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Edición
21 al 28 de noviembre de 2004

Disciplinados
como nadie, repartidores de besos y abrazos, soñadores
de su futuro y deportistas de corazón. Viven con discapacidades
intelectuales, pero sentirse ganadores en cada competencia,
con cada medalla alcanzada y con cada aplauso recibido les
ha cambiado la vida.
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Mucho oro. En cuatro
años Yury ha ganado treinta medallas.
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Elegancia en el escenario
Yury Chávez
sabe flotar en el escenario. Como un velero que se deja llevar
por el viento y se deja arrastrar por las olas, ella se mueve
de un lado a otro; de puntillas, con gracia, con estilo, con
propiedad.
Viste su traje de gala, sus leotardos y sus zapatillas color
beige. El listón contornea su cuerpo, se vuelve un
ocho y se enreda entre sus brazos para soltarse en un vuelo
elegante.
Quien la viera así de suelta y de talentosa en el escenario
no se imaginaría que Yury ha tenido que hacer un doble
esfuerzo para aprender todo lo que sabe en la vida, incluida
su experiencia en la gimnasia rítmica.
Un medicamento para adulto que le recetaron a los dos meses
de nacida le ocasionó problemas en su cerebro. Unas
neuronas comenzaron a trabajarle más lento que otras.
Esto le va a traer problemas en el aprendizaje,
le dijo el médico a la madre.
Esa prueba sirvió para que desde sus primeros días
en la escuela Yury, de 24 años, se exigiera el doble.
Estudiaba por la mañana y por la tarde se reforzaba
con una sicóloga.
En el deporte también se esforzaba dos veces. A los
ocho años el atletismo y la natación ya le regalaban
los primeros y segundos lugares. Pero seguía en busca
de la disciplina que la llenara por completo.
Dueña de sueños
Un día se encontró seducida por la gimnasia
rítmica y descubrió que era lo suyo. Cuando
voy a competir rezo para que no me sobre ni me falte música
y lo haga con elegancia, dice con la sonrisa de una
niña.
Es experta con la pelota, el aro, la ronda completa y en el
piso. El año pasado participó en los XI Juegos
Especiales en Irlanda, donde se agenció tres medallas
de oro y dos de plata. Sólo fue superada por una cubana
que ganó el campeonato mundial.
Con ella espera volver a competir en los Panamericanos, que
se realizarán el próximo año en El Salvador.
Para eso entrena duro, incluso con la Selección Nacional
de Gimnasia. Ellas me han aceptado como yo soy,
dice Iris luego de participar en una competencia.
Ese día el director del Programa de Olimpiadas Especiales,
Juan José Gómez, notó que Iris había
estado más suelta, más dueña del escenario.
Mirian Martínez, la entrenadora de la Selección
Nacional, dijo que Yury se
veía romántica en su presentación.
Miriam cree que los deportes actúan en el cerebro de
estas personas. A Yury le ha ayudado a ser más abierta
con la gente. Antes era tan tímida que no hablaba
si mi mamá no estaba presente, rememora.
Pero no todo es color de rosa para Yury, como el traje que
a veces viste en sus presentaciones. Trató de matricularse
en la universidad, para estudiar parvularia o educación
especial; sin embargo, le dijeron que no iba a pasar el examen
de admisión.
Ella quiere estudiar para enseñar a otros niños
con problemas de aprendizaje, y mientras tanto conseguir un
empleo como digitadora o recepcionista. Sé que
puedo lograrlo, dice.
En días recientes, durante la inauguración de
los XX Juegos Nacionales de Olimpiadas Especiales en El Salvador,
Yury habló de lo útiles que ellos pueden ser
a la sociedad. Somos iguales, sólo necesitamos
su apoyo, dijo.
Con
la lucha marcada en el rostro
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Su marca. Manolo levanta
125 kilogramos en peso muerto.
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Una mañana
antes de iniciar su entrenamiento, Manolo toma el periódico
y se fija en las páginas deportivas. Allí aparece
su fotografía; se ve simpático, con las pesas
a la altura de la cintura, y en su rostro, una vaga sonrisa
disimula el esfuerzo que hace su cuerpo.
-Contále qué pensas al mirarte en el diario
-le interrumpe su madre, María Isabel Arias.
-Qué guapo soy, y me siento orgulloso -dice él
y levanta la mirada sólo para responder la pregunta,
luego vuelve a quedarse ensimismado, con su vista fija sobre
el papel.
Manolo Cornejo, de 23 años, vive con síndrome
down y es uno de los más reconocidos del Programa de
Olimpiadas Especiales. En días recientes encendió
el pebetero durante la inauguración de los XX Juegos
Nacionales de Olimpiadas Especiales 2004.
Ese día volvió a sentirse emocionado. Bailó,
repartió besos entre sus compañeras y habló,
con ayuda de su madre, de los triunfos que le ha dado el levantamiento
de pesas.
El año pasado viajó a Irlanda para participar
en los XI Juegos Especiales. Regresó al país
con seis medallas de bronce, dos diplomas y con varias amistades
ganadas.
Dicen que fue de los más sobresalientes,
dice su madre, tan orgullosa como se siente Manolo al ver
sus fotos en los periódicos.
Deportista y empresario
A los ocho años Manolo practicaba salto; luego hizo
atletismo, natación y tenis de mesa, disciplinas con
las que ganó algunas medallas.
Un día observó a alguien que levantaba pesas
y ya no tuvo remedio. Él quería ser igual de
fuerte para levantar la barra con los discos. Entrenó
todas las semanas hasta convertirse en experto del peso muerto,
pecho y cuclilla.
Tiene veintiséis medallas y una ganancia que María
Isabel valora como ninguna otra. Se trata del logro espiritual,
de esa fortaleza que lo hace incursionar en los negocios.
Manolo ha instalado un taller de bolsas para tortillas, pan,
almohadas y cojines. A veces se levanta de madrugada para
cumplir con los pedidos, otras adelanta mientras va en el
bus camino a sus entrenamientos en el Instituto Nacional de
los Deportes (INDES).
Cuando yo tenga dinero voy a comprar mi carro blanco
y voy a ir solo al INDES, le comenta en ocasiones a
su madre. También quiere comprarse un medallero para
colgar el fruto de sus competencias, y mucha ropa, entre ellas
camisas manga larga.
Guarda diez diplomas que se ha ganado a lo largo de su carrera
como levantador de pesas. Quiere estudiar computación
y algún día también quiere casarse.
-¿Tienes novia?
-No puedo decir, es que es secreto
-Contále Manolo -le dice su madre.
-Tengo como cuarenta... No, sólo tengo dos, una para
casarme -aclara.
Al finalizar su entrenamiento y demostrar que levanta 125
kilogramos en peso muerto, Manolo guarda los periódicos
en su mochila, se pone unas gafas oscuras y, junto a su madre,
su eterna compañera, se marcha hacia el taller, su
segunda pasión. Porque la primera es el deporte.
Brazadas
de emoción
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En las competencias
José David tiene su barra. Algunos familiares
y conocidos suelen gritarle Duro, negro.
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Cada vez
que llega a la meta, José David, con síndrome
down, eleva los brazos en dirección del cielo. Se sale
de la piscina y vuelve a levantarlos como todo un triunfador.
No importa en qué lugar quede ni si la medalla es de
oro, de bronce o de plata. Él sólo entiende
que llegó a la meta, aunque no asimile qué lugar
le corresponde, refiere su madre, Magdalena de Rivera.
José David Rivera, de diecinueve años, entró
a las Olimpiadas Especiales cuando apenas tenía siete.
Primero estuvo en atletismo, pero se quejaba de que le dolían
los pies y el estómago.
Entonces su madre lo cambió a lanzamiento de bola,
donde de nuevo sentía que se lastimaba los brazos.
Después entrenó salto largo; sin embargo, el
polvo que se levantaba bajo sus zapatos cuando caía
al suelo hacía que se quejara con frecuencia.
Es que a él siempre le gusta andar limpio,
relata Magdalena. Comenzó a entrenar con fuerza la
natación a los ocho años; en la piscina se sentía
fresco, limpio y emocionado con cada brazada que daba mientras
la gente le gritaba: Duro, David.
En 1999, cuando tenía catorce años, fue seleccionado
para participar en los X Juegos Mundiales de Verano en Carolina
del Norte, Estados Unidos. Allí se encontraron 176
países, y José David consiguió dos medallas
de plata y una de bronce.
Era la primera vez que se separaba de su Magdalena. Yo
me sentía angustiada, pensaba que podía pasarle
algo en esas tierras lejanas, manifiesta ella. Mamá,
si aquí está chivo, hay mucha coca y hamburguesas,
la alentaba José David vía telefónica.
Duro, negro
El deporte ha hecho de José David una persona sociable;
aunque es callado, casi siempre demuestra su simpatía
por alguien con sonrisas y juegos. Su carácter es suave,
nunca se ha demostrado agresivo.
Forma parte de un grupo de Boy scouts. Le gusta
asistir a los campamentos y disfrutar en todos los eventos
de la Asociación Salvadoreña de Padres de Niños
Down, donde cursa el nivel A y ha obtenido el primer lugar
por aseo y aplicación.
Ha aprendido a escribir algunas palabras. Su nombre es el
que mejor le queda. Además tiene inclinación
por la pintura. Un día plasmó un cuadro producto
de su imaginación; se trataba de una cascada entre
árboles de café que caía sobre una superficie
cubierta de musgo.
Nadie le explicó nada, quizás él relacionó
la cascada con el agua de las piscinas donde ha pasado sumergido
varias horas de su vida y ha aprendido los cuatro estilos:
mariposa, libre, dorso y pecho.
Para mí es un orgullo verlo como se desenvuelve
en la natación, refiere su madre, mientras un
grupo de espectadores le grita a José David durante
una competencia: Duro, negro; dale duro, negro.
Sale del agua directo a recibir su medalla de plata.
-¿Cómo te sentís cuando nadas?
-Sí, bien.
-¿Qué es lo que más te alegra de todo
esto?
-He ido a Estados Unidos.
-¿Y ganaste medallas?
-Sí, tres.
-¿En qué te gustaría trabajar?
-Quiero ser PNC.
Magdalena quisiera apoyar a su hijo en todos sus sueños.
Yo he vivido para José David; todo lo que hago
es para él, dice. Aunque ella sabe que hay ciertas
barreras, pues la discriminación de la gente la ha
entristecido muchas veces. Pero él es mi orgullo,
añade.
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Sus
precursoras
El
Programa de Olimpiadas Especiales nace en Estados Unidos
en 1968.
Fue iniciado por Eunice Kennedy, quien tenía
una hermana con discapacidad intelectual y detectó
que el deporte le ayudaba a sentirse mejor.
Los primeros juegos se celebraron en Soldiers Field,
Chicago.
En El Salvador, el programa fue introducido por la doctora
Noemy de Tinetti, una fisioterapeuta que lo propuso
como una forma de mejorar la salud mental de esta población.
Se cree que el programa beneficia a un millón
y medio de atletas con discapacidades intelectuales
en más de 160 países en el mundo. La mayoría
se concentra en la India, China y Brasil.
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José
David no valora las competencias por el tipo de medallas.
Él se siente ganador tan sólo con tocar
la meta.
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Terapia
exitosa
La Organización
Mundial de la Salud revela que en el país hay unas
300 mil personas con discapacidad intelectual. ¿Pero
dónde están todos?, se pregunta Juan José
Gómez, director de Olimpiadas Especiales.
Lo que pasa es que muchos están escondidos, pues la
sociedad sigue sin entender que ellos no padecen una enfermedad.
Sencillamente tienen una condición que no les
impide ser felices, detalla Gómez.
Él ha identificado que la discapacidad de muchos jóvenes
atletas es menor que cuando ingresaron al programa. Han
cambiado sus actitudes; parece que no le tienen miedo al mundo,
dice.
El Programa de Olimpiadas Especiales atiende 2,198 atletas
y 100 participantes (que no se involucran en las competencias).
Ofrece diez disciplinas, entre ellas natación, baloncesto,
teni y gimnasia rítmica.
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