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Edición:
25 de abril de 2004

En
Las Pilas, Chalatenango, una pareja de campesi nos busca sobrevivir
y educar a
sus hijos a través del cultivo de hermosas flores cartucho,
gladiolas y tigrillos.
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Doña
Elvia Romero. y Don Cruz Romero.
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La casa
de don Cruz y doña Elvia Romero es un inmenso jardín
en el que convergen las gladiolas, las rosas, las calas las
tigrillo y las azucenas.
En un espacio que no supera los 10 metros cuadrados hay no
menos de 20 especies distintas de flores. Es un pequeño
y colorido vivero que la dueña de la casa cuida como
el más grande tesoro. La idea es reproducir todas estas
especies a gran escala, como ya lo están haciendo ella
y su esposo, con el cartucho blanco y con el tigrillo.
En media manzana de terreno, la pareja reproduce y cosecha
centenares de estas flores, que luego son comercializadas
en los mercados y floristerías de San Salvador.
Esta labor, si bien no es nueva, es poco usual en Las Pilas,
una zona dedicada casi exclusivamente al cultivo de hortalizas.
Sólo unas seis familias de la zona se dedican a la
siembra de plantas ornamentales, entre ellos la pareja Romero
que ha encontrado que este tipo de producción es más
rentable.
De hecho, para ambos, cada flor que se siembra no sólo
representa el sustento familiar, sino que además garantiza
que cada uno de sus tres hijos sigan estudiando.
Todos los cartuchos de aquí son para pagar la
mensualidad de la ENA donde estudia mi hijo, y lo que se saque
de las otras flores es para el profesorado de Nohemy y la
escuela de Neldy, explica doña Elvia con sencillez.
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Ambos
trabajan de sol a sombra, convencidos de que cada flor cosechada
es un paso más en la formación profesional de
sus tres hijos.
Ni ella ni yo tenemos estudio, así que mis hijos
tienen que seguir estudiando. El varón a veces se desespera
y dice que mejor se viene a ayudar, pero yo le digo que mientras
las flores crezcan hay para la mensualidad, dice don
Cruz.
De cebollines a gladiolas
Como cada
miércoles, los esposos Romero se preparan para realizar
la corta de al menos 80 docenas de flores de cartucho en un
terreno localizado a unos cinco minutos de la vivienda.
Las flores
brotan cada ocho días, por eso es indispensable que
semana a semana sean cortadas.
Luego de recorrer un terreno accidentado llegamos hasta la
zona de recolección y ante nuestros ojos aparece un
mar de flores de cala, casi oculto entre el follaje.
Sin más herramientas que sus manos, los esposos se
introducen en el húmedo terreno para halar y cortar
uno a uno los cartuchos, cuidando de conservar el tallo lo
más grueso y largo que se pueda.
Los capullos y las flores sin abrir son las mejor cotizadas,
porque se conservan por más tiempo; las que ya reventaron,
son desechadas.
Mientras acomoda una docena en el suelo, don Cruz nos cuenta
como hace dos años abandonó el cultivo de hortalizas
para dedicarse a la producción de flores.
Durante más de 15 años, él y doña
Elvia se dedicaron al cultivo de lechuga, zanahoria, repollo,
cebollíny otras hortalizas.
Tan grande fue la producción, que lograron, junto a
un grupo de agricultores, fundar una pequeña cooperativa
y distribuir en supermercados de San Salvador.
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Para
cortarlas y empacarlas se tiene
especial cuidado.
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Había
producción, pero teníamos un intermediario;
era una organización que cobraba el dinero de la venta
en los supermercados, cuenta don Cruz.
Un día, la administradora de esa organización
de la que ni siquiera recuerdan el nombre desapareció
y se llevó todo el dinero de los agricultores.
Aquella cooperativa se disolvió y cada campesino se
dedicó a su manera a cultivar las hortalizas y a comercializarlas.
Corría el año de 2000 cuando la organización
PRO CHALATE, que contaba con proyectos en la zona, buscaba
introducir otras formas de cultivo.
Un ingeniero al que solo recuerdan como Andy estaba empeñado
en enseñarles a cosechar flores. Si bien este no era
un fenómeno nuevo, muy pocos campesinos fueron receptivos.
Al principio ni yo quería porque es caro. Yo
apenas tenía unos centavitos que invertí en
la compra de semillas, cuenta don Cruz.
Y ahora, mírenos, añade doña
Elvia, orgullosa de mostrar la enorme producción de
flores con la que cuentan.
No todo es color de rosa
Llegar
a contar con la cosecha de hoy no fue tarea fácil para
ellos. Primero debieron comprar la semilla de cartucho y de
tigrillo. Este tipo de semilla es difícil de conseguir
y además tiene un alto costo.
Cuesta un dólar la yuca o bombillo, y casi siempre
solo se logra unas dos a cuatro flores de cada una que se
siembra, explica entusiasta doña Elvia.
Una vez sembradas las semillas, los esposos Romero acuden
a diario a abonar y a regar las plantas, dos veces por día,
porque el terreno debe permanecer lo más húmedo
posible.
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En
menor escala, doña Elvia siembra gladiolas, azucenas
y otras especies.
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Si bien
la tierra es fértil e ideal para este cultivo, todavía
hay un largo camino que recorrer, porque los pocos que se
dedican a este esfuerzo no encuentran el apoyo necesario para
expandirse.
Quisiéramos que alguien nos ayude a aprender
a cultivar otras flores y nos enseñe cómo conservarlas
mejor, dice don Cruz. Y es que él ha intentado
con la siembra de gladiolas, sin embargo, este tipo de planta
es tan delicada que requiere que sea cosechada bajo techo
y para eso se necesita de dinero con el que los esposos Romero
no cuentan.
La principal preocupación tanto de don Cruz como del
resto de campesinos que se dedican a cultivar flores es la
comercialización de sus productos. Por ahora, todos
dependen de un lugareño que cada semana les compra
las flores a la mitad del precio justo.
Nos paga cuatro o seis colones por docena, porque dice
que gasta para llevarla a San Salvador. Ojalá alguien
nos ayudara a venderla mejor para lograr ganar más
e invertir en la producción de otras especies,
dice don Cruz.|
Doña Elvia es más optimista y mientras ese día
llega, ella siembra en el pequeño jardín
de su casa las pocas semillas de otras especies que ha logrado
conseguir.
Ya produce en pequeña escala cartucho amarillo, gladiolas,
rosas y azucenas, convencida de que poquito a poco logrará
ampliar la cosecha.
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Cada
miércoles, la jornada de recolección de
flores es agotadora y en ella se invierten hasta tres
horas; sin embargo, tanto don Cruz como doña
Elvia disfrutan de este trabajo.
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Para
el éxito del cultivo es necesario que
el terreno esté siempre húmedo.
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La
cala es una de las favoritas de las floristerías
de San Salvador.
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Datos
de interés
- Cada semana, la pareja cosecha en promedio unas 80 docenas
de cala o cartucho blanco. Cada docena es vendida a $0.45
a un distribuidor de la zona, que a su vez la comercializa
en mercados y floristerías de San Salvador.
- La cala requiere suelos bien drenados, la planta puede
tener de 30 a 150 centímetros de alto y produce
de dos a tres flores por bulbo de cuatro a siete centímetros
de alto.
- La cala es originaria de Sudáfrica, aunque Nueva
Zelanda ha liderado los programas de mejoramiento genético
y desarrollo del cultivo en los últimos 50 años.
- Otra de las flores que también cultivan los esposos
Romero es el tigrillo o astromedia. Cada semana recolectan
en promedio unas 20 docenas, que son vendidas a unos $0.55
cada una.
- La gladiola también es cultivada por ellos, pero
debido al alto precio de las semillas y a que su cultivo
requiere cuidados especiales y costosos, no la producen
al por mayor. |
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