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Edición
del 24 al 31 de octubre de 2004

No
me preocupa que mi obra sea reconocida universalmente. Me
interesa que la conozcan mis paisanos. (Salarrué)
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Salvador Efraín
Salazar Arrué, el más grande narrador
y cuentista de El Salvador, nació el 22 de octubre
de 1899 en la ciudad de Sonsonate, donde vivió
hasta la edad de seis años. Murió en San
Salvador el 27 de noviembre de 1975.
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Salarrué,
con su palabra sencilla, gozaba con sus escritos claro
lo regional como una de sus nostalgias. Y de los campesinos
hablaba, escribía con verbo azul o tinta imaginariamente
amarilla sólo negra en la máquina de escribir,
muy raras veces utilizada y siempre, como en todo sobre
memoria de una época lúcida, por distante acaso
mejor en su personal saboreo.
Pintorescos actores, como hay pintorescas villas, desde el
curtido pescador de La Barra, o don Antonio con
su reuma; María Cristina, la de una
lágrima rezagada, o cualquiera de sus Cuentos
de barro, pasaban y repasaban por la pantalla de su
mente revividora del pasado (...Fue triste y lamentable
aquello del 32, pero lo que recuerdo bien fue cuando querían
derrocar al presidente Figueroa, los alzados se tomaron Sonsonate
y de un día para otro aparecieron muchos cadáveres
de soldados y civiles y quedaron tirados en las calles de
Sonsonate. No es agradable acordarse de eso, pues yo tenía
como seis años de edad....
Me lo dijo así con más o menos palabras, mientras
descansaba en la mecedora y yo estaba sentado en aquella silla
de brazos de madera, respaldo y asiento de cuero, en una fría
tarde dicembrina en su casita de Planes de Renderos), al compás
de sus recuerdos, antes o después de su invento de
Cuentos de cipotes para casi todos los días:
Puesiesque Chepete la conoció cuando iba al colegio
con una criada sapurruca y tenía unos escarpines con
petatío de colores; un raspón en la chimpiniya;
nagüita salmón; un cinchito o charlero eviyaplata....
Nunca olvidó eso, no consignado ni en las más
puntuales antologías poéticas: al ser humano,
al hombre que gravita y piensa por los demás; al niño
y a su shuca cara, a la india nalgona,
al ser morando en algún lugar y con el distintivo de
ser tratado con el mismo respeto y consideración tanto
como aquellos nacidos en techos distintos.
El río de su infancia sentido, variado, complicado
con el silencio de palabra y obra fue su favorito. Me lo recordó
amorosamente tantas veces, con la triste complacencia de quien
rememora el primer llanto por el último globo que voló
al cielo en aquella campiña cualquier tarde dominical.
Sabía mucho del país y su gente, sobre todo
rurales, tanto como podía evocarlo.
No poseía el conocimiento por erudición, a catálogo
completo, ni se adornaba en precisiones nombres, datos,
lugares, fechas tan exactos como para constituir otras
de sus amenas cátedras:
¿Hasta dónde es verdad la historia fantástica
de Miss Gladis Dayton sobre un incidente mágico en
el cual intervienen un papagayo-real, un príncipe de
Daitya (75,000 a. de J.C.) y un brujo (contemporáneo)
de Copán?.
Sabía de la vida por la emoción, por lo dejado
por los libros y personajes bajo su velluda piel. No más,
el suyo, que palpitantes libros emotivos. Escritos superiores
al fin de cuentas.
Esos marcando surcos en la sensibilidad con permanencia de
nostalgia, no rayos en el agua borrándose al mismo
tiempo de ser. De Salarrué se aprendían cuentos
incrustados en oro del recuerdo. Se le rinden las gracias
por ese invaluable ejemplo.
Y no tanto por lo bien dicho o mejor escrito, cuanto por vivirlo
reviviéndolo. Con ese su dichoso latido supervivía
de un tiempo lejano, pero de nunca oscurecida felicidad. Si
vivió con su recuerdo del barro nos dejó barro
que vivirá con su recuerdo.
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Obra
en el contexto latinoamericano
Salarrué,
en tantísimas conversaciones sostenidas en su Villa
Monserrat, o caminando en los senderos aún frescos
del parque Balboa, de los Planes de Renderos, me decía:
No me preocupa que mi obra sea reconocida universalmente.
Me interesa que la conozcan mis paisanos. Cosa extraña
porque sus paisanos eran todos los centroamericanos.
Me planteaba esa tesis con total honradez.
Su obra costumbrista, por los giros o cambios idiomáticos,
quizás no pudiera ser comprendida ni fielmente traducida
a idiomas como el inglés o el francés; pero
muchas de sus novelas y libros de cuentos fantásticos
y surrealistas pueden figurar en el teatro universal. Inclusive
Mundo nomasito estaría en esta línea.
De cierto cambiar no nos es dado ni aún ser moderadamente
diversos; tan solo se nos permite progresar. Salarrué
es superior a Ambrogi (¿o no?), Vallejo o Neruda. ¿García
Márquez supera a Vargas Llosa? Si estos modos de cogitar
(pensar) son vigentes, los dicta la moda, los ordena la publicidad,
los imponen los atavismos o los exhibimos para los estudiosos
de nuestro zoológico.
Salarrué nunca escribió para los iluminados
o los enciclopedistas, y su propósito era divertirse
escribiendo, sin pensar en la crítica o cuán
lejos llegaran sus libros.
Tampoco aceptó comparaciones, jamás le gustaron
los prólogos. Esa comparación, por lo tanto,
es de mi exclusividad, conociendo de antemano al Salarrué
como un consumado narrador, y Ambrogi, un escritor descriptivo,
nato por excelencia.
En verdad, si de literatura latinoamericana se trata, cualquier
lector podrá objetar la omisión de un escritor
excepcionalmente importante por razones de intimidad, posición
política o ideológica, como en su momento le
ha ocurrido a Jorge Luis Borges, Octavio Paz o el mismo Mario
Vargas Llosa. En el caso de Salarrué no es una objeción
trivial, aunque no tenga el aparato publicitario logrado por
otros escritores de América Latina.
Simplemente nació en este país, donde la cultura
y la literatura no son artículos de fe, son vistos
como un adorno y un simple pasatiempo para los figurones de
levita y bombín. De hecho, nosotros mismos nos convertimos
en artífices de esa marginalidad intelectual, olvidamos
a los creadores de los valores.
Cuando escribía para el Diorama del periódico
Excélsior de México, el editor del suplemento
literario me hizo un reclamo serio: ¿Por qué
razón no escribes de Salarrué, de Claudia Lars,
de Francisco Gavidia o de Roque Dalton?. Fue para mí
una sorpresa: conocía y había leído a
Salarrué y, por supuesto, a nuestra máxima poetisa;
de Roque no me extrañó: su obra hace rato traspasó
las fronteras patrias.
Ese simple reclamo fue una excusa para sostener una larga
discusión y tertulia con otros amigos escritores y
artistas mexicanos, donde la mayoría habló con
propiedad y admiración de la trayectoria de don Salarrué.
Roque Dalton le dedicaría en
Las historias prohibidas del pulgarcito
un hermoso poema.
Larga
vida o buena muerte para Salarrué
(Fragmento)
Dios lo bendiga y lo haga un santo don Salarrué
chas gracias por sus dulces guáspiras
por los tetuntazos de ternura
con que me ha somatado las arganillas del corazón
que si se muere mañana es viernes
las ánimas benditas lo condundeyen
y lo hagan seguir camino
que San Pascual Bailón me lo ampare
y me le tape las veredas del chimbolero
y que la Virgen del Perpetuo Socorro
y la Virgen de Candelaria
me lo manden bien a la llama para el cielo
caballero en un caballo bien maiceado
que no sea sombristo
ni tan entelerido como el de mi general Claramount
y que para mientras tanto
en la vida me lo tengan galán y chelón
que no le falte el pisto ni el amor necesario
que coma sus tres tiempos
y le sobren amigos la pura mar y sus conchas
como si hubiera obtenido la piedra azul
que vomita la culebra zumbadora
cuando es derrotada por un hombre de bien
que me le caiga también la bendición del
Cipitillo...
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