Edición: 25 de enero de 2004

“En el año 2000 cerca de 270 millones de personas de 60 años vivían en países
en los que el ingreso promedio era inferior a los dos dólares al día”.

Treinta y cuatro de cada cien adultos mayores en El Salvador se ven obligados a trabajar para ganarse la vida, porque no cuentan con pensión ni con apoyo de sus familiares, según datos de la Encuesta de Hogares 2002.

Tania Urías

Además de pedir limosnas, doña Francisca se dedica a recoger los frijoles que se hallan tirados en las calles.

Están en todos lados. Son taxistas, zapateros, mecánicos y hasta payasos. Venden desde dulces, billetes de lotería, periódicos, verduras o frutas, hasta medicinas.

Sin lugar a dudas son los más lentos a la hora de conseguir clientes, los que todavía le dicen los precios en “pesos”. Son hombres y mujeres de caminar cansado y pieles vencidas por el tiempo para quienes ganar el sustento es un desafío.

Luchan contra la franca competencia de los jóvenes, se libran de morir atropellados y ruegan a Dios por unos centavos diarios.

Centenares viven en la más absoluta soledad en piezas de maltrechos mesones del viejo San Salvador; algunos, muy pocos, tienen ayuda de sus hijos.

Aunque no hay cifras oficiales, la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples del Ministerio de Economía indica que los adultos mayores representan el 9.3% de las personas ocupadas en El Salvador.

El mismo estudio señala que del total de la población de 60 años o más de este país, al menos tres de cada diez se ven forzados a buscar actividades que les generen ingresos para sobrevivir.

Según la encuesta, los trabajos pesqueros y agropecuarios y en servicios y comercio aglutinan al grupo más grande .

De hecho, de un total de 12,600 vendedores distribuidos en los 12 mercados del gran San Salvador, al menos el 30% son personas mayores de 60 años, indica Alfredo Sánchez, de la Gerencia de Mercados. Hombres y sobre todo mujeres, de 80 y hasta 90 años que trabajan de sol a sombra, sin poder ahorrar para el futuro y sin una pensión.

Más ancianos que niños 2040
En América habrá mas ancianos que niños.
El mundo envejece 2050
Una de cada 20 personas tendrá más de 80 años.

Espacios cerrados y discriminación

La edad límite para optar por un empleo oscila entre los 30 y los 40 años en casi todos los clasificados, no más.

Imagínese lo difícil que es para los cientos de adultos mayores (no hay una cifra exacta) inscritos en la Oficina de Colocación de Empleos del Ministerio de Trabajo que están a la espera de una plaza en alguna empresa salvadoreña.

Ellos como tantos otros salvadoreños, que sin ser adultos mayores están siendo discriminados por razón de su edad, pese a que muchos cuentan con las habilidades y la experiencia para obtener el puesto.

Solo en el 2003, el Ministerio de Trabajo envió alrededor de dos mil personas a distintas empresas para que aplicaran por un trabajo, 150 de ellos tenían mas de 60 años.

¿Cuántos obtuvieron el empleo? No se sabe. El Ministerio no lleva el registro, pero la realidad indica que sin duda, a la mayoría de los adultos mayores se les negó la oportunidad.

Y hacia ahí apunta el esfuerzo del licenciado Nelson González, quien integra el Consejo Nacional de Atención Integral a los Programas de los Adultos Mayores (CONAIPAN) por parte del Ministerio de Trabajo.

Él tiene la responsabilidad de tocar puertas, de crear conciencia en las empresas para que imiten a otros países como
Estados Unidos, donde a ningún adulto mayor se le discrimina por su edad y en cambio se le brinda la oportunidad de trabajar cuatro horas diarias en labores menores.

“Estamos empezando el camino, es una cultura nueva, incluso la ley misma (de adultos mayores) es nueva. Hay mucho que hacer en relación a la edad límite. Queremos influir en los empresarios para que no estén cometiendo esta ilegalidad”, advierte.

Si bien los ancianos pueden desempeñarse sin problema por ejemplo en artes manuales, como mensajeros o en centros de llamadas, muy pocos patronos están dispuestos a contratarlos.

El Ministerio de Trabajo ni siquiera cuenta con un registro de cuantas empresas están abriendo sus puertas para dar
trabajo a adultos mayores, aunque el licenciado González asegura que sí existen, pero son escasas.

Como escasa es la comida en los hogares de los adultos mayores, que no solo cargan con el peso de su edad, sino con una sociedad que les cierra las puertas. Hoy día el panorama es desalentador. Imagínese dentro de 20 años cuando se prevé habrá mas de un millón de salvadoreños de más de 60 años, incluso usted podría ser uno de ellos.

Doña Raquelita: vitaminas y mucha esperanza

No es doctora, pero conoce en detalle cuáles son las propiedades de las vitaminas que ofrece. Tampoco sabe leer, pero por los dibujos sabe cual es el recomendable para el cerebro y cuál para el corazón.

Se llama Raquel Matus, tiene 93 años y se dedica a vender vitaminas en las colonias de San Salvador y en las terminales de buses.Está sola en el mundo, tuvo un hijo, que murió producto del alcoholismo. Una amiga le da posada a cambio de que ayude con los quehaceres.

Viste impecable, con medias y zapatos de lona como recién lavados. Nunca fue a la escuela; desde los doce años se empleó como doméstica y así trabajó por cuarenta años.

Cuando ya nadie quiso darle trabajo comenzó a vender ropa de casa en casa. “Un día ya no pude con el tanate”, dice, y cambió la ropa por vitaminas. Ahora vende un promedio de tres botes a la semana y obtiene unos cinco dólares por semana. No tiene ahorros ni ayuda de nadie, por eso a diario acude a recoger sus vitaminas en el mercado San Miguelito para irlas a ofrecer a sus clientes, mucha gente le compra por caridad y otros también le hacen trampa, sobre todo porque ella no logra acostumbrarse a los dólares.




Ni siquiera pregona lo que vende. El asma que padece desde hace 40 años le ha quitado las fuerzas.

Sentado en un banco de madera en la esquina del portal La Dalia, frente al Parque Libertad, espera la llegada de los pocos clientes que a su paso le compran billetes de lotería o maní.

Apretando un gastado pañuelo entre sus huesudas manos, lo lleva a la boca cada tanto, tratando de contener una tos que por momentos parece ahogarlo y que aumenta cada vez que un autobús deja ir una ola de humo frente a su rostro.

Delgado, de no más de 1.60 metros de estatura, su piel luce quemada produ- cto de toda una vida como vendedor ambulante.

Durante más de 50 años recorrió mercados y colonias populares de todo el país ofreciendo ropa al crédito, sin embargo el peso de sus 83 años le obligó a estacionarse en esta esquina de San Salvador desde hace 15.

Viudo y padre de dos hijas, María, que vive en Usulután y a la que visita una o dos veces al año, y Carmen, que se fue a Canadá y de la que nunca supo más.

Añora los días en los que vivía con ambas y podía trabajar para ayudarles a que continuaran con sus estudios. Ahora —dice— está cansado, enfermo y solo.

Mientras acomoda las bolsitas de maní en el pequeño huacal plástico, donde también guarda las escasas monedas que ha ganado, nos explica lo duro que es llegar a viejo y no contar con el apoyo de nadie.

“Ya viejito nadie lo quiere a uno, por eso tengo que ver yo solo como la voy pasando, sino yo, ¿quién por mí?”, dice resignado.

Sus ingresos diarios cuando todo va bien no superan los tres dólares, mismos que utiliza para pagar su almuerzo y el autobús que desde el Barrio La Vega lo lleva hasta su puesto de trabajo.

Asegura que no descansa ni un solo día porque debe reunir los 25 dólares por el pago de la pensión en la que vive. “Aquí estoy a la buena de Dios”, manifiesta.

Sentado en la esquina del portal, espera las cinco de la tarde para llegar de nuevo a la pequeña pensión donde habita.
Antes de irse y cuando hay suficiente dinero compra un par de pupusas o una empanada, porque en su pieza no hay cocina, así que debe cenar antes de llegar a casa.

s Cuando el dinero no alcanza, no cena; ya mañana podrá comprar el almuerzo con las escasas monedas que gana.

 



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