Edición del 22 al 29 de agosto de 2004

Efraín Vásquez expresa con sus pinturas que lo moderno coexiste con los ritos
de origen religioso, con los bailes populares, con las danzas autóctonas.

Enrique S. Castro

Conservando el esquema y la técnica mixta de sus “viejos ritos” que transportan a algunos aspectos de la vida contemporánea, Efraín Vásquez se niega a cerrar sus ojos y su vitalidad a cuantos tuvieren de interés y provecho esas estampas tan folclóricas, pero ardientes y primitivas del paisaje salvadoreño.

Para muchos intelectuales, el mestizaje solo fue el preludio del choque y de la hostilidad que vendría con los tiempos, ante lo cual únicamente han intentado rescatar lo bonito, lo cotidiano y lo ornamental; pero Efraín no ha dejado de investigar, explorar y mirar con su aguda sensibilidad estas transformaciones que parten del ser humano y de su vinculación con la tierra y con la provincia.

En esta nueva etapa de su quehacer pictórico se puede apreciar con nitidez la expresión real de este país que en tan cortos años ha cambiado su mapa político, social y geográfico, pero que ha conservado la identidad propia y las tradiciones de su gente, como un testimonio firme de que las raíces históricas y culturales jamás se abandonan.

Efraín tiene la agudeza de penetrar ese ambiente para expresar con sus pinturas que lo moderno coexiste con los ritos de origen religioso, con los bailes populares, con las danzas autóctonas.

De manera simbólica se puede afirmar que mientras luces tecnológicas se abrazan a nuevas formas de vida, el ábaco de Efraín no ha desaparecido por esta brillante invención del pequeño cerebro electrónico. La pureza y la originalidad de su obra vive la prisa del tiempo y se sujeta a la asombrosa puntualidad de su quehacer pictórico.

El Salvador es un país sitiado por volcanes, lagos, pequeñas estribaciones, ríos caudalosos y la inmensidad del océano Pacífico. En esta su geografía irregular todavía subsisten casitas de adobe y bahareque; en menor proporción, chozas con techos y paredes de palma. Un marco romántico de pobreza que Efraín ha sabido plasmar en el lienzo con las luces de sus pinceles, colores y corazón.

Esa misma reducción y belleza de este país de milagrerías ha provocado una conciencia de núcleo que enerva y sostiene toda vestidura. Y también ha dado lugar a una teoría de expansión vital que, por un lado, se incorpora a nuestra latinidad tropical y, por el otro, produce esa vocación al sacrificio, a la aventura y a la creatividad.

Como por el ojo de la cerradura vemos a este artista utilizar con propiedad, agilidad y conocimiento la plumilla fina y la técnica mixta para recrear los añejos empedrados, arbustos y árboles centenarios. Sus huellas de brillantes colores, de más cálidos que fríos, también aparecen en paredes viejas, en iglesias coloniales y casitas tiradas sin un orden establecido.

La antigua Santa María Ostuma, el señorial San Vicente, la bulliciosa Sonsonate, la peregrina y ancestral Panchimalco, con sus tradicionales cofradías, las mismas palmas de mayo, el singular “Torito pinto”, el otrora puerto mercante y punto de llegada de ilusionados inmigrantes son referentes obligados en la pintura costumbrista de Efraín Vásquez.

También se nos quedan a trasmano sus fértiles trabajos sobre bailes populares y autóctonos. Su trabajo sobre los bailes populares como Los chapetones, Moros y cristianos, La yegüita, El cuche de monte, Los emplumados, Los cumpas, El tigre y el venado, Los negritos y otros, no sólo por la concepción de las pinturas, sino por la calidad de los colores, los formatos y la técnica mixta que le permite adecuar los espacios, la luz y otros recursos en un balance casi perfecto que sólo logran los artistas consumados con base en la experiencia, la dedicación y el estudio.


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