Edición del 18 al 25 de julio de 2004

Atienden partos en los pueblos y en las áreas rurales.
Tienen entre 10 y 57 años de ejercer una labor que no respeta
horarios ni condiciones geográficas.
A cambio sólo reciben el reconocimiento de la comunidad.

Morena Rivera
Fotos: Eleonora Salaverría
y César Avilés


Los materiales que ocupa doña Paulita están viejos ya.
El maletín, el manual de la partera y hasta el rótulo que
la identifica como capacitada.

Los ojos de doña Paulita Hernández están cansados; lucen hundidos, marchitos en su contorno y oscurecidos por las nubes.

Se ha olvidado ya del día que presenciaron el primer parto, del momento que eligió ese trabajo empírico, muy importante en su comunidad, pero con más esfuerzos que recompensas.

A sus 86 años las mujeres siguen llamándola para “pepenar niños”, no sólo por su experiencia acumulada; los 30 colones que cobra cuando la gente tiene para pagarle o el servicio gratis que ofrece cuando no hay fondos la convierten en una de las parteras más buscadas de Cuisnahuat, Sonsonate.

En esos días, no importa que sea de noche o de madrugada, que haga viento o llueva, doña Paulita se baña para ir limpia, se viste con su uniforme y su gabacha celeste, se pone el gorro del mismo color, introduce sus pies en los zapatos de lona y coloca el maletín negro en uno de sus brazos.

Así se le ve salir de su casa para perderse entre los cantones del municipio, ya sea Agua Chuca, El Palmar, Poza Honda, Apancoya y otros más. “Es que las criaturas tienen horas para nacer”, repite una y otra vez, mientras encamina sus pasos hacia donse se halla la parturienta.

Entre el control empírico de la embarazada, la atención del parto y las visitas posteriores para curar el ombligo del recién nacido y la evolución de la madre, la labor de las parteras sigue siendo tan importante para las mujeres de la zona rural, aún más para quienes viven en sitios donde llegar al hospital representa un sacrificio.

“Sigue siendo una costumbre marcada tener los hijos en la casa, a pesar de que estamos promoviendo el parto institucional”, refiere la doctora María Esperanza de Aparicio, técnica médica de la gerencia de la mujer del Ministerio de Salud.

Sobre las manos de las parteras capacitadas recae el 12.5% de los partos atendidos en El Salvador. En las áreas rurales y en algunos pueblos del país, ellas son vistas como verdaderas doctoras y se han ganado la credibilidad con el paso de los años.

Más allá del parto

Su trabajo va más allá del momento del alumbramiento. Llevan un registro mensual de las atenciones brindadas a las embarazadas que tienen a su cargo, informan al promotor de cada detalle y las refieren a su chequeo médico en las unidades de salud.

La situación económica de doña Paulita nunca
ha mejorado con su trabajo como partera.

Asisten el parto o buscan los medios para trasladar al hospital a la embarazada en caso de complicaciones, lavan la ropa y preparan la comida a la parturienta, bañan al niño, le curan el ombligo y dejan de visitarlos hasta que cumplen los 15 días.

“Ninguna enfermera ni ningún médico lo hace en el país”, detalla la doctora de Aparicio. Por ese esfuerzo, las 2,347 parteras registradas a nivel nacional no reciben salario de parte del Ministerio de Salud. El pago que piden difiere de una a otra y en algunos casos depende de la voluntad de la paciente.

Doña Paulita es reconocida como la partera de Cuisnahuat que no cobra por la atención, y sólo cuando cree que la parturienta puede pagar le pide 30 colones.

“Hay veces que no nos ofrecen ni una taza de café”, cuenta. A pesar de eso piensa seguir con su labor hasta el último día de su vida.

Lo más que reciben por la atención de un parto son quince dólares, pero eso no contempla las demás visitas que hacen durante el embarazo y el puerperio. Alfredo de Jesús García, uno de los pocos hombres parteros que existen en el país, relata que el salario lo pone la voluntad de la gente.

Tampoco existe un presupuesto asignado a las parteras. “Es mucho lo que ellas nos dan en comparación a lo que nosotros les damos”, dice la doctora Aparicio. El material que se les asigna para atender los partos a menudo es limitado.

Tienen sus maletines y sus manuales rotos y sucios, pues nunca se les han cambiado desde que fueron capacitadas, hace 15 ó 20 años. La mayoría se queja porque en las unidades de salud ni siquiera les proporcionan materiales básicos como alcohol, gasas y jabón.

Hipólita Hernández, una partera de cepa que lleva 45 años en el oficio, originaria de San Simón, Morazán, tiene que comprar las gasas, el alcohol y las tijeras que utiliza. “Si pedimos los materiales en la unidad de salud nos dicen que no hay nada”, señala.

Don Alfredo no cuenta con maletín; lleva
los materiales en las manos.

Los escasos insumos asignados a estas trabajadoras rurales pueden desencadenar en complicaciones durante el parto. A menudo se enfrentan a la falta de una tijera para cortar el cordón umbilical, una olla para desesterilizar los utensilios o una perilla de hule para limpiar las secreciones de la nariz y la boca en el recién nacido.

Un plástico azul, una tijera y una bomba es el único equipo que don Alfredo Carías suele llevar en sus manos cada vez que se marcha a atender un parto.

Lo demás que necesita (gasas, toallas para las manos, curas para el ombligo, lámpara, maletín y otras) sólo se las han ofrecido en la Unidad de Salud de Apaneca.

Tendencia a disminuir

Aunado a la carencia de recursos, las parteras empíricas, sobre todo las que viven en zonas de fácil acceso, deben luchar con la nueva tendencia de asistir al hospital que están siguiendo muchas embarazadas. Eso las obliga a disminuir su trabajo, sus pagos e incluso a olvidar su labor.

Doña Matías Sandoval, de 80 años, guarda su vestido limpio y su maletín empolvado con señales de no haberse usado en los últimos tiempos. Han pasado seis meses ya desde que la buscaron para “pepenar una criatura” y de allí nadie ha vuelto a tocar su puerta.

A pesar de eso, y de tener que caminar varios kilómetros en un camino solitario bordeado de cafetales, doña Matías no deja de asistir a las reuniones que cada mes se organizan en la unidad de salud de Izalco, en Sonsonate.

En esas reuniones se han enterado de que el Ministerio de Salud promueve con mayor intensidad el parto institucional, y además, trata de botar la barrera de que los partos atendidos por parteras son seguros en su totalidad, pues se pueden presentar complicaciones en la madre y en el recién nacido.

Allí les hacen hincapié en que no deben atender primigestas o multíparas (arriba de cuatro partos), mujeres con antecedentes de cesárea, hacer tactos vaginales, cambios de posición del producto dentro de la matriz ni atender a las embarazadas que no hayan asistido al control prenatal.

Se dirigen por los dibujos del manual, pues no
saben leer ni escribir.

“No pretendemos que el 100% de las embarazadas se vayan al hospital”, comenta la doctora de Aparacio. “Pero sí les pedimos que a las que presentan riesgos no las atiendan”, agrega.

“Ya pasaron los días en que yo recorría de punta a punta todo el valle. Ahora la gente se ha olvidado de mi; sólo vienen a que les vea el estómago”, relata doña Matías.

No es que la tendencia a disminuir que han llevado las parteras capacitadas y registradas —más de 700 en los últimos seis años— se deba sólo a las restricciones del Ministerio de Salud. La muerte y la edad avanzada han contribuido a bajar las cifras.

De hecho, la doctora de Aparacio cree que estas trabajadoras de la salud rural se encaminan a disminuir, más no a desaparecer. “Ellas siempre van a seguir allí, porque muchas mujeres quieren seguir pariendo en sus casas”, detalla.

Las parteras deben cruzar grandes distancias y
no respetan horarios al desempeñar su labor.
No hay limitantes para ellas

• El historial obstétrico de la población atendida por partera se caracteriza por una edad promedio muy joven al momento del primer parto (18.4 años) y un promedio alto de embarazos (2.7).

• La mayoría de parteras tiene su equipo desde que fueron capacitadas, hace 15 ó 20 años. Algunas no cuentan con el manual de la partera (documento que establece los procedimientos para la atención adecuada del parto).

• En departamentos como Chalatenango, las parteras asisten el 53% de los partos. Mientras que en Cabañas y Ahuachapán, los porcentajes de partos atendidos en casa sin ninguna asistencia, es decir que las madres se atienden solas, son altos (14.1% y 11.5% de forma respectiva).
Fuente: Tesis “Eslabón primario de los servicios de salud en El Salvador”.


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