Edición del 19 al 26 de septiembre de 2004

Desde tiempos inmemoriales, el hombre, por diversas razones, siempre ha mirado al cielo.

Ricardo Lewy Soler
Presidente de la Asociación Salvadoreña de Astronomía
El cielo nocturno libre de contaminación puede ser observado en el Planetario que instaló el museo Tin Marín.


La vida urbana actual, con su contaminación lumínica y ambiental (polución) nos ha ido ocultando las estrellas y, por lo tanto, nuestro ritmo de vida, regido por relojes de precisión, necesita cada vez menos referencia directa del Sol, los planetas y las estrellas.
Sin embargo, cuando nos vamos al campo, lejos de las ciudades, volvemos a sentir la fascinación por ese cielo inmensamente estrellado.

El Museo Tin Marín abrió el primer planetario en nuestro país, proyecto que vendrá a paliar en algo esta situación y nos dará a conocer, aunque a pequeña escala, el maravilloso espectáculo que nos ofrece un cielo nocturno libre de contaminación.

En su cúpula, el aparato proyector nos muestra una gran cantidad de estrellas, como si estuviéramos en una límpida noche en el campo. Los espectadores podrán viajar a cualquier parte de la Tierra y admirar el cielo desde distintas latitudes y observar en lapsos de minutos lo que se tardaría horas, meses e incluso años para producirse en la vida real.

Este proyector nos permite seguir las trayectorias de los planetas y poder apreciar fenómenos que ocurren muy de vez en cuando, como son los eclipses de Sol y de Luna y la aparición de cometas.

Estos programas tienen un enfoque didáctico y al mismo tiempo de entretenimiento, pudiendo diferenciar el nivel según el público asistente. El espectador aprende a reconocer las estrellas y las constelaciones, a orientarse por medio del cielo, a conocer los personajes mitológicos que dieron origen a las formaciones estelares, los descubrimientos a través de las maravillas tecnológicas, como son los grandes telescopios o las sondas espaciales, cómo es nuestra galaxia, cuál es nuestro origen y cuál es nuestro destino como humanidad.

También quiero aprovechar para hacer énfasis en una terrible realidad: la contaminación lumínica, que es toda luz que no es aprovechada para iluminar el suelo o las construcciones, aunque pretenda hacerlo. Las potentes luces usadas para iluminar la ciudad envían la gran mayoría de su luz hacia donde no es aprovechable, incurriendo en gastos de energía grandísimos que se pudieran evitar y que son pagados por los contribuyentes.

El exceso de luz no molesta como el del ruido, pero es evidente que resulta no sólo en un derroche energético, sino también supone un atraso cultural, se oculta el firmamento a la población y produce un perjuicio medioambiental, pues desplaza la fauna nocturna o se prescinde de ella.

Luchar contra la contaminación lumínica se hace cada vez más urgente. Se necesita la voluntad de los funcionarios para romper con los errores en la elección o el diseño de la red luminosa de las ciudades, carreteras e incluso de las viviendas particulares o urbanizaciones.

La luz no aprovechada se define como el brillo o el resplandor de luz en el cielo nocturno, producto de la reflexión y de la difusión de la luz artificial en el aire. Puede suceder que el haz luminoso no se dirija hacia abajo o que la radiación luminosa sea de una longitud de onda que no es la percibida por el ojo humano y la gran mayoría de esa luz se va hacia el cielo, contaminando la atmósfera.

También la contaminación lumínica en la red vial implica cierta inseguridad, ya que las luminarias mal proyectadas en las calles o carreteras provocan deslumbramiento en los conductores.

Otro de los sectores afectados por esta contaminación lumínica es la ciencia de la astronomía. Aunque los cada vez más sofisticados telescopios equipados con los más sensibles detectores posibilitan observar objetos que están millones de veces más alejados que las estrellas que observamos a simple vista, los cielos contaminados reducen las posibilidades de observación astronómica, necesitada de cielos limpios y oscuros, difíciles de encontrar en la actualidad.

Hasta ahora, en nuestro país no se han tomado ni las más mínimas medidas para reducir esta contaminación ni tampoco se han hecho estudios para iluminar en la forma más eficiente, o sea allí donde realmente es necesaria y a la vez mucho más económica.

El gasto energético de una instalación de alumbrado público mal diseñada se duplica con el tiempo, por lo tanto la inversión realizada en una iluminación eficiente redundará en un importante ahorro económico y energético.
Las alcaldías podrían ahorrarse cantidades considerables en los gastos que incurren en la iluminación de sus comunidades.
Al nivel de país imaginémonos la gran cantidad de petróleo que se podría ahorrar, más que todo en estos días en que el crudo se encuentra en sus máximos históricos de precios.



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