Edición: 25 de enero de 2004

El Centro de Atención de Ancianos Sara Zaldívar brinda protección sólo a 214 adultos mayores.

María Luisa Hernández, de 77 años, reside en el Centro de Atención Sara Zaldívar.
Ingresó al asilo después de vivir en la calle y ser abandonada. Esta es su historia.

José Osmín Monge

"No soy una perra para que me hayan abandonado. Muchas veces me dan ganas de llorar”.

Todas las mañanas, en uno de los patios del asilo Sara Zaldívar recibe su acostumbrado baño de sol doña María Luisa Hernández.

Su delgada y encorvada figura se deja ver entre los arbustos del lugar. Suele permanecer de pie, acomodando su blanco cabello con una vieja peineta y tratando de proteger sus cansados ojos del incómodo resplandor.

Mientras es acariciada por los rayos del sol rememora los momentos felices que vivió. Sonríe. Pero de pronto su alegría se convierte en tristeza, pues a su mente llegan los malos recuerdos.

Y es que doña María Luisa ha sido una mujer de muchos sufrimientos, una víctima más de la incomprensión y el abandono.

Dormía en el parque

María Luisa procreó a cuatro hijos. Pero de nada sirvieron los sacrificios y su abnegación, pues la abandonaron.

“Yo tuve una casa, pero una de mis hijas me la vendió. Quedé sin nada. Los demás hijos hicieron sus propias vidas. El único varón murió”, expresa doña María Luisa.

Después de ser echada a la calle, la anciana madre optó por hacer del parque Cuscatlán su hogar. Con algunos centavos en su bolsillo emprendió su propio negocio: instaló una venta de frutas en ese lugar.

Por las noches, bajo una banca colocaba unos cartones y dormía. Ahí permanecía sola, soportando el frío y la lluvia. En
esa condición estuvo por algunos años, hasta que fue internada en el Sara Zaldívar.

“En este lugar me siento bien. Ya me conformé a estar sola. Mis hijas nunca han venido a verme; si ellas me tuvieran amor lo hicieran”, expresa con su débil voz.

Ella se esfuerza por hacerse la fuerte y trata de ocultar tras sus tímidas sonrisas todas sus tristezas. Pero es inútil, no puede contener el llanto. Hoy en día, doña María Luisa lleva una vida más tranquila, alejada de la indiferencia y de la intolerancia. Con frecuencia recorre los pasillos del asilo, recoge del suelo cualquier objeto y luego lo guarda en su viejo delantal. Pero María no sólo guarda basura, ella también guarda en su corazón sus recuerdos.

Ancianos protegidos 350
adultos mayores atendidos en los dos asilos nacionales.
En El Salvador sólo existen dos asilos nacionales.
Los demás funcionan gracias al apoyo de entidades religiosas o no gubernamentales.

El abandono es una de las formas de maltrato más comunes en adultos mayores.

Es una realidad que mucha familias les lanzan al abandono y a la desprotección. Basta con recorrer las calles, los dormitorios públicos, hospitales y asilos para darse cuenta del gran número de ancianos que han sido abandonados por sus propios hijos u otros familiares.

Para mitigar el problema muchas entidades religiosas y no gubernamentales han creado hogares o centros de ancianos; sin embargo, estos lugares se caracterizan por tener poca capacidad. El universo de adultos beneficiados a nivel nacional no sobrepasa las dos mil personas.

Las iniciativas de apoyo hacia los adultos mayores abandonados por lo general no corresponden al Estado. En El Salvador sólo funcionan dos hogares nacionales, siendo estos el Centro de Atención Sara Zaldívar, en San Salvador, y la Casa Hogar Narcisa Castillo, de Santa Ana. Juntos dan cobertura a 350 personas. Dos dormitorios públicos constituyen la red de atención en materia de alojamiento y cuidado.



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