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Edición:
22 de febrero de 2004

Edificadas
entre florecientes cañaverales, las escasas moliendas
del país
siguen encerrando un estructurado sistema de producción
manual y cautivando
con su olor a miel.
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Es media
mañana. En el interior de una casona de adobe y denso
tejado de barro se oculta uno de los últimos maceteros
de Apastepeque, la que antes fuera una de las zonas más
florecientes para las moliendas, en San Vicente.
En completa soledad, aislado del murmullo y el tumulto que
hay en el área de cocimiento del jugo de caña,
a unos siete metros, Santos Ayala Urquilla, de 70 años,
escarba entre el azúcar de pilón a fin de extraer
la capa de dulce que se ha formado al centro del molde.
Ese ha sido su trabajo de temporada durante 55 años.
En compañía de su padre, un experimentado macetero,
recorrió casi todas las moliendas que constituian el
principal patrimonio de Apastepeque cuando él era un
mozuelo.
Eran tiempos de bonanza. No existía gasolina ni electricidad
para hacer funcionar los motores, pero a falta de esa tecnología,
la fuerza de los bueyes movía los trapiches y el jugo
de caña vertía su dulzura en las más
de veinticinco moliendas de la región.
Se instalaron los motores de gasolina, luego llegó
la energía eléctrica y un buen número
de productores arrendaba las moliendas para transformar el
fruto en dulce de panela, batidos y azúcar de pilón.
Pero el conflicto armado irrumpió con parte de ese
patrimonio. Algunos trapiches fueron incendiados y destruidos.
Otros simplemente fueron abandonados por sus propietarios
que prefirieron huir hacia San Salvador o a
Estados Unidos.
La construcción del ingenio Jiboa también contribuyó
a la desaparición de algunos de estos molinos productores
de dulce, debido a que cada vez más los cultivadores
de caña optaron por vender sus cosechas a esta empresa.
Ahora, en la ruta de las moliendas sólo han quedado
siete. En una de esas, conocida como de los Jaimes,
labora Santos, el único macetero de los tiempos de
bonanza que aún sobrevive y es el encargado de que
no muera la elaboración de azúcar de pilón
en el único lugar de San Vicente que guarda esta tradición.
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La
caña es exprimida en los trapiches, que funcionan
con motor, y luego el jugo pasa al área de cocimiento
en enormes peroles.
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Las fábricas
manuales restantes exploran sobre todo la panela en los tonos
blanco, moreno y negro, dependiendo de la caña y del
punto de cocimiento, y en menor medida la miel de mesa y los
batidos.
El trajín de las moliendas
De las 120 moliendas que registra a nivel nacional la Dirección
de Economía Agropecuaria del Ministerio de Agricultura
y Ganadería (MAG), unas 47 pertenecen al departamento
de San Vicente, frente a 13 que se encuentran en Cabañas,
33 en Cuscatlán y 27 en La Paz.
Aunque
Apastepeque ha dejado de ser el municipio con el mayor número
de moliendas, ahora San Lorenzo, por ser uno de los productores
de caña de azúcar de la región, ha sido
bautizado con el nombre de Cuba. A la gente
se le oye decir vamos para Cuba , relata
Delmy Rodríguez, directora de la Casa de la Cultura.
De hecho, los moradores de este lugar siguen apreciando el
ajetreo que se vive en las moliendas durante la temporada
que va de noviembre a abril y el delicioso aroma a miel que
se desprende de los peroles mientras el jugo hierve a borbollones.
Ellos suelen hacer excursiones durante las noches hacia estas
fábricas manuales, situadas una tras otra a tan solo
un kilómetro de la ciudad. Estando allí se acuestan
sobre el bagazo de la caña, cuentan chistes, prueban
la miel que se cocina en los peroles, disfrutan el ambiente
y regresan al amanecer.
Pobladores de cantones aledaños caminan largos trechos
o toman buses con el fin de visitar los trapiches. Allí
saborean la espuma, capa blanquecina que se levanta sobre
la miel, o la recolectan en un recipiente para llevársela
a casa donde la consumen con pan o con tortilla.
Nadie les reprocha nada. Las mujeres se arriman a los peroles
mientras el puntero persona encargada de dar el punto
a la miel bate el jugo con una paleta y los niños
se comen algún pedazo de panela que ha quedado en los
moldes. Esto ya se volvió una costumbre,
detalla Ulises Molina, propietario de la molienda Ismataco.
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Mujeres
de cantones aledaños llegan a las moliendas para
saborear la espuma.
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Este trajín,
además de entretener a los visitantes, genera empleos
en los diferentes procesos que van desde la corta de la caña,
pasando por el atizador y el puntero hasta el que envuelve
el atado entre las tusas.
Y en cada trapiche se emplean unos veinte trabajadores por
cada cargamento de caña molido. Cuando el propietario
termina de procesar su fruto, estas fábricas son arrendadas
por otros cultivadores de caña que llevan sus propios
empleados.
José Valentín Osorio, de 53 años, tiene
15 de ser puntero. Su experiencia en darle el punto exacto
a la miel le prodiga 35 colones por jornada. Para azúcar
se espera que ligoselle, para batido que quede
talludita y para dulce que haga chingastes
y quede quebradita, detalla.
En busca de la promoción
Tres años atrás, las moliendas de Apastepeque
funcionaban en el anonimato por lo menos en lo que a identidad
cultural y atractivos turísticos se refiere. No
existía ninguna promoción, cuenta Delmy
Rodríguez.
Pero el
programa San Vicente Productivo, un organismo
que mantiene proyectos en el área de San Vicente, financiado
por la Unión Europea, centró su atención
en esta actividad que fue heredada por los españoles
desde los tiempos de la colonia.
En coordinación con la Casa de la Cultura decidieron
celebrar cada año la Feria de la Panela,
con el fin de promocionar y aumentar la rentabilidad del dulce,
elaborar otros productos, como azúcar en cubos, y hasta
mejorar la presentación de éstos.
Ese fue el objetivo con la primera feria, y se ha logrado,
dice Delmy Rodríguez. Con la segunda feria y la tercera
que ya se avecina pues se tiene programada para el 28
y 29 de febrero esta tradición se comienza a
ver como un patrimonio que vuelve a identificar a Apastepeque.
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Moldes
para la panela donde se coloca la miel después
de siete horas de cocimiento.
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Los turistas
que se acercan a las ferias, algunas veces provenientes desde
Estados Unidos, recorren las moliendas, se quedan admirados
de ese lindo proceso manual y hasta degustan la espuma y algún
pedazo de panela.
A la par de esta valoración cultural, los propietarios
de los molinos han mejorado la calidad de su producto y los
sistemas de trabajo que ahora resultan más higiénicos
para los consumidores. Si antes ocupaban el agua de pozos
y hasta de quebradas, ahora sólo usan agua potable.
Aunque la producción no es en serie (unos 1,500 atados
por semana), Ulises Molina considera que este trabajo resulta
rentable, sobre todo en invierno o fuera de cosecha porque
el atado alcanza un precio de ocho colones.
Las exportaciones también están abiertas para
quienes desean hacerlo. En la actualidad, la panela salvadoreña
se comercializa en Canadá y Estados Unidos. Allí
es consumido sobre todo por los hermanos lejanos que añoran
el inigualable sabor de este dulce extraído de la evaporación
de los jugos de la caña.
A pesar de que este patrimonio cultural ha disminuido su fulgor,
su aceptación en el mercado y el ajetreo que durante
la temporada se vuelve a revivir en las moliendas demuestran
que es una tradición todavía vigente.
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Panela
en el mundo
La
panela es un producto alimenticio extraído de
la evaporación de los jugos de la caña
y de la consiguiente cristalización de la sacarosa
que contiene minerales y vitaminas.
Se utiliza en la industria alimenticia para la fabricación
de otros productos, como tortas, galletas y postres.
Sirve además como insumo de la industria farmacéutica.
Sus nombres varían de acuerdo al país.
Por ejemplo, en México, Perú y Chile es
conocida como chancaca; en Costa Rica como piloncillo;
en Cuba como rapadura; en Japón como black
sugar, y en otros países de Latinoamérica
como papadura.
Estadísticas de la Organización de las
Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO) reflejan que en 1999 unos 25 países eran
productores de panela. Dentro de estos, la India y Colombia
ocupan el primero y el segundo lugar.
El Salvador ocupa el puesto número 18 en la producción
de panela a nivel mundial con una participación
del 0.1%. Esto equivale a 13,000 toneladas. En cuanto
a la tasa de consumo per cápita, el país
ocupa el décimo lugar, mucho después de
Colombia, que tiene el primero.
Dentro de los principales importadores se cuentan Alemania,
Antillas Holandesas, Aruba, Austria, Bélgica
y Luxemburgo, Canadá, Checoslovaquia, Chile,
Ecuador, España y Estados Unidos.
(Fuente: Estudio de factibilidad a la diversificación
de productos derivados de la caña de azúcar
producidas en la
molienda artesanal, financiada por el programa San Vicente
Productivo).
Invitación a la feria
La Tercera feria de la panela se celebrará
28 y 29 de febrero. La inauguración será
el día 28 a las 3:00 p.m. en la molienda Divina
Providencia, un kilómetro al oriente del parque
Central de Apastepeque.
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Los
batidos se producen en menor cantidad en las moliendas.
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La
panela es demandada por salvadoreños que
viven en Canadá y en Estados Unidos.
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Santos
Ayala Urquilla conoce el trabajo de macetero desde
que tenía quince años.
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El
último macetero
Llama la atención ver a uno de los últimos maceteros
de Apastepeque que se atreven a enmielarse las manos y la
ropa al escarbar el dulce entre los pilones de azúcar.
Aunque hay algunos hombres jóvenes que podrían
desempeñar esta labor, nadie se atreve porque el trabajo
de macetero les resulta muy pesado.
La molienda de los Jaimes es el único lugar
donde aún se produce el azúcar de pilón.
Allí también se encuentra el único hombre
enamorado de este oficio.
Con 70 años sobre sus hombros, Santos Ayala Urquilla
sigue esperando con ansias la temporada de las moliendas.
En esos días deja sus quehaceres agrícolas y
a partir de las siete de la mañana se encamina hacia
los Jaimes.
Con la ayuda de un chuzo y de un machete, sus manos ágiles
pero también bordadas por el tiempo extraen la capa
de dulce que se forma en el centro de los bloques de azúcar.
Después de este proceso apelmaza el azúcar con
una piedra y con un mazo. Luego el pilón queda listo
para recibir la capa de barro blanco que permanecerá
ahí hasta que el azúcar adopte ese tono.
Santos aprendió el oficio de macetero de su padre cuando
era adolescente y recorría todos los trapiches junto
a él. Este ha sido mi trabajo de temporada,
comenta.
Luego dirige sus manos y su vista hacia los moldes, pues tiene
que terminar los 21 pilones que hace cada día y le
permiten ganar 75 colones diarios.
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