Edición 19 al 26 de diciembre de 2004

Benarés, una ciudad que se deja vivir con los cinco sentidos, difícilmente puede llegar a dejar indiferente a quien la visita. Es la ciudad más santa de la India.

María Luz Climent Mascarell
DPA

Las aguas mansas del venerado río Ganges constituyen un paraíso para los hindúes. Foto DPA/María Luz Climent Mascarell


En pleno siglo XXI existe en India un lugar donde el tiempo se detuvo hace cientos de años. El venerado río Ganges, fuente de vida y motivo de existencia de Benarés, transcurre por esta ciudad, meca de moribundos y desahuciados.

Sus aguas mansas constituyen un paraíso para los hindúes, pues es un privilegio buscar allí el descanso tras la muerte.

En la ciudad más santa de la India, la vida y la muerte no dejan de darse la mano.

Los turistas occidentales que allí acuden atraídos por el folclore acaban atrapados por el misticismo que se respira en esta ciudad y la filosofía de vida imperante, cuya máxima es desprenderse de todo para alcanzar ese estado de felicidad absoluta que debe ser el Nirvana.

Si uno llega sobre el mediodía, la ciudad bulle de gente y vida. Andar por las calles se convierte en una tarea laboriosa. La avenida ancha, que cruza gran parte de la ciudad y conduce hasta los gahts más céntricos, está atestada de gente.

A ello se suma que a ambos lados de la avenida que desemboca en el gaht (escalinata que baja hasta el río) de Dasashwamedh, se suceden los vendedores de saris, de ropa y demás tenderos.

Los conductores de rickshaw no sólo tienen que esquivar a las personas que se cruzan por el camino, sino también prestar atención a las veneradas vacas que vagabundean por la ciudad y a las que se trata con sumo respeto.

El rickshaw, bicicleta de tres ruedas que se ha convertido en uno de los principales medios del transporte en las ciudades del país y de los que indios escuálidos pueden llegar a tirar cargados hasta lo inimaginable, se detiene a la entrada de la parte vieja de la ciudad.

Y es aquí donde arranca un laberinto de callejuelas que conforman lo que se denomina la zona antigua de Benarés, que los neófitos sólo pueden atravesar con la ayuda de un guía para no perderse.

Cenizas al Ganges

Por las bulliciosas y a menudo congestionadas callejuelas no resulta difícil encontrar guías espontáneos o comerciantes avispados, algunos de ellos verdaderos maestros en el arte de seducir y convencer al cliente, instructores de yoga que intentan captar clientes, barberos, así como budistas fervorosos, ascetas, pícaros, algún timador experto, cambistas, planchadores que todavía utilizan las antiguas planchas de hierro con brasas, mendigos mutilados por la lepra, indigentes o niños, cuyo aspecto deja patente la pobreza en la que viven.

Resulta insólito cuando en medio de todo ese gentío aparece un cortejo fúnebre con los familiares que lloran al muerto, quien es portado en una camilla de juncos a uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, el gaht de Manikarnika, donde se incineran los cadáveres día y noche.

Tras la muerte, los hindúes envuelven los cuerpos en una tela blanca (si es hombre) o roja (si es mujer). Se colocan en una pira funeraria y el hijo primogénito del difunto es el encargado de prender el fuego que arderá durante varias horas. Luego se lanzan las cenizas al río para que el espíritu del fallecido encuentre una buena reencarnación.

La gran mayoría vive en una sombría miseria en la parte antigua de la ciudad india de Bonarés. FFoto DPA/María Luz Climent Mascarell

Junto al fuego que nunca se apaga y cuyas llamas encienden todas las piras funerarias, en el gaht de Manikarnika se levanta uno de los edificios que más pueden llegar a impresionar en la India.

Se trata de una edificación desvencijada sin ventanas ni puertas a donde se dirigen las ancianas moribundas a pasar sus últimos
días antes de morir.

Experiencia al amanecer


Pero una de las experiencias más fascinantes en la India es recorrer el Ganges con barca al amanecer.

Benarés, una de las ciudades habitadas más antiguas del planeta, que en 1765 pasó a formar parte del imperio británico, se desarrolla a lo largo de una sola ribera del río.

Ajenos a los turistas, decenas de personas se apiñan en los gahts para realizar allí sus abluciones, rezar sus oraciones y, si es la primera vez que se visita, beber un sorbo de sus aguas.

Benarés, una de las ciudades más santas de la India, no deja indiferente con todo ese abanico de costumbres que sus gentes perpetúan desde hace siglos.

Aunque sus orígenes son desconocidos, hay evidencias de poblaciones no arias que se asentaron en la zona unos 1,500 años antes de la era cristiana.

La ciudad de las deidades hindúes Shiva y Ganga ha sufrido a lo largo de su historia invasiones musulmanas y mogoles, pero el carácter hindú de la ciudad permaneció inalterable.

En la actualidad tiene más de 700,000 habitantes y aparte del espectáculo que constituyen los gahts, también tiene otros atractivos como el Templo de Oro (Vishwanath Mandir), que alberga una de las imágenes más antiguas de Shiva.

La entrada a los no hindúes está prohibida, pero queda el consuelo de que desde fuera se pueden contemplar las cúpulas revestidas de más de 700 kilos de oro, obsequio de un maharajá de Punjab hace más de 200 años.




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