Edición del 22 al 29 de agosto de 2004

La energía y la pasión derrochada en los movimientos cadenciosos que ejecuta en
el escenario han llevado a Mauricio Bonilla a danzar en Europa, Asia y América.

Alma LÓpez
Fotos: Arely Umanzor



“Te vas a volver loco de tanto mirarte en el espejo”, eran las palabras que Irma Bonilla le decía a su hijo, Mauricio, por su costumbre de hacer muecas y bailar ante los espejos.

Su hermana Teresa recuerda que de niño, Mauricio soñaba con ser un famoso trapecista de circo. Le gustaba hacer mantos y turbantes con las toallas de baño.

“Siempre me atrajo todo lo relacionado con las artes y con el espectáculo desde muy chico”, comenta el bailarín. Con el paso de los años, su sueño era estar ante un auditorio y dejar que su cuerpo fuera llevado por el ritmo de la música.

Esa ilusión permanece hasta el día de hoy. “Me fascina ver la cara de los espectadores cuando una presentación les ha gustado. Es una sensación que llena el espíritu; es muy bonito”, dice Bonilla.

Sus pasos por la danza le han dejado gratos momentos. Uno de los más recordados es haber sido parte del jurado del segundo encuentro de academias de danza y el primer concurso internacional para estudiantes de ballet en La Habana, Cuba, en 1995.

En esa ocasión tuvo la oportunidad de estar con la cubana Alicia Alonso, primera bailarina y fundadora del Ballet Nacional de Cuba.

Otro momento que recuerda es la permanencia por tres meses en 1993 con su Ballet Teatro en los festivales folclóricos de Europa.

Su destacada labor en la danza le ha permitido mostrar su talento en programas televisivos, como “Sábado Gigante”, donde fue invitado en dos ocasiones: la primera vez en Chile y luego en los Estados Unidos.

Es un coleccionista de pinturas, objetos antiguos e imágenes talladas en madera, con los que ha decorado su casa.
Durante la presentación del calendario de un modelo.

En su memoria no tiene contabilizado el número de presentaciones, pero recuerda que ha bailado en varias ciudades de los Estados Unidos, entre ellas San Diego, San Francisco, Nashville, Los Ángeles, Miami, Las Vegas, Nueva York y Menphis.

En Europa, Bonilla se ha presentado en ciudades de España, Italia, Francia y Alemania. En América ha bailado en Brasil, Chile, Colombia, Argentina, México y República Dominicana.

Aunque Bonilla considera que tiene 25 años de carrera profesional, su trayectoria supera las tres décadas si se toma en cuenta que su primera presentación ante un auditorio fue el 12 de octubre de 1971 en la escuela Salvador Mendieta de Ciudad Delgado.

Sus primeros pasos

Mauricio nació el 1 de abril de 1961 en el barrio San Felipe de San Miguel. Es el cuarto de cinco hijos engendrados en el matrimonio de Irma Bonilla y Neftalí Iglesias. Su amor por la danza no lo heredó de nadie; en su familia es el primero en dedicarse al baile.

Desde que era niño miró la importancia de trabajar fuerte por lograr lo que se quiere. Recuerda que su padre y su madre dedicaban todo su esfuerzo a la empresa de la familia, una pequeña fábrica de pantalones llamada “El Valiente”.

Mauricio y su padre salían a pregonar por los pueblos de la zona oriental la ropa que confeccionaban, mientras que su mamá vendía delantales y lencería.

En la casa todos ayudaban a cortar tela, a ordenar y a vender las prendas.

Por las madrugadas, los Iglesias Bonilla salían recibir las carretas con leña, para luego venderla entre los vecinos.

Bonilla afirma que en su carrera, un bastión importante fue el apoyo de sus padres. “Nunca mi padre y madre me dijeron: no bailes o no me gusta lo que haces; siempre respetaron”, manifiesta el bailarín, quien utiliza el apellido materno como una muestra de amor y gratitud hacia su progenitora.

El maestro

Entre sus pasiones está enseñar; le gustaba ayudarle a sus compañeros cuando no entendían algo de la clase. Durante sus estudios de bachillerato en electricidad del Instituto Técnico Industrial (lTI), los maestros le daban papeletas y trabajos para que los calificara.

Parte de los integrantes del Ballet Teatro de Mauricio Bonilla.

El interés de enseñar lo llevó a estudiar pedagogía en la Universidad Francisco Gavidia, en donde obtuvo una licenciatura en Ciencias de la Educación. En la actualidad comparte sus conocimientos de danza con los integrantes de su Ballet Teatro.

Con el trajín de más de 30 años en la danza surge la inquietud de cuánto tiempo seguirá en los escenarios. Ante la pregunta si ha pensado en el retiro manifiesta: “Todo lo bueno se acaba”, comenta Bonilla. “A mí me encantaría bailar toda la vida, pero llegará el momento en que tenga que dejar de hacerlo”, agrega.

Cuando ese momento llegue piensa dedicarse por completo a la coreografía, donde tendrá mayor tiempo para componer bailes y enseñar. En miras de su futura labor ya ha comenzado su preparación. En 1997 y 1999 tomó cursos sobre enseñanza artística en La Habana, Cuba.

Además de danzar, Bonilla tiene una empresa dedicada a la organización de actividades sociales y del modelaje.

Al hacer una retrospectiva de su vida, Bonilla confiesa con cierta timidez: estar contento de lo realizado, pero considera que le hace falta mucho por aprender y hacer en su futuro.

 

Primeros pasos

A principios de la década de los 70 ingresa a la Escuela Ballet del Instituto Salvadoreño de Turismo (ISTU) y a la Escuela de Danza de la Alcaldía de San Salvador.
Gracias a esas dos vitrinas, la bailarina salvadoreña Alcira Alonso pone sus ojos en su potencial artístico y le invita a ser parte de un grupo de bailarines para un comercial de televisión.
Este comercial le abrió las puertas para participar en programas de televisión, en comerciales y en presentaciones. Por su buen desempeño en 1978 integra el Ballet de Alcira Alonso, a quien considera su maestra, porque le enseñó mucho sobre danza clásica.
Su deseos por seguir superándose lo animan a formar su propio grupo. El sueño se hace realidad en 1979 cuando crea con la ayuda de otros bailarines salvadoreños la Compañía de Danza y Comedia Musical que bautizó como Ballet Teatro.
Los inicios no fueron fáciles; los problemas afloraban sin cesar. El principal era el recurso económico que provocaba muchas carencias, en especial de vestuario.

 



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