Edición del 18 al 25 de julio de 2004

Eugenio Martínez Orantes ha vivido para la poesía, y por este
camino ha llegado a otros espacios, vitales y expresión de la música,
color y fantasía.

Enrique S. Castro

“Un soneto perfecto vale él solo lo que un poema largo”. Boileau

Eugenio Martínez Orantes es un poeta genial, angustioso, desesperado, punzante y vigente en la antesala de un mundo cósmico.

Nunca se acomodó a asumir su particular silencio; es un escritor versátil, en tanto es capaz de transmitir lo mismo la sensibilidad pueblerina y una deslumbradora retórica de la cual lo menos que se puede afirmar es su poética.

Es un poeta intenso y cálido, irónico y apasionado, totalizador y parcial. Un orfebre de la palabra, presente y enamorado de su ausencia: fascinado por los clásicos y vehemente seguidor de los vanguardistas.

A través de su depurada creación ha llegado a la casi exacta perfección del soneto, no sólo por la técnica de los 14 versos distribuidos en cuatro estrofas, sino que por la rima consonante, por la belleza, la regularidad formal y por esa habilidad manifiesta de incursionar en toda clase de metros, hasta el grado de escuchar su sonoridad leyendo de arriba hacia abajo o viceversa.

En su poemario de 10 sonetos dedicados al brujo de la línea y alquimista de los colores, llamado Aleph, Martínez Orantes nos reafirma que la idea es primaria y que las luces abren las tumbas del misterio sin profanar la eternidad de los abuelos.

Su rigor lo ha llevado a ingresar al mundo mágico de la obra plástica de Aleph. Sus versos han irradiado sílabas como formas exactas sin sacrificar el proceso de la esa dualidad tan magnífica entre artista y poeta:

En sus cielos hay barcos en bandadas,
con candiles que alumbran los pasillos
del asombro, y del tiempo los anillos:
son palomas de guerra en paz armada.

Así de sencillo y cristalino el cuarteto para anunciarnos que existe un cordón umbilical, luces que alumbran los senderos y coherencia del color con las herramientas de trabajo.

Eugenio, en simbiosis perfecta con Aleph, convoca toda nuestra capacidad de proferir clichés y sembrar lugares comunes, y nos provoca hasta llevarnos al último terceto para reflexionar juntos sobre las potencialidades de la poesía y la pintura, en tanto como arte son esgrimidas con dulzura, sonoridad y honestidad.

A lo largo de 10 sonetos, Martínez Orantes se empeña en el testimonio gramatical del metro clásico: la calidad y la característica de este testimonio emocionado sólo puede verse a la luz de una tentativa temeraria y sagaz por dar cuenta o por interpretar las visiones de un pintor apasionado de lo mítico, telúrico, cósmico, fantástico y ancestral.

En esta medida es que estos versos clásicos se nos ofrecen con mayor agudeza, como un reflejo temprano de la obra de Aleph. Lo que es lo mismo de una sensibilidad y de un clima de los espíritus en la melancólica atmósfera de las realizaciones.

En este campo de las experimentaciones ha ingresado solemnemente el poeta para relacionar las formas y los espacios, las estructuras espaciales que surgen de cargas de energía: sus brochazos contienen un temblor / de lejanas estrellas, que su viaje / finalizan triunfal en un paisaje / de pirámides, barcos y esplendor.

Martínez Orantes escribió estos sonetos con mucho amor, asombrado y acongojado, furioso con su lápiz y tomando los primeros rayos de su imaginación: así fue construyendo un aposento y depositando el testimonio de su carga energética, sabiendo que el movimiento es la fuente de todo cambio y que la luz y el color son fenómenos físicos domeñados por la espiritualidad del artista ligado a su pasado y comprometido con los retos del futuro.

En su plenitud creadora, afán perfeccionista, en su implacable exploración, este creador se confirma como un ilusionista, forjador de metáforas, y es cada vez más ese escritor que obstinadamente esfuma, diluye y acentúa con un gesto nostálgico la extrañeza y la precisión de una figura: la del poeta enfrentado a su obra, a una acumulación de imágenes y obsesiones; nada más que en este sonetario dedicado a la obra plástica de Aleph, ha sido amo absoluto de la palabra, señor de su capacidad expresiva y dueño de un simbolismo retador.

Y es aquí confrontado y flanqueado por luces, espacios, colores y realismo mágico que su estricta figura se nos propone mezclada a estas páginas en donde se confunden los pájaros y las frutas, el negro toro de feria alegre, con el hombre de oxígeno y la esperanza de un mundo mejor con el reconocimiento a la sapiencia de los abuelos y a las bondades de la naturaleza.

La simbiosis perfecta entre pintor y poeta, luz y palabra, color y apunte. La impronta creación que parte del fuego y se extiende por el lienzo natural de la vida. Una chispa que se enciende y transmite a través de dos manos, una especie de catapulta del inicio del verbo hasta el final de la plenitud cósmica. Esa ley inevitable de la vida, contemplando el círculo —de regreso al punto de partida.

En el caso particular de los creadores y partiendo de esa globalidad de los pueblos, también uno se puede preguntar: ¿El pintor conocerá mejor a las personas y los lugares que el escritor? Martínez Orantes, con su bellísimo soneto dice no; lo importante es la relación, el conocimiento y la sensibilidad. El lugar común es el artista. Uno pinta y deja testimonio. El otro escribe y también deja sus huellas.

En el Aleph hay mucho de misterio, de sincronía con lo ancestral, de visión cósmica para plasmar y entender el porqué de sus creaciones.

El uno cuenta del oro, cambian las herramientas y los elementos. El Aleph es un hierro sin limar. Eugenio es el maestro del verso. Cambio de imágenes, dosis de sabiduría.

Literatura, música y pintura compartiendo en un mismo plano de las realizaciones; la mención por el canto del objeto y su reconstrucción en el todo, polifonía pictórica y vocal, el alcance de la métrica y la estabilidad, a través de una composición exacta de los versos en el poeta; los espacios, el color y el concepto mágico en el artista.

No sólo el aspecto formal, tan crucial en un trabajo compartido como el que nos ocupa, sino el ascender al punto más alto, a esa encendida coloración donde la metáfora y la figura convergen con el pájaro, el toro, el candil, reafirmando que en una simpleza ejemplar, lo “terrestre es un ejemplo de lo cósmico”.

Con este son polifónico nos sinceramos con el arte, con sus efectos saludables: el embrujo y la fantasía de formas y colores, de mitos y alucinaciones, todo inspirado por “estímulos instintivos”, crean ilusiones y animan a los espectadores, lo mismo que ponen huacales de luz y tamascales de purificación en la mente de los creadores de metáforas, como ha sucedido con el poeta Martínez Orantes.

Alegra y conforta este encuentro de la poesía con la pintura, del poeta con el pintor, no sólo por la comunidad de propósitos que entre ellos existe, por las vocaciones fundamentales, sino que en plena madurez vital el poeta se ha servido de la plástica y nos dice que la palabra no puede ser némesis de los alquimistas del color. El hombre, el artista, el creador se afirma en la verdad y en la justicia, y estas virtudes y valores humanos también son parte fundamental de la creación.

Los testimonios son imperecederos. El arte de ser uno mismo nos lleva a la pintura y a la palabra. Por eso es que el poeta responde con fuerza y plasticidad metafórica a la honestidad y ética que transmite la obra de Aleph.
Estos resultados son espirituales, intelectuales y emotivos porque son producto de la reflexión, del conocimiento y del amor.

Obra “Templo de fuego”, de la serie “El Temascal”, de
El Aleph.
“Hombre de oxígeno”.


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