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Edición:
18 de marzo de 2004

¿Se
ha puesto a pensar alguna vez sobre la cantidad de comida
que pisa cuando va al campo?
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Dr.
Eduardo Rapoport, director de proyecto de investigación
sobre el valor nutricional de las malezas en la Patagonia.
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Aproximadamente
de cada cinco pasos que uno da en zonas rurales, en tres se
están pisando plantas comestibles. Se trata de malezas
que invaden bosques, jardines y terrenos baldíos y
que, de ser aprovechadas, podrían aliviar en parte
el problema del hambre en el planeta.
Así lo señala el doctor Eduardo Rapoport, director
de un proyecto de investigación sobre el valor nutricional
de las malezas que se realiza en la Patagonia argentina, en
el marco del laboratorio Ecotono, dependiente de la Universidad
del Comahue.
Treinta y ocho países, ante todo del continente africano,
están afectados por el hambre. Un total de 840 millones
de personas sufre desnutrición, 36 millones mueren
de hambre, mientras que cada segundo, un niño menor
de diez años pierde la vida como consecuencia de la
falta de alimentación, indican cifras de las Naciones
Unidas.
La comida está, nosotros lo sabemos, dijo
Rapoport, dando cuenta de más de 14 años de
investigación, a lo largo de los cuales ha identificado
160 malezas comestibles.
Hay cinco grados de agresividad de las malezas, siendo
la número cinco la más agresiva. De las malezas
número uno, el 30% es comestible. En las malezas número
dos, el porcentaje sube al 40% y va ascendiendo hasta llegar
al 90% en el caso del grado cinco, explicó.
Para Rapoport, el hecho de que cuanta mayor agresividad, mayor
probabilidad exista de que sean comestibles está relacionado
con que se trata de malezas que acompañaron al
hombre desde el paleolítico, cuando era nómada.
Los nómadas llegan a un sitio, instalan sus toldos,
se instalan en cavernas o hacen sus chozas. Los hombres se
dedican a la caza y las mujeres y los niños a recolectar.
Al traer al campamento las plantas, les sacan las semillas,
las hojas y caen semillas al suelo, explica.
Esas semillas por selección artificial se van
adaptando al pisoteo del ser humano. Cuando esa gente sale
y va a otros sitios, y después de un ciclo que puede
durar años, retorna, se encuentra con que ahí
crecieron las malezas que habían comido. Nuestra hipótesis
es que muchas de estas malezas agresivas han seguido al ser
humano, asegura.
Miedo de intoxicación
Cuando se trata de malezas, las plantas que se cortan vuelven
a crecer por sí solas y se pueden recoger hasta tres
cosechas por año. Teniendo en cuenta este nivel
de aprovechamiento del suelo, en lugar de combatirlas (lo
que significa verdaderamente un problema) hay que comérselas,
planteó.
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Diente
de león
Se considera que es seis veces más rico en nutrientes
que la lechuga. Otras malezas también son plantas
comestibles que podrían cambiar la situación
de hambre.
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La propuesta
choca con los hábitos de alimentación. La
mayoría de la gente no las consume porque tiene miedo
de intoxicarse, explica.
En la misma línea se manifestó el relator especial
de las Naciones Unidas para la Alimentación, Jean Ziegler,
en el informe anual Derecho Humano - Alimentación
que presentó a fines de marzo en Ginebra. Es
tiempo de que se comprenda que el hambre no es un destino,
sino (en parte) el resultado del comportamiento humano,
afirmó.
Por ello, la clave del proyecto de Ecotono radica ahora en
el área de la enseñanza. En la provincia argentina
de Chubut se realizó recientemente un plan piloto para
instruir al personal docente sobre las malezas comestibles
contenidas en cuatro manuales que fueron publicados por Ecotono.
Las maestras no podían creer que alrededor de
sus escuelas estaba lleno de alimento gratis, que no hay que
cultivar, no hay que regar, no hay que fertilizar, no hay
que sembrar, sino que crece solo, relató Rapoport.
En Bariloche, donde está ubicado Ecotono, y en otras
ciudades de la Patagonia, algunos restaurantes comenzaron
ya a ofrecer platos basados en malezas que abundan en la zona:
canelones de queridilla (Quenopodiun album) o quinoa blanca
(Chonopodium album), tallos pelados de cardo (Cardus acanthoides),
emparedados o ensaladas con trébol (Trifolium repens),
brotes de caña colihue saltados en manteca...
Tan sólo a modo de ejemplo, la quinoa blanca tiene
cuatro veces más vitamina C que el tomate, el doble
de vitamina A que la espinaca y tres veces más calcio
que la leche.
En promedio hay 1,300 kilos de malezas comestibles por
hectárea y en algunas zonas estimamos que podría
haber hasta 7.000 kilos por hectárea, señaló
Rapoport.
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