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Edición
del 19 al 26 de septiembre de 2004

Desde
tiempos inmemoriales, el hombre, por diversas razones, siempre
ha mirado al cielo.
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| El
cielo nocturno libre de contaminación puede ser
observado en el Planetario que instaló el museo
Tin Marín. |
La vida urbana actual, con su contaminación lumínica
y ambiental (polución) nos ha ido ocultando las estrellas
y, por lo tanto, nuestro ritmo de vida, regido por relojes
de precisión, necesita cada vez menos referencia directa
del Sol, los planetas y las estrellas.
Sin embargo, cuando nos vamos al campo, lejos de las ciudades,
volvemos a sentir la fascinación por ese cielo inmensamente
estrellado.
El Museo Tin Marín abrió el primer planetario
en nuestro país, proyecto que vendrá a paliar
en algo esta situación y nos dará a conocer,
aunque a pequeña escala, el maravilloso espectáculo
que nos ofrece un cielo nocturno libre de contaminación.
En su cúpula, el aparato proyector nos muestra una
gran cantidad de estrellas, como si estuviéramos en
una límpida noche en el campo. Los espectadores podrán
viajar a cualquier parte de la Tierra y admirar el cielo desde
distintas latitudes y observar en lapsos de minutos lo que
se tardaría horas, meses e incluso años para
producirse en la vida real.
Este proyector nos permite seguir las trayectorias de los
planetas y poder apreciar fenómenos que ocurren muy
de vez en cuando, como son los eclipses de Sol y de Luna y
la aparición de cometas.
Estos programas tienen un enfoque didáctico y al mismo
tiempo de entretenimiento, pudiendo diferenciar el nivel según
el público asistente. El espectador aprende a reconocer
las estrellas y las constelaciones, a orientarse por medio
del cielo, a conocer los personajes mitológicos que
dieron origen a las formaciones estelares, los descubrimientos
a través de las maravillas tecnológicas, como
son los grandes telescopios o las sondas espaciales, cómo
es nuestra galaxia, cuál es nuestro origen y cuál
es nuestro destino como humanidad.
También quiero aprovechar para hacer énfasis
en una terrible realidad: la contaminación lumínica,
que es toda luz que no es aprovechada para iluminar el suelo
o las construcciones, aunque pretenda hacerlo. Las potentes
luces usadas para iluminar la ciudad envían la gran
mayoría de su luz hacia donde no es aprovechable, incurriendo
en gastos de energía grandísimos que se pudieran
evitar y que son pagados por los contribuyentes.
El exceso de luz no molesta como el del ruido, pero es evidente
que resulta no sólo en un derroche energético,
sino también supone un atraso cultural, se oculta el
firmamento a la población y produce un perjuicio medioambiental,
pues desplaza la fauna nocturna o se prescinde de ella.
Luchar contra la contaminación lumínica se hace
cada vez más urgente. Se necesita la voluntad de los
funcionarios para romper con los errores en la elección
o el diseño de la red luminosa de las ciudades, carreteras
e incluso de las viviendas particulares o urbanizaciones.
La luz no aprovechada se define como el brillo o el resplandor
de luz en el cielo nocturno, producto de la reflexión
y de la difusión de la luz artificial en el aire. Puede
suceder que el haz luminoso no se dirija hacia abajo o que
la radiación luminosa sea de una longitud de onda que
no es la percibida por el ojo humano y la gran mayoría
de esa luz se va hacia el cielo, contaminando la atmósfera.
También la contaminación lumínica en
la red vial implica cierta inseguridad, ya que las luminarias
mal proyectadas en las calles o carreteras provocan deslumbramiento
en los conductores.
Otro de los sectores afectados por esta contaminación
lumínica es la ciencia de la astronomía. Aunque
los cada vez más sofisticados telescopios equipados
con los más sensibles detectores posibilitan observar
objetos que están millones de veces más alejados
que las estrellas que observamos a simple vista, los cielos
contaminados reducen las posibilidades de observación
astronómica, necesitada de cielos limpios y oscuros,
difíciles de encontrar en la actualidad.
Hasta ahora, en nuestro país no se han tomado ni las
más mínimas medidas para reducir esta contaminación
ni tampoco se han hecho estudios para iluminar en la forma
más eficiente, o sea allí donde realmente es
necesaria y a la vez mucho más económica.
El gasto energético de una instalación de alumbrado
público mal diseñada se duplica con el tiempo,
por lo tanto la inversión realizada en una iluminación
eficiente redundará en un importante ahorro económico
y energético.
Las alcaldías podrían ahorrarse cantidades considerables
en los gastos que incurren en la iluminación de sus
comunidades.
Al nivel de país imaginémonos la gran cantidad
de petróleo que se podría ahorrar, más
que todo en estos días en que el crudo se encuentra
en sus máximos históricos de precios.
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