Edición del 21 al 28 de noviembre de 2004

Fausto Pérez es uno de esos pintores que no abandonan la realidad para asegurarse un lenguaje pictórico universal: él continúa inmerso en el costumbrismo sin olvidar esos temas y elementos recurrentes.

Enrique S. Castro

La abuela, su padre y los recuerdos de San Miguel Tepezontes y San Pedro Nonualco (La Paz), donde vivió su infancia, influyeron en su vocación de pintor y directamente en el primitivismo, corriente que se nutre de lo anecdótico y de la expresión narrativa, ingenuista e infantil de los pueblos.

Fausto Pérez surge en 1980 como uno de los pintores jóvenes más destacados de su época, creador de una pincelada costumbrista e influenciada por la escuela primitivista de Nicaragua.

Las transiciones pictóricas de Fausto Pérez han ido recurriendo de manera sencilla y espontánea: del naive al primitivismo y posteriormente a una etapa más depurada, con más espacio, luz y sombras donde ya el costumbrismo abarca otras técnicas (acuarela, óleo y acrílico) y temáticas como los bosques, los paisajes de bambúes y homenajes al cristianismo, evidenciando una entrega total a sus propios valores y sentimientos religiosos.

Y hablamos de espacios, luz y sombra porque el primitivismo tiene su propio y anárquico color, casi siempre plano, y “con una perspectiva muy particular, escalonada, de niveles superpuestos”, dando la impresión de que el espacio es muy angosto y la sensación de que los objetos se van a caer, en cualquier momento, del cuadro.

Antonio Velásquez, uno de los grandes primitivistas de Honduras, siempre se dedicó a describir el paisaje de su
país en nostálgicas, precisas, detalladas y repetitivas escenas donde siempre aparecen los mismos árboles, casas, cerros, nubes, tejados, “el mismo sabor ingenuo y pueblerino” con los elementos recurrentes del cura y el perro.

Es el mismo caso de los primitivos haitianos, aunque con un toque más profesional, pero sin dejar de ser ingenuo.

Fausto Pérez sabe que el primitivismo está libre de convencionalismos y ataduras.

Grandes pintores como Wilson Bigaud, René Vincent y Philome Obim, se dedicaron a producir un naive falso para el consumo de los turistas, pero sin suprimir el espíritu ingenuo, humorístico y primitivo tan característico en todos los pueblos latinoamericanos.

Pérez es parte esencial de ese círculo primitivista y a veces hasta con el toque de ingenuidad que caracterizó a Maya Salarrué y por supuesto al haitiano Toussaint Auguste, al hondureño Velásquez y al nicaragüense Álvaro Gaitán Barrios.

Fausto incluye en sus cuadros el circo humilde con su carpa remendada y todo el ambiente folclórico que rodea esta tradición tan popular en los pueblos centroamericanos.

Pero también las casitas encaladas con techos de teja y las calles empedradas que han dado perfil e identidad a todos y cada uno de los pueblitos que descansan en las planicies, custodiados por pequeñas lomas y en tantos casos por imponentes volcanes.

Él sabe que el primitivismo está libre de convencionalismos y ataduras académicas. Y por eso pinta con sus sueños y con la entera libertad que este tipo de arte permite.

Desde sus comienzos se mantuvo firme en sus propósitos de hacer una pintura valedera y trascendente, no sólo en el tiempo, sino para lograr esa identidad que debe caracterizar a los creadores cuando en forma consciente fijan sus huellas y labran su destino.

El toque mágico


Fausto es uno de esos pintores que no abandonan la realidad para asegurarse un lenguaje pictórico universal: él continúa inmerso en el costumbrismo sin olvidar esos temas y elementos recurrentes: piedra angular, nostalgias y punto de partida de su particular creación.

El “Torito pinto” es otra de sus obras de arte, que reflejan a cabalidad las tradiciones y fiestas de los pueblos de El Salvador.

Su obra profundiza en lo salvadoreño sin negar esa relación con los seres humanos y con todos los pueblos latinoamericanos.

Los paisajes salvadoreños con sus pequeñas lomas, las estribaciones montañosas, los pueblitos prendidos en la pretina del tiempo, las callecitas torcidas y mal empedradas, los “perros aguacateros”, las iglesias coloniales, los árboles de fuego, pito y madrecacao, toda la nostalgia y los sueños de un ayer que ya parece tan lejano en la retina de este artista, son motivos permanentes de su obra plástica.

El otro aspecto importante en su obra es la composición: de aquellos niveles superpuestos que tanto destacaron en su primigenia pintura, ahora en el pleno costumbrismo asistimos al equilibrio y al balance de todos los elementos, a la pureza y a la calidad del color.

El tradicional e ingenuo primitivismo deja paso al detalle más preciso y trabajado: se puede captar el poder de los claroscuros y las diferencias sustanciales de la luz, recurso tan importante que en la gran aventura del arte moderno caracterizó a los impresionistas.

Pérez no pinta al “aire libre” como los grandes del impresionismo; pero capta con los recursos de la cámara y la retina los motivos más pasionales de la naturaleza.

La realidad rural y urbana son recreados en su imaginación y luego plasmados en cuadros de una naturaleza romántica, donde “el sentimiento sustituye a la lógica y el individualismo al método”.

El color preponderante en su obra actual es el verde, sobre todo en sus montañas brumosas y en los paisajes tan cercanos al Romanticismo, pues utiliza por igual tonos sombríos y colores brillantes.

Y es que Fausto, como los grandes impresionistas, le concede vital importancia a las entradas de luz solar, así como al movimiento reflejado en las ramas de los árboles y en esos espacios tan apretados que caracterizan a la campiña salvadoreña.

Los paisajes salvadoreños con sus pequeñas lomas y las estribaciones montañosas son motivos de sus obras.

Fácil entonces advertir cuando sus cuadros reflejan atardeceres que “inflaman con resplandecientes colores” el cielo y la tierra.

Lo captado en sus constantes incursiones por el mundo rural nada más lo utiliza como punto de partida para su fértil imaginación, lo que conduce a su particular paisaje a momentos estelares del costumbrismo centroamericano.

En el dominio del color y en el apropiado manejo de la luz descansa mucho el crecimiento alcanzado por Pérez en los últimos 15 años.

Su obra debe verse a cierta distancia para presenciar todos los matices y los detalles.

Ya no es el primitivismo de antaño, ahora es una obra más precisa y trabajada, sobre todo por el color depurado y los espacios sensoriales plasmados ya en la vegetación o en esos folclóricos pueblos que tocan directamente la sensibilidad del pintor y de los espectadores.

En pleno control de espacio, luz y color, Fausto Pérez se ha constituido en uno de los pintores salvadoreños más consistentes en el paisajismo.

Hay rigor, entrega y disciplina en su trabajo; pero también mucha pasión, paz interior y soltura para manejar el pincel y conceder en cada muestra una dosis del romanticismo y también del impresionismo, corrientes irreverentes del academicismo y de los convencionalismos.

En colecciones privadas
El toque mágico en sus pinturas, la universalidad de los pueblos y las selvas brumosas y tropicales han permitido que su obra forme parte de colecciones privadas de personajes, como el periodista y conductor de programas televisivos de México, Raúl Velasco; Don Francisco, de Sábado Gigante, y el vicepresidente de Mitsubishi Motor de Japón.

 
 


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