| Edición
del 23 al 29 de mayo de 2004

El
pintor Saúl Ernesto Colocho ama la perfección,
se enternece
con el sufrimiento de los demás y aprecia el trabajo
duro de los
campesinos. Así lo demuestran sus lienzos.
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La primera
vez que participó en una exposición, a los 15
años, su cuadro fue colocado frente a uno del reconocido
pintor Miguel Ángel Ramírez, quien había
representado a la niñez puritana de los años
sesenta.
Era un menor con la piel color de barro y un escapulario en
las manos. “Se trataba del niño campesino, pero
alegre y feliz porque lo tiene todo”, rememora ahora
Saúl.
Pero la inclinación que Saúl, de 33 años,
siempre ha tenido por representar el dolor y la pobreza en
sus obras lo llevó a reflejar lo contrario. “Era
el niño actual, abandonado, con sus ropas raídas
y con lágrimas en su rostro”, comenta.
A los espectadores les impactó tanto su lienzo que
él decidió conservarlo. Pese a las ofertas que
le han hecho instituciones como el Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF), Saúl lo guarda como la obra
que marcó el despertar de su carrera.
Incluso después de 18 años él sigue recordando
los significados de algunos detalles de la pintura.
Una puerta semiabierta en el fondo demuestra las oportunidades
que se le presentan a una persona en la vida, no sólo
para el éxito sino también para la pobreza.
Cerca de los pies descalzos del niño, una piscucha
rota simboliza los anhelos que se quieren alcanzar en la vida.
“Los artistas somos caprichosos y este lienzo me inspira
a seguir pintando”, dice Saúl.
De hecho, este artista ha seguido plasmando el sufrimiento
ajeno, el trabajo costumbrista del campesino y el sentir de
la raza indígena, algo que le permite satisfacer una
necesidad que no se llena con dinero y es la que viene del
alma.
En ese
camino de descubrimientos en el que se ha convertido su trayectoria
despuntó su afición por la perfección.
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Saúl
suele pintar rostros y paisajes de la naturaleza
sobre las plumas. |
Le encanta
lograr los detalles más pequeños, las texturas
y hasta el brillo. “En mi ojo está la perfección,
plasmo las cosas tal como son”, señala.
Por eso él coloca su obra dentro del hiperrealismo,
una orden dentro del arte que le permite reproducir las cosas
a través del realce de las sombras que les dan el volumen,
la redondez y la tercera dimensión.
Desde la infancia temprana
“Saullo”, como se firma en sus cuadros, nació
en Santiago Texacuangos, San Salvador. Creció en compañía
de su abuelo Salomón Colocho Torres, un escultor en
madera que le ayudó a descubrir su vocación
desde la infancia temprana.
A los
cuatro años ya era un experto en la mezcla de los colores.
“Sabía que si combinaba el amarillo y el rojo
me daba naranja”, recuerda.
Solo años más tarde comenzó a tallar
la madera. En ese tiempo alternaba el trabajo con el juego
y admiraba las obras de Miguel Ángel que solía
contemplar en las primeras páginas de una Biblia grande
que pertenecía a su abuelo.
Mientras cursaba la primaria, la maestra le pedía que
se subiera en una mesa para que trazara los mapas en la pizarra.
Hacía los carteles que sus compañeros exhibían
en las exposiciones y dibujaba paisajes naturales como ríos
y bosques.
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Este
fue el primer cuadro que "Saullo" pintó
cunado tení quince año |
Un día
se le presentó la oportunidad de participar en una
exposición, en Olocuilta, y despertóla
sensibilidad en los espectadores al presentar la pintura de
un niño pobre. Desde entonces su presencia en estas
exhibiciones ha sido continua, cada año.
En esa ocasión conoció a un comerciante de arte,
quien propuso comprarle paisajes y desde ese momento ya no
necesitó promover su trabajo. la gente sólo
se acerca para pedirle sus pinturas.
Estas han viajado hacia Japón, Europa y América,
y se han expuesto en otras galerías y en la plaza pública
de su ciudad. Esto le ha servido para que la gente pobre aprecie
sus lienzos, pues él cree que el artista no es el pintor,
sino el observador.
En 1996 ganó el primer lugar en un concurso de afiches
organizado por el Fondo de Población de las Naciones
Unidas (FNUAP), con la pintura de una paloma que salía
de las manos de un niño que representaba los acuerdos
de paz en El Salvador.
Entre sus máximas preocupaciones se encuentra el seguir
pintando y encontrar en su ciudad natal un espacio donde exhibir
sus obras, no donde se llenen de telas de araña, sino
donde se promuevan y puedan venderse.
Saúl quisiera que a los artistas se les dejara de ver
como revolucionarios, pues aunque, muchas veces, con sus pincelazos
abordan las injusticias que se viven en el país, sólo
tratan de sensibilizar y dar sugrencias a la población.

Al
parecer, Saúl es el único artista que
ha explorado la pintura con acrílico sobre las
plumas.
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En
Santiago Texacuangos necesitamos un espacio para exhibir
las obras, no donde se llenen de telas de araña
sino donde puedan apreciarse y venderse.
Saúl Ernesto Colocho
Pintor hiperrealista
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“Abrimos
las puertas al mundo”
¿Cuáles son las pinturas que más
le llenan el alma?
Las de carácter y contenido social, porque a veces
uno no puede tomar un micrófono y hablar de las
injusticias; sin embargo, puedo agarrar un pincel y expresarlo
con la pintura. Me encantan los motivos que tratan sobre
la opresión del trabajo en el campo, pues muchas
veces la gente lo toma como que no vale nada.
¿Hacia quiénes van dirigidas sus obras?
Están dirigidas a todo tipo de gente, en especial
para aquellos que ignoran las inclemencias que sufre la
gente carente de oportunidades.
Yo no soy muy allegado a las galerías; en la mayoría
de casos la gente busca mis obras. La gente pobre tiene
la oportunidad de ver mis pinturas cuando las exhibo en
la calle.
¿El que sus obras sean reconocidas ha sido fruto
de su propio empeño?
Es mi propio sacrificio, bien personal. No existe apoyo,
ningún gobierno pone en su plataforma a los artistas
y no caen en que somos los que abrimos las puertas al
mundo.
¿Cree usted que se puede vivir del arte?
Tengo trece años de pintar y mantengo a mi familia.
Yo abrí el mercado, no por arte de magia sino con
calidad y empeño. |
Pintor
de plumas
La ciudad de Olocuilta fue el primer motivo que Saúl
plasmó en las plumas de un chompipe, esta novedad
le regaló un tercer lugar en la exposición
anual que cada año se organiza en esta localidad.
Luego esta técnica que aprendió durante
un viaje que hizo a Costa Rica, se volvió característica
en su trayectoria como artista.
Esta nueva forma de hacer arte en El Salvador resultó
novedosa para la gente. Tanto así que instaló
su negocio de pinturas en pluma en Galerías Escalón,
en la capital, donde las vendía a 300 colones
cada una.
Sobre ellas plasma retratos y paisajes. El proceso comienza
con la selección y compra de las plumas a algunos
lugareños que conocedores de su afición
se las llevan luego de cortárselas a los chompipes
y a las gallinas.
La pluma se pega con resistol y se coloca sobre cartón
de ilustración o una base dura para ponerle el
acrílico. Después se hacen los trazos
sobre ella y por último se pinta. En cuestión
de segundos esta pequeña obra de arte esta seca
y sólo queda el enmarcado.
Los precios finales de la pintura oscilan entre los
25 y los 100 dólares. “Yo he demostrado
que a los desechos también se les puede dar un
fin artístico”, comenta Saúl. “He
dado el sentido artístico a las plumas”,
agrega.
Ligados
a su obra
Pintura: máxima expresión cultural de
un pueblo.
Hiperrealismo: perfección de la luz y la sombra
de un volumen en un espacio.
Indígenas: seres espirituales.
Campesino: ciencia más rústica que puede
existir en el mundo.
Pobreza: nunca debió existir, si la oportunidad.
Trabajo en el campo: contacto con la vida y la naturaleza.
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