Edición: 22 febrero de 2004

Por la ausencia de lenguajes escritos, los motivos decorativos en los trajes
de los aborígenes de las tribus de Taiwan son medios importantes para preservar
y transmitir sus tradiciones.

Revista “Taipei Hoy”
Traje de novia y accesorios de la tribu Paiwan, de la clase noble hereditaria.

En la Planicie Occidental, en medio de los picos de la Cordillera Central, y a lo largo de la Costa Oriental donde las montañas se aproximan al mar, los pueblos aborígenes de Taiwan de origen austronesio establecieron sociedades tribales que disfrutaron las bendiciones abundantes de la naturaleza.

Ellos creían que los vientos soplaban el color, que el humo llevaba mensajes, y que el sol, antes de ponerse, pintaba el cielo cada atardecer para que la gente volviera a casa. Los hombres aspiraban a convertirse en guerreros, creyendo que un corazón valiente les dotaba con orgullo y dignidad.

Las mujeres tenían habilidades especiales para tejer y coser. Ninguna de las tribus desarrolló un sistema de escritura para registrar su historia. Siendo cantantes talentosos y artistas por naturaleza, los aborígenes transmitieron su herencia a través de su música, rituales y cuentos, y en los diseños de sus artículos tejidos a mano.

En la elaboración de ropas para cubrir las necesidades básicas de sus familiares, las mujeres emplearon la costura, el bordado y el tejido para traducir las antiguas leyendas de sus pueblos en llamativas imágenes que decoraban prendas de vestir y tocados. Sin darse cuenta de ello transformaron su trabajo en un medio de preservar el legado cultural.

Esa herencia continuó aun cuando se comenzaron a emplear materiales nuevos. A medida que la agricultura avanzaba, muchos de los grupos aprendieron a reemplazar la corteza de árboles y las pieles de animales por el ramio como el principal ingrediente de sus ropas.

Aunque cada tribu desarrolló sus propios motivos para los diseños narrativos sobre sus trajes, su modo de vestir compartía por igual el rasgo de la simplicidad geométrica y simetría en un vívido esquema colorido en rojo, amarillo, verde, negro y blanco.

Esa característica común entre las diferentes tribus refleja el intercambio de influencias culturales que ocurrió entre ellas debido a su proximidad geográfica. Las diez tribus reconocidas oficialmente hoy son Ami, Atayal, Bunun, Paiwan, Puyuma, Rukai, Saisiyat, Thao, Tsou y Yami, junto con ocho otros subgrupos a los que se les llama colectivamente Pingpu.

Cada una existía como una sociedad tribal madura, creando una impresionante diversidad cultural. Cada una llevaba a cabo sus respectivos rituales en diferentes épocas del año. En los días de las ceremonias se vestían con sus atuendos formales para cantar, beber y bailar, al tiempo que rendían sus respetos a los espíritus de los antepasados o celebraban la cosecha.

Entre las tribus, sólo la Paiwan y la Rukai mantuvieron la clase noble hereditaria, que condujo al desarrollo de diseños más sofisticados de trajes y accesorios. Las mujeres nobles Paiwan disfrutaban de más tiempo que las plebeyas para pulir sus destrezas en la costura y sus trabajos se convirtieron en un sello de su clase social.

Según la leyenda, el cacique fundador fue una serpiente —una víbora cien pasos de nariz puntiaguda— con forma humana que nació en un cántaro de barro de una lágrima que cayó del sol. Al amanecer el día de su nacimiento, dos víboras aparecieron para cuidar del recién nacido.

Las aborígenes convirtieron el tejido en un medio para preservar el legado cultural.

La historia sienta las bases para que la gente Paiwan respete las serpientes como sus protectores, y use esta leyenda como elemento decorativo de sus vestidos.

La gente Atayal tatuaba sus rostros con marcas en forma de franjas para que el espíritu ancestral pudiera diferenciarlos de los demás cuando los recibiera en el puente del arco iris en el cielo. De allí que las prendas de vestir tiendan a enfatizar las franjas (del arco iris), además de sus ornamentos con cuentas.

“Lo que hace tan preciado los vestidos tradicionales de los aborígenes es que reflejan los antecedentes culturales y la estructura social del pueblo”, dice Saalih Lee, jefa del Departamento de Educación y Exhibiciones del Museo Nacional del Palacio.

“Es sorprendente ver cómo los aborígenes han podido seguir con sus tradiciones durante tanto tiempo. Una buena explicación podría ser que ellos verdaderamente saben cómo vivir bien la vida y cómo incorporar la estética y las creaciones artísticas en la vida diaria”, manifiesta.

Lee sugiere que los trajes tradicionales aborígenes revelan mucho sobre la estructura y las costumbres de las sociedades tribales. Las piezas de vestir tenían la función de representar el estrato social del propietario y registrar cualquier hazaña personal. Igualmente, reflejaban las normas sociales, como la insistencia de los Atayal de que las mujeres aprendan las destrezas de tejer antes de casarse y de que se tatúen las caras.

Además, el proceso de fabricar vestidos seguía una rigurosa división del trabajo, en el que los hombres hacían las herramientas y ayudaban a recoger y tratar el ramio, pero tenían prohibido tocar o siquiera pasar cerca de los telares mientras las mujeres tejían.

Los trajes también revelan la extensión del intercambio cultural con otros grupos, como se evidencia en los tipos de materiales usados y son muestras sobresalientes de la estética y el desarrollo artístico de las tribus. Por último, simbolizan la identidad de los aborígenes, que se ha vuelto más importante a medida que las tradiciones se han vuelto más vulnerables a las presiones de los cambios sociales y políticos. (Volumen XXI Nš 2)



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