Edición del 19 al 26 de septiemsbre de 2004

Científicos afirman que en cinco años más podrían surgir métodos para manipular ciclones como Iván y evitar su desastroso impacto.

Diego Cevallos
MÉXICO

El huracán Greta a su paso por la costa norte de Honduras. Photo NOAA

Hasta el momento han fracasado todas las armas que los científicos diseñaron para debilitar a los ciclones, cuyo poderío llega a igualar a la explosión de una bomba nuclear de 10 megatones cada 20 minutos, pero las investigaciones prosiguen, y en cinco años pueden surgir novedades importantes.

Las armas contra esos fenómenos, que por estas fechas golpean con dureza a la franja tropical de América, incluyen el uso de un líquido para evitar la evaporación del agua marina que los alimenta, la liberación de hollín en su entorno y el uso de yoduro de plata, que es el único procedimiento probado en un escenario real.

“Hay escepticismo sobre la posibilidad de controlar efectivamente a los ciclones, pero en cinco años más podríamos saber si se trata de un escepticismo fundado”, dijo a Tierramérica el especialista en huracanes Ricardo Prieto, del estatal Instituto Mexicano de Tecnología del Agua.

En el ámbito teórico y en experimentos de laboratorio se trabaja en “microfísica de nubes”, un campo del que puede surgir antes de 2010 alguna clave importante sobre la manipulación de ciclones, explicó.

Mientras esas investigaciones continúan, hay otras del gobierno estadounidense que incluyen observaciones y mediciones in situ de ciclones con aviones militares y satélites, para definir el comportamiento de esos fenómenos.
Gracias al avance científico, en los últimos 30 años hubo un gran salto en la investigación sobre tormentas tropicales y ciclones, que incluye la posibilidad de alertas precisas sobre su formación. Sin embargo, hasta ahora no hay cómo manipularlos.

Las tormentas tropicales y su pariente mayor, el ciclón, que en América es llamado huracán y en otros continentes baguio, tifón o Willy-Willy, se forman cuando aumenta la temperatura de los océanos ubicados en latitudes cercanas a los trópicos, como sucede en la región americana de mayo a noviembre.

En el ciclón convergen vientos y nubes de diferentes temperaturas que giran a gran velocidad debido a la propia rotación de la Tierra. Sus movimientos, con patrones casi siempre cambiantes, provocan rachas de viento y tormentas con gran capacidad destructiva.

En los años 60, la estadounidense Administración Nacional del Océano y la Atmósfera trató de debilitar los ciclones “inyectándoles” desde el cielo yoduro de plata, lo que teóricamente debía provocar que se condensara la humedad dentro de ellos y se acelerara su ciclo de vida y declive, que puede durar en condiciones normales hasta dos semanas.

Ese plan, llamado Proyecto Stormfury, se aplicó al huracán Beulah en 1963 y al Debbie en 1969, pero los resultados no fueron satisfactorios.

Otro procedimiento de neutralización, desarrollado sólo en el ámbito experimental, apuntó a crear un líquido que evitara la evaporación de agua de los océanos donde se forman los ciclones, pero también fracasó.
“Mientras no exista algún arma contra los ciclones, lo único que se puede hacer es seguir coexistiendo con ellos, en una época en que parece aumentar su frecuencia, pues sólo en el Caribe su número está por encima de los promedios”, señaló a Tierramérica Ricardo Sánchez, director para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Algunos científicos piensan que eso se debe al recalentamiento del planeta, fenómeno que a su vez es atribuido en gran medida a la quema de combustibles fósiles. Pero no hay consenso en la materia.

Según Sánchez, por ahora lo que deben hacer los países de América Central y el Caribe, que son los más afectados por los ciclones, es trabajar para revertir su nivel de vulnerabilidad, que se mantiene alto debido a la degradación de suelos, la deforestación, la urbanización acelerada y la pobreza.

Con un ambiente deteriorado y millones de residentes en zonas inadecuadas, los fenómenos naturales multiplican su capacidad de destrucción, tal como sucedió, por ejemplo, en 1988 con el huracán Mitch, que causó casi 10 mil muertes y daños materiales por más de seis mil millones de dólares.

De 1970 a 2001, los desastres naturales provocaron en América Latina y el Caribe 246 mil 569 muertes, además de perjudicar de distintos modos a otros 144 millones de personas y causar daños económicos por valor de unos 68 mil 600 millones de dólares.

Cuba logró evacuar en los últimos días a casi dos millones de personas para protegerlas del huracán Iván, uno de los seis más poderosos desde 1974. México, Jamaica y otros países hicieron esfuerzos similares, pero la capacidad destructiva del fenómeno fue tal que a su paso dejó más de 60 muertos.

Sánchez sostuvo que la comunidad internacional debería formar un “fondo mundial de estabilización” para ayudar a los países que sufren por desastres naturales como ciclones, terremotos, sequías e inundaciones.
Sin embargo, anotó el funcionario, “la propia región también tiene que invertir más en prevención y en restitución de su deteriorado ambiente”. 

El autor es corresponsal de Inter Press Service (IPS). 



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