud luchaba por conseguirles una camilla en algún hospital. Por algo su abuelo la llamaba “la hermana de la caridad”.

De sus anécdotas en esas andanzas recuerda que una noche luchó contra la multitud con el fin de entrevistar a Roque Dalton. Al final terminó sin zapatos y pudo hacerle una sola pregunta.

Adelita, mientras cubría su primera noticia en 1958.

En las salas de redacción era conocida como “la periodista pirata” porque cubría noticias en fuentes ajenas y sus compañeros la acusaban de quitarles las primicias.

—La Adela va donde no le corresponde —solía reprocharle Montenegro, otros de los periodistas.

—Usted revise las dos notas y vea cuál pone —se defendía Adelita ante el editor ya con la cuartilla en la mano.

—Va la tuya Adelita —le comentaba don Jorge luego de revisarlas.

Sus contactos con los funcionarios públicos le valieron para que en 1963 un oficial mayor del Ministerio de Salud la invitara a dejar el periódico para dirigir la oficina de prensa y relaciones públicas de esa institución.

En los días que siguieron a su nuevo empleo contrajo matrimonio con el periodista del CoLatino Rubén Gálvez Ayala. Con él se había conocido mientras andaban en las andanzas del reporteo.

Las creencias de que el verdadero periodista se hace en la calle hicieron que Adelita ingresara a EL DIARIO DE HOY. Cinco años después de que había comenzado en este campo las cosas no habían cambiado mucho. La presencia de las mujeres en los medios escritos era muy poco común.

Se le reconocía el grado académico en momentos en que la mayoría de periodistas eran empíricos.

Allí también revisaba los artículos de los corresponsales. Sus trabajos posteriores los distribuyó entre ser la directora de prensa de la radio KL, jefa de prensa y relaciones públicas de Migración, la docencia en el departamento de Periodismo de la Universidad de El Salvador y algo que culminó su carrera y ella siempre había soñado: la diplomacia.

Durante tres años fue vicecónsul y tercera secretaria de la embajada de El Salvador en Honduras, donde, según ella, tuvo la oportunidad de promover la cultura nacional.

Sin embargo, los años más fervorosos de su vida fueron aquellos en que tuvo la oportunidad de ir por la calle, interrogar, captar imágenes, escribir y ayudar a la gente.

“El periodista puede ayudar al pueblo; sólo hay que ser un poquito humanos”, cree una Adelita ya jubilada y con el sello de ser una de las primeras mujeres reporteras de El Salvador.

Junto al ex presidente hondureño Leonardo Callejas.
“Algún día voy a escribir en los diarios”

En el mundo periodístico era conocida como Adelita. Nació en Jiquilisco, un pueblito de Usulután ubicado a la orilla de la bahía. Allí, arrullada por el canto inquieto de las olas, ella se sentaba a leer los periódicos que prestaba a los vecinos.

Entonces se hacía la promesa de que algún día escribiría para esos diarios. “Algún día mi nombre va a aparecer aquí”, pensaba. Cursó su primaria en la escuela del pueblo y su secundaria en Zacatecoluca, La Paz y en San Vicente.

Estudió bachillerato en ciencias y letras en Santa Ana y de ahí salió para San Salvador donde se graduó como profesora de educación básica.

Luego ingresó a la Universidad de El Salvador para estudiar periodismo, como era su sueño.
Además de contar con la licenciatura en Periodismo cursó estudios de Derecho. En sus años universitarios formó parte del teatro de la institución educativa, donde interpretaba al personaje principal.

Se casó con un periodista y procreó dos hijos, quienes viven ahora en Estados Unidos. Después de haberse jubilado, ella dedica sus días a leer, a las reuniones de familia y le encanta viajar los fines de semana a la playa.


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