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Edición:
25 de marzo de 2004

Llevar
el verde de los cultivos fértiles hacia los más
necesitados de alimento ha sido
su labor en el mundo. Esa lucha lo hizo merecedor del Premio
Nobel de La Paz, en 1970.
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Tenemos
la capacidad de producir los alimentos que necesitamos,
pero distribuirlos equitativamente es un problema muy
complejo, dice Norman Borlaug.
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Cuando
era adolescente, Norman Borlaug solía trabajar en los
cultivos de una zona rural de Iowa, Estados Unidos. A veces
también cortaba árboles y a cambio recibía
cincuenta centavos de dólar al día.
Asistir a la universidad no fue nada fácil para él.
A pesar de que sus excelentes notas en la secundaria le permitieron
recibir ayuda de un Programa para Jóvenes, tuvo que
trabajar como mesero sólo para poder comer.
Años más tarde, en 1970, este ingeniero forestal
que tanto había luchado en la vida se agenció
el Premio Nobel de la Paz, luego de encabezar la famosa Revolución
Verde que le permitió incrementar la producción
de alimentos a través de sus trabajos científicos
en el campo de la biotecnología.
Multiplicó y desarrolló variedades de cereal
de alto rendimiento, en especial un trigo de espiga corta
muy resistente a las plagas y a las enfermedades. Sus investigaciones
realizadas en México se han transferido a Asia, África
y América Latina.
De él se dice que ha salvado más vidas humanas
que cualquier otra persona en la historia, ha llevado alimento
a millones de habitantes, ha hablado con más agricultores
y visitado más campos de trigo en el mundo.
Yo conozco la pobreza, dijo Borloug, de 90 años,
mientras visitaba El Salvador para participar en la Quincuagésima
Reunión Anual del Programa Cooperativo Centroamericano
para el Mejoramiento de Cultivos y Animales (PCCMCA), organizada
por el Centro de Tecnología Agropecuaria y Forestal
(CENTA).
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El
lunes pasado, Borlaug brindó una conferencia
en un hotel capitalino.
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Al inicio
de la reunión brindó una conferencia sobre Retos
en la agricultura para reducir los efectos del hambre y la
pobreza en la región centroamericana y en el Caribe.
Su voz pareció cansada y por momentos olvidó
algunas palabras de su español, pero eso no interfirió
para que dejara en claro sus puntos de vista y hasta sus sueños.
Se mostró
muy a favor de los organismos genéticamente modificados
(OGM), porque la resistencia de estos puede ayudar a producir
lo suficiente y así la comida puede llegar hasta el
estómago del hambriento.
Pero no
sólo habló de la biotecnología y sus
de beneficios, sino también de las condiciones de pobreza
y de lo que hace falta en muchas zonas de los países
en desarrollo. Donde hay caminos hay una escuela, servicios
de salud y un camión que lleva semillas y fertilizantes,
comentó.
Conversó sobre sus sueños por seguir combatiendo
el hambre. Entre ellos se encuentra transmitir a cereales
como el trigo, el maíz y el sorgo la propiedad lograda
en el arroz de ser inmune al hongo. Más tarde concedió
una entrevista a la revista Hablemos.

Norman E. Bourlag nació en Iowa, Estados Unidos y obtuvo
su doctorado en patología de plantas en 1941. Entre
1944 y 1960 fue científico de la Fundación Rockefeller,
encargada del mejoramiento de trigo cooperativo del gobierno
mexicano.
De 1963
a 1979 asumió el liderazgo del programa de trigo CIMMYT.
Dentro de sus logros más importantes está haber
desarrollado en México nuevas variedades de trigo enano.
Estas salvaron la vida de millones de personas de la hambruna
en el continente asiático.
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Mientras
visitaba el país, Borlaug recibió un reconocimiento
de manos del ministro de Agricultura.
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Incrementó
la producción de trigo en India, de 12 millones a 54
millones. Y en Paquistán, de 4.5 a 14 millones. Este
esfuerzo se conoció como la Revolución
Verde.
Ha recibido premios y condecoraciones en más de 30
países por gobiernos, universidades, sociedades científicas
y asociaciones de agricultores.
¿Qué
promete la biotecnología a aquellos agricultores que
ni siquiera alcanzan a producir para lograr una buena alimentación?
Estoy seguro de que la biotecnología puede cambiar
grandes cosas, como aumentar las producciones en los cultivos.
Pero hay otras cosas que no pueden cambiarse con la tecnología,
por ejemplo si no hay agua no hay agricultura. Es decir que
con ella no se va a curar toda la pobreza. Tenemos que ser
realistas.
En países como El Salvador nadie se muere de hambre,
pero hay gente que tiene muchos problemas para accesar a los
alimentos. ¿Qué sucede entonces?
Yo conozco todo esto. Tenemos la capacidad de producir los
alimentos que necesitamos, pero distribuirlos equitativamente
es un problema muy complejo.
Por ejemplo en China, ellos cambiaron su agricultura en forma
fantástica diez años después que la India;
sin embargo, hoy en día no se ve gente que en apariencia
necesite alimentos; el pueblo parece bien alimentado.
Pero en La India, donde se almacenan hasta 80 millones de
toneladas de granos e incluso se exportan, se ve mucha gente
que aunque no está muriendo de hambre sí necesita
alimentos. Es una contradicción muy grande.
¿Y por qué les cuesta accesar a ellos?
Es que no tienen dinero. Compran para no morir de hambre,
pero no para formar un cuerpo fuerte y trabajar con ganas.
Esta diferencia no es fácil superarla. Es fácil
hablar, pero los resultados son otra cosa. Cada país
es diferente y ni siquiera se le puede echar la culpa sólo
a los políticos.
Lo mismo sucede con la biotecnología. ¿Cómo
llevarla hasta los pequeños agricultores?
Ahí está el problema. No tienen los recursos,
tienen pocos terrenos y si no cultivan variedades con resistencia
a las enfermedades y a las plagas no pueden competir con los
grandes.
Eso ha hecho que por mucho tiempo ellos sólo tengan
lo básico para alimentarse, y en términos generales
se ven limitados sus estándares de vida.
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Mientras
era adolescente, Borlaug solía buscar
trabajo durante las cosechas.
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Sus
ponencias van más allá de hablar de sus investigaciones
¿Por qué le interesa tanto hablar sobre la pobreza
en general?
Yo he trabajado con los más pobres, no por un día
sino por décadas. Yo sé qué es vivir
en la pobreza. Cuando yo tenía 18 años, aunque
mis nietos no lo crean, yo vivía y trabajaba en el
campo.
Mientras estudiaba la ingeniería forestal, yo tuve
a mi cargo muchachos que llegaban desde zonas muy pobres.
Cuando comencé a laborar con la Fundación Rockefeller,
cuya función era la de asistir a los agricultores pobres
en México, trabajé con gente de pocas oportunidades.
He hecho investigaciones para los más necesitados.
¿Por qué ha dicho usted que la comida es el
primer derecho moral que tiene todo aquel que nazca en este
mundo?
Este es un dicho, pero aunque es el primer derecho, necesitamos
más que una panza llena. Necesitamos escuelas; el potencial
mental también necesita desarrollarse.
¿Cuáles son los aportes que ha dejado al mundo
la Revolución Verde?
Cuando se introdujeron los trigos mexicanos a India, en la
década de los sesenta, la población era de 400
millones y ahora es de mil millones.
Aunque la producción de alimentos vaya creciendo con
la tecnología, la población también lo
hace. Cada año se agregan 80 millones de personas más
a este mundo, y lo peor de todo es que están apareciendo
en países donde ya hace falta comida.
Mucho se ha hablado de los daños que la producción
de organismos genéticamente modificados causan al medio
ambiente y a la salud de las personas. ¿Qué
piensa usted?
Yo fui entrenado en ecología forestal y veo a los extremistas
hablando de esas teorías cuando ni siquiera han producido
un kilo de alimentos en el mundo.
Sabemos que es necesario cuidar la ecología, pero ellos
hablan con filosofía bonita. La producción de
cereales en el mundo, en los últimos cincuenta años,
ha aumentado de 650 millones a 1900 millones, más de
tres veces. Y el aumento de la superficie cultivada en ese
tiempo sólo fue del 10%. Si las cosechas del nuevo
siglo se produjeran con la tecnología de 1950 necesitaríamos
una superficie de 1,100 millones de hectáreas más
de tierra. Como no existe esta cantidad ya hubiéramos
tumbado los bosques y destruido la fauna y la flora.
En Estados Unidos tampoco hay una evidencia de daños
a la gente y a los animales. Hay emociones fabricadas por
gente que está en contra.
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