Edición: 25 de enero de 2004

Doña Juana Francisca Amaya Flores, de 85 años, sobrevive gracias a la caridad.
Su deteriorada salud y sus múltiples necesidades la obligan a mendigar por las calles.

José Osmín Monge

Además de pedir limosnas, doña Francisca se dedica a recoger los frijoles que se hallan tirados en las calles.

Doña Francisca es una anciana de cuerpo regordete, piel morena y tostada por el sol, cabellos blancos y de andar vacilante que de lunes a sábado acude al Comedor San José, de San Salvador, para recibir el sustento del mediodía.

Este lugar es atendido por religiosas de la Congregación Hermanas de Bethania, y se caracteriza por brindar alimentación a ancianos indigentes o desamparados.

Al ingresar al local, doña Francisca hace una reverencia en señal de agradecimiento a la imagen de San José que se encuentra en la entrada.

Antes de recibir el sustento, ella y los de,ás ancianos se alimentan espiritualmente con oraciones y mensajes religiosos. Entre risas, bromas y tertulias el centenar de indigentes come con avidez.

Después de saciar el hambre emprende su viaje hacia el mesón donde vive sola.

El recorrido lo realiza con lentitud apoyándose de un improvisado bastón de aluminio y cargando en su espalda un costal en el que guarda huacales, bolsas y alguna que otra verdura.

Con el frío de la calle

Decenas de ancianos indigentes tienen la suerte de pasar sus noches en dormitorios, mesones o en casas particulares donde gente generosa le brinda posada. Pero también hay muchos que tienen la desdicha de dormir en las calles, bajo la oscuridad y el frío de la noche.
Uno de estos adultos mayores es don Francisco Morales, de 77 años, quien duerme en una de las aceras de la calle Rubén Darío, en el centro de la capital.
“Hace 15 años duermo en la calle. Yo tengo casa, pero mi hijo se ha quedado con ella. En este lugar uno se da gusto viendo pasar a la gente”, comenta don Francisco, mientras se acomoda en los cartones que le sirven de cama.
Don Francisco dice que en algunas ocasiones ha sido víctima del maltrato de otros indigentes. Él asegura que ha sido insultado y hasta golpeado.
También manifiesta que para protegerse del frío de la madruga utiliza un viejo suéter o se cubre con cartones o con papel periódico.
“Los dormitorios públicos no me gustan porque los cuidadores sólo se la pasan regañando a los viejitos”, dice el señor Morales.

Para esta anciana, el caminar es muy difícil y doloroso, pues sufre de dolores en las piernas.

“Una rastra nos atropelló a mi esposo y a mí. Él murió y yo quedé fracturada de las piernas. Desde entonces estoy sola. Tuve una hija y un hijo, pero ella me abandonó y él se murió”, comenta doña Francisca.

Con el peso de los años

En el trayecto no sobra quién le dé algunos monedas; ella agradece el buen gesto de las personas con bendiciones que nacen de lo más profundo de su corazón.

Antes de llegar a casa, Francisca hace algunas paradas frente a unas ventas de granos básicos. De su bolsa extrae una pequeña escoba que seguidamente enrosca a su bastón.

Con precisión comienza a barrer y a reunir los frijoles que se hallan tirados en el piso; luego emprende su viaje a su morada, ubicada en una zona marginal, en las cercanías de la Iglesia del Perpetuo Socorro, de San Salvador.

“Antes con mi esposo dormía en la calle o en le portal La Dalia . Ahora pago ¢200 por una pieza de mesón. El dinero lo recojo cuando salgo a pedir”, dice.

En su recorrido la anciana suele encontrarse con drogadictos y borrachos, y debe cruzarse por calles muy transitadas por vehículos.

Al llegar a su pieza, a eso de las 4:00 p.m., se dispone a limpiar minuciosamente los frijoles y a embolsarlos.

Cuando anochece reza ante a las imágenes de los santos y vírgenes que adornan las paredes de su habitación y se va dormir en su vieja y limpia cama.

Francisca ya no recuerda cuánto tiempo vive en la mendicidad; lo único que sabe es que ha sufrido mucho a causa de ella.

En las mañanas se asea, toma un poco de café y sale del mesón a probar suerte.
Por las calles va pidiendo a los peatones, vendiendo sus frijoles y llevando en su espalda el peso de sus años.

Muchas necesidades
¿Dónde comen?

Por lo general se alimentan de las sobras que encuentran tiradas en las calles o en basureros.

Muchos acuden a los comedores para ancianos desamparados. En San Salvador existen varios, entre ellos el comedor Mamá Margarita y el San José.

¿Dónde duermen?

Los que tienen suerte duermen en dormitorios públicos. En San Salvador sólo hay dos.

Algunos duermen en mesones o viven de arrimados en casas de conocidos.

Las aceras de las calles y parques sirven de dormitorio para muchos.

¿Dónde se bañan?

El aseo diario es uno de los
mayores problemas.

Algunos pasan hasta varias semanas sin bañarse.

Pocos tienen acceso a baños públicos.

En algunos mesones del centro de San Salvador alquilan baños a ancianos indigentes.
¿Dónde pasan consulta médica?

Los hospitales públicos atienden muy poco a estas personas.

Las unidades de salud son
opciones.

Algunas entidades humanitarias brindan servicios de clínica. En estos lugares por lo general regalan medicamentos.


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