Edición del 18 al 25 de julio de 2004

Atienden partos en los pueblos y en las áreas rurales.
Tienen entre 10 y 57 años de ejercer una labor que no respeta horarios
ni condiciones geográficas. A cambio sólo reciben el reconocimiento
de la comunidad.

Morena Rivera
Fotos: Eleonora Salaverría
y César Avilés


Las embarazadas siguen buscando a doña Rosa para que les indique si la posición del producto es la adecuada.

Hasta hace seis meses, doña Rosa Elvira Salazar sobresalía por la forma en que atendía sus partos. Era una forma como más especializada si se comparaba con sus demás compañeras del municipio de Izalco, en Sonsonate.

Asistía a las embarazadas en su casa. Allí contaba con un “cuarto ginecológico”. Había adaptado las patas de la cama de tal forma que se pareciera a la camilla de un hospital y tenía ropa de cama limpia para cada paciente.

Luego del parto, las mujeres y el recién nacido se quedaban ingresadas un día y ella les lavaba la ropa y les preparaba la comida. De 15 a 20 dólares cobraba por ese servicio, una cantidad que para sus demás compañeras era sólo una utopía.

La clientela se había extendido más allá del cantón Las Higueras. Cada mes las embarazadas llegaban a su casa para el control de rutina, entonces ella les untaba aceite en el estómago y las sobaba con delicadeza para detectar si el feto se hallaba en su posición normal.

Cuando las prohibiciones del Ministerio de Salud se hicieron más marcadas, doña Rosa avisó a toda la comunidad que dejaba de atender primigestas, multíparas y con antecedentes de cesáreas. Pero las emergencias con estos casos no dejaron de aparecer en el patio de su casa.

Varios diplomas evidencian las capacitaciones recibidas.

“Por no dejarlas morir, tenía que atenderlas aunque después me costara regañadas en la unidad de salud”, refiere. Hasta ese momento su récord estaba intachable, sin una mancha que pusiera en tela de juicio su desempeño como partera.

Hasta que una mañana, hace seis meses, una mujer que iba por su sexto parto, gorda y con el abdomen flácido que se le dividía en dos partes, se apareció para solicitarle su ayuda. Doña Rosa fue clara y le dijo que lo mejor era llevarla al hospital.

La mujer se negó rotundamente. “Cuando vi que se retorcía y ya estaba sofocadita la entré al cuarto ginecológico y no me quité de su lado”, recuerda. En cada contracción, doña Rosita subía el estómago flácido de la mujer para que el bebé no tuviera el pesor encima.

“Empiece a trabajar, ya que el niño está coronando (saliendo la cabeza)”, le dijo a la mujer. Pero cuando esto sucedió, la paciente dejó de hacer fuerza. Doña Rosita introdujo los dedos en la vagina de la mujer para que le entrara aire al niño mientras la madre respiraba.

“Apúrese, mire que va a ahogar al niño”, le repetía y la mujer le contestaba: “Ya no puedo, ya no puedo”. Estaba cansada de sostener la carita del niño cuando sintió lo que más temía. “El bebé boquió y se estiró; ahí murió”, rememora.

Entonces doña Rosita se puso un guante, empuñó la mano, la introdujo y sacó el cuerpo. Era una niña. De inmediato comenzó a hacerle diligencias; le daba sobaditas en la rodilla, en la columna, le soplaba la boca, la nariz, pero ya no volvió.

Durante seis meses sus uniformes han estado guardados.

Le esperaban las explicaciones y los regaños en la unidad de salud de Izalco. “Niña Rosita, ¿qué le pasó? Si esa niña tenía que vivir, usted la mató. Voy a hablar con los del ministerio para que la demanden”, fue la reacción de la directora.

“Hasta allí llegó mi carrera. Sentía que me ahogaba del llanto porque nunca antes me había regañado de esa forma la doctora”.

Ese día decidió no asistir un parto más. No ha vuelto a las reuniones mensuales, a pesar de que sus compañeras se lo han pedido innumerables veces.

La gente sigue buscándola. “Niña Rosita, me va a dejar morir”, le reprochan las embarazadas cuando ella las envía al hospital. Su cuarto ginecológico, sus vestidos, su maletín y los materiales que usaba siguen allí, pero ella se ha hecho una promesa: “Un parto más no lo atiendo”.


En sus comunidades son reconocidas como “la abuelita”. Las generaciones que han nacido en sus manos. La madre, la hija y hasta la nieta les rinden respeto y aprecio.

“Son una figura relevante en los cantones y en los pueblos”, dice el doctor Mauricio Miranda, director de la unidad de salud en San Simón, Morazán.

Tienen entre 10 y 57 años de atender partos. Muchas de ellas son transmisoras de una labor heredada por sus madres y que mantienen vigente aun después de traspasar el límite de la tercera edad.

Nunca las alcanza la jubilación. La piel se les cubre de pliegues, el cabello se les tiñe de blanco, su andar se vuelve lento y las enfermedades de la vista comienzan a doblegarlas, pero ellas siguen fieles a su vocación. “Voy a seguir hasta que ya no pueda caminar”, resume doña Paulita.

Conocen de memoria el ritual de un parto; tantos años de hacerlo las ha convertido en expertas. La mayoría ni siquiera ha necesitado leer el manual de la partera, les ha bastado escudriñar y contemplar los dibujitos una y otra vez.

De todos modos casi nadie sabe leer ni escribir; ser analfabetas está dentro de sus perfiles. Quienes figuran sólo como parteras registradas ni siquiera vivenciaron las prácticas de la capacitación impartida por el Ministerio de Salud. Ellas se han hecho a pura práctica.

Sin embargo, saben detectar cuándo el niño está cruzado y algunas se atreven, incluso, a sobar para hacerlo llegar a su posición normal, aun cuando el Ministerio de Salud se los prohíbe.

Dan argumentos empíricos al momento de reconocer el sexo del bebé. “El varón se cría a la derecha y la hembra a la izquierda”, comenta Angelina Trujillo, de 79 años, quien empezó a los 30 y en sus primeros partos cortaba el ombligo con un cuchillo o una hoja de afeitar.

En algunos cantones de San Simón, las parteras siguen cortando el ombligo con un cuchillo. Algunas veces, la escasez de materiales a la que se enfrentan las obliga a eso, pues por su trabajo sólo reciben entre 30 y 50 colones cuando la situación económica de la paciente es buena.

Cuando no, se conforman con un presente. “A veces me pagan con un poquito de maíz, frijol o una gallina y hay quienes me amarran tortillas para que lleve”, relata Hipólita Hernández.

En términos generales, estas ginecólogas de la zona rural viven entrelazadas con la pobreza. A pesar de realizar un oficio muy reconocido y valorado en sus comunidades no han logrado superar las carencias.

La historia se repite en sus hogares. Viven en casas de adobe, de bahareque y de varas con grandes portillos donde traspasan los rayos del sol. Sus camas son de pita y de madera; tienen pocas sillas para sentarse y un par de cántaros en el suelo de tierra evidencian que deben acarrear el agua para el consumo.

Aunque en los últimos tiempos las salidas a atender los partos han mermado, una o dos veces al mes, ellas siguen ahí, esperando que alguien llegue a llamarlas sin importar la hora ni las condiciones climáticas.

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“Como partera no debo”

Las parteras autorizadas y registradas por el Ministerio de Salud deben someterse a las siguientes prohibiciones:

• Provocar o asistir abortos.

• Realizar maniobras durante el embarazo, parto o puerperio, como extracción manual del niño, tactos vaginales o episotomías, cambios de posición del bebé dentro de la matriz.

• Atender partos en mujeres que no hayan asistido a control prenatal o que presenten factores de riesgo, como primigestas, multíparas (arriba de cuatro partos), antecedentes de cesáreas o parturientas con padecimientos como trastornos físicos y mentales, antecedentes de abortos, desnutrición, epilepsias y tensión arterial.


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