Edición del 20 al 26 de junio de 2004

Esta es la historia de tres hombres, que por necesidad obtienen
sus salarios al trabajar con cadáveres humanos; una labor si
bien necesaria y rentable, difícil para ellos.

Tania Urías
Fotos EDH: Arely Umanzor

Armando, Wilfredo y Orlando ni siquiera se conocen.

El primero tiene su casa en un complejo habitacional en Apopa; Wilfredo vive en una carpintería de Sonsonate y Orlando reside en San Miguel.

Armando habla sin reservas, es sencillo y amable; Wilfredo es, de los tres, el más extrovertido, y Orlando, a pesar de ser el más joven, es más bien reservado y parece en todo momento desconfiado.

Sin conocerse entre sí, los tres son los protagonistas de esta historia. Cada uno se gana la vida debido a la muerte. Cada uno desempeña una labor distinta en esos momentos en que la muerte llega a tocar la puerta de algún hogar.

“Tanto entierro hace duro de corazón”


Armando es sepulturero, tiene 36 años y es padre de Lucía, una niña de diez. Mide poco más del metro setenta, es delgado y aunque habla con ánimo, tiene un aire triste. Quizá los ocho años abriendo fosas en el cementerio de Santa Tecla no han corrido en vano.

Nunca ha llorado en un entierro ajeno, dice. Es más, algunas veces le parece exagerado el escándalo que arman algunos parientes. Sí se divierte, en cambio, cuando llegan mariachis a despedir al difunto.

Para Armando, los días en los que se asustaba por su trabajo quedaron atrás.

Lo que sí no le divierte es tener que abrir fosas comunes y recibir cadáveres de Medicina Legal. Estos le produjeron los primeros “shocks” cuando comenzó en el oficio.

La primera semana de trabajo, dice, le temblaron tanto las manos a la hora de colocar en la fosa la típica bolsa negra en cuyo interior había un cuerpo que tuvo que pedirle a un compañero que le ayudara.

Ese miedo le duró una semana, no había tiempo para más. A diario le tocaba recibir varios cuerpos, algunos hechos pedazos y otros en avanzado estado de descomposición y había que enterrarlos de prisa.

“Cuando traen los cuerpos están a punto de reventar, hay mal olor y están hinchados. Hay muertos de todos colores: verde, azul y amarillo. A veces bien se siente que la cabeza viene desprendida del cuerpo”, cuenta con naturalidad y asegura que ya se acostumbró.

“Imagínese si llorara cada vez que veo un cuerpo, ya me hubiera muerto. Tanto entierro hace duro de corazón”, resume.

En esos ocho años de sepulturero lo que le ha producido verdadero pesar fueron los días posteriores al primer terremoto del 2001. “Aquí pasamos día y noche, nos tuvimos que quedar a dormir aquí (en el cementerio), porque a cada ratito nos traían hasta cinco bolsas llenas de pedazos de gente.

Fue una de las épocas más pesadas y más duras”, explica y señala la fosa común donde yacen enterradas decenas de personas que fallecieron en la colonia Las Colinas de Santa Tecla.

Si bien de su salario, que es de 300 dólares al mes, recibe apenas 190 debido a los descuentos, asegura que le da para vivir y para ayudar a su madre y a su hija.

Está agradecido de contar con un ingreso mensual, pero reconoce que el trabajo que hace es peculiar y se conforma con un “alguien tiene que hacerlo” y sigue en su tarea.

“Ya muertos, todos somos iguales”


Hace calor en San Miguel, por eso las gotas de sudor corren instantáneas por el rostro moreno de este hombre bajo de estatura, regordete y un tanto tímido.

La muerte es la forma de vida de estos salvadoreños.

Al principio contesta con monosílabos mientras juega nervioso con las llaves del automóvil que minutos antes ha estacionado frente a la funeraria para la cual trabaja.

Sin embargo, al preguntarle por su oficio, su rostro se transforma y entusiasta explica en detalle todo lo que sabe, sin percatarse de que su relato provoca sorpresa.

“Con un bisturí se hace una incisión en la pierna del cadáver, se localiza la (arteria) femoral y se comienza a introducir la formalina, pero primero hay que sacarle los líquidos al cuerpo... vaciarlo...”, explica este hombre que ha pasado los últimos seis años de su vida embalsamando cuerpos.

Por sus manos han pasado más 500 cadáveres de hombres, mujeres y niños víctimas de muertes trágicas, con sus cuerpos desfigurados o mutilados que él ha preparado químicamente, vestido, peinado y hasta maquillado.

Su equipo incluye un inyector, una bomba de presión eléctrica, algodón, formalina, bisturís, químicos, jeringas y guantes desechables.

A sus 28 años Orlando Salaverría es uno de los embalsamadores más reconocidos en la ciudad de San Miguel. Se ha especializado en el extranjero e incluso cuenta con cuatro alumnos, que aprenden el oficio.

Sin embargo, no siempre fue tan normal para él. Todavía tiene presente la primera vez que tuvo en sus manos un cuerpo y debía prepararlo sin ayuda.

“La primera vez fue durísimo, era una señora del pueblo de San Jorge. La recogimos como a las nueve de la noche del Hospital de Usulután, no teníamos un equipo adecuado, se trabajaba artesanalmente y me tocó duro”, recuerda.

Ahora que ya lleva seis años en el oficio asegura que lo más complicado en la reconstrucción de rostros y otras partes del cuerpo.

“En algunos casos el rostro viene tan desfigurado que pido una foto para reconstruirlo lo más igual que se pueda”, dice.

Orlando dice estar orgulloso de su labor;
sabe que muy pocos se atreverían.

“Nunca me imaginé que llegaría hasta aquí y estaría haciendo esto”, añade orgulloso de la carrera profesional que ha elegido y es que hasta hace seis años se dedicaba a repartir pan francés en su vieja bicicleta y sus ingresos eran escasos.

Hoy, Orlando, quien estudió hasta sexto de primaria, es el embalsamador estrella de una de las funerarias más prósperas de San Miguel y además su agenda está apretada de trabajos particulares. Recibe un promedio de 175 a 200 dólares por embalsamar un cuerpo.

Casado hace dos años y padre de un bebé de un año, Orlando asegura que su esposa conoce su trabajo y está acostumbrada; sin embargo, todavía hay gente que lo trata con recelo.

“Cuando saben lo que hago me tratan de lejitos, como si los fuera a contagiar o algo así, pero poco a poco, si les explico van entendiendo que aunque toco muertos no les voy a pasar nada malo con tocarlos a ellos”, dice riéndose.

¿Y no tiene pesadillas?, le pregunto. “No tengo tiempo para eso. Cuando me acuesto estoy tan rendido y sólo quiero dormir”, responde rápido con una sonrisa.

Hacedor de ataúdes

A simple vista Wilfredo Ramirez parece un “rambo” moderno, con una colorida banda alrededor de la frente, cabello peinado en desorden y brazos gruesos, producto de largas horas de trabajo.

Wilfredo empezó de la nada, y ahora con
esfuerzo su taller sigue creciendo.

Tiene además la apariencia de un hombre feliz, que hace bromas y se ríe de sí mismo con naturalidad.

Hace cuatro años abrió su carpintería para elaborar ataúdes, decidido a probar suerte en un negocio que, asegura, “es tremendamente rentable”.

Y tuvo suerte. Comenzó solo, con pedazos de madera y durapanel comprados a crédito.

Ahora cuenta con cinco empleados y es proveedor de ataúdes en al menos cuatro funerarias de puntos tan distantes como Metapán o San Miguel.

Aunque no dio detalles, asegura que sus ingresos son suficientes, eso sí todo depende de la demanda que exista.”Suena feo, pero a veces no muere nadie, así que no vendemos mucho, y a veces sí, a cada ratito vienen por cajas y nos quedamos sin nada. Dependemos de eso, de la muerte, y con eso nadie sabe...”, explica riéndose.

Sin embargo, su principal tarea es ayudar a aquellos que no tienen para comprar el féretro del difunto. Su taller produce no menos de una docena de féretros por semana, mismos que se venden casi instantáneamente.

Su esposa también participa en la decoración. Es la encargada de colocar la tela, los encajes y las imágenes religiosas. Incluso sus dos hijos de 10 y tres años ayudan a cepillar o a pintar las cajas cuando quieren dinero extra para golosinas.

Funeraria Guatemala, una de las mejores
de San Miguel.

Si bien el diseño de la caja, así como el color y el tamaño obedece a un modelo preestablecido, también atienden las extrañas exigencias de algunos clientes, que van desde una caja color rosa hasta un ataúd exclusivo para gordos, que él llama “sin medida”.

“Son para los gordos que no caben en las cajas comunes. Mi hijo pequeño, por ejemplo, yo ya lo tengo medido que no cabe en una caja normal”, dice y suelta una carcajada.

Así es Wilfredo, un hombre que se ríe de su trabajo, que ha aprendido, como él mismo explica, a mirar la muerte como una forma de vivir. “Es lo que me da de comer”, dice y continúa cepillando una caja en su taller, cuya iluminación es escasa, no por falta de energía sino por costumbre.

Esa escasa luz da al taller un aspecto sombrío que contrasta con la energía y con el entusiasmo de este hombre sencillo que eligió la muerte como una forma de vida.

¿Sabía usted que?

• Para enterrar un cadáver en cualquier cementerio tienen que haber pasado 24 horas, de lo contrario la administración de cualquier cementerio se rehúsa a enterrarlo.

• Si la muerte es por una enfermedad infectocontagiosa puede ser enterrado hasta seis horas después del deceso, no sin antes contar con una certificación de la causa de muerte.

• Para que un cuerpo sea sepultado, los dolientes deben contar con un certificado de defunción expendido por un médico autorizado en el que se certifique la causa de la muerte y la hora en que sucedió. No importa si fue muerte natural o accidental.

• Cuando una persona fallece se deben cancelar los impuestos de enterramiento, cuyo monto variará según el departamento de residencia del fallecido y el tipo de cementerio elegido. Los costos van desde los seis a los 30 dólares.

De cajas y costos

• El tipo de servicio funerario con el que cuenta un difunto tiene que ver con los ingresos de los parientes.

• Las diferencias tienen que ver con el tipo de féretro, las cortinas que se colocarán en el velorio, el tamaño de las velas y por supuesto la clase de tumba, desde una simple fosa de tierra hasta un mausoleo con ángeles incluidos.

• Respecto a los ataúdes, los más económicos tienen un costo de entre 85 a 100 dólares; son de durapanel, forrados de papel y sin ninguna imagen o adorno.

• Los más costosos pueden ir desde los tres mil hasta los diez mil dólares o más, y son de madera de aceituno o de conacaste, forrados en la más fina tela de seda, con adornos metálicos de ángeles o cristos.

• Incluso en algunas funerarias como la “Guatemala”, en San Miguel, una de las más prósperas de esa ciudad, hay ataúdes con un estilo personal, tipo copa, que son decorados al gusto del cliente.

• En otros lugares, como en Sonsonate, hay féretros forrados en tela o de papel tapiz, con colores rosa o azul, adornados con imágenes de la Virgen u otras figuras.

Los féretros más exclusivos y costosos
pueden incluir telas de seda, vistosos
adornos de metal y gruesas y pesadas
compuertas.

Ataúd más económico sin adornos
y de durapanel y papel.



La condición económica se refleja
hasta en las lápidas.

En los cementerios hay curiosas tumbas y lápidas.




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