Edición 14 al 21 de noviembre de 2004

Quien quiera saber lo esencial de la vida moderna en Japón tiene que hacer dos cosas: subirse a la Yamanote Sen y levantar un Omikoshi. Yo hice las dos.

Texto y fotos: Fabricio Luna


La Yamanote Sen es la línea de tren que circula por la ciudad de Tokio, capital de Japón. Sus estaciones conectan las líneas que entran desde afuera al Gran Tokio, como los rayos de una llanta de bicicleta se convergen en el centro.

La red de trenes funciona como un aparato circulatorio. Su corazón delineado por la Yamanote Sen y sus arterias compuestas por la Saikio Sen, Sobu Sen, Toyoko Sen, por mencionar algunas de las 20 líneas que la intersectan y por los 13 trenes subterráneos que complementan el sistema.

En un día común, por la estación de Shinjuku, una de las principales cinco en la Yamanote Sen, pasan 1.5 millones de usuarios.

Para abordar la Yamanote Sen se necesita coraje y destreza, pues a la hora del ajetreo diario va al 260% de su límite de ocupación. Para poder entrar se llega por los lados. No hay necesidad de empujar porque de atrás viene el impulso, pero hay que desplazarse estilo ciempiés para no quedarse atrás. El que se quedó, se quedó.

Para el que casi no cupo hay asistentes con guantes blancos para empujarlo hasta que entra lo suficientemente raspado para cerrar las puertas corredizas. La presión es tanto que aun con operación hidráulica las puertas demoran en cerrarse por completo.

A la hora de salir no hay problema si se va en medio. Es tanta la apretazón que los pies ni siquiera tocan el piso, sino hasta que uno sale del tren, estilo levitación forzosa.

Todo el que quiere entrar al centro de la ciudad tiene que pasar por su corazón, la Yamanote Sen, que gira y gira desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche.

La Yamanote Sen es el aparato circulatorio mecánico de Tokio. Por la mañana, cuando llega todo el mundo a su trabajo respira oxígeno, y por la noche, cuando regresan, expira dióxido de carbono.

En las “horas pico”, la Yamanote Sen va ocupada al 260% de su capacidad.

Shinto y sus kamis

Quién puede imaginarse que después de pasar de lunes a viernes triturado en la Yamanote Sen va a ir de buena voluntad a buscarse algo similar el fin de semana, solo que esta vez bajo peso y aguantando martillazos en el hombro. ¡Bienvenido al Omikoshi!

El verano en Japón está lleno de matsuri (festivales). Por lo general, estos tienen una base religiosa, pero más que todo cumplen una función sociocultural. Esto no significa que han perdido por completo los fundamentos que los originaron. Más bien, con el tiempo han sufrido una serie de metamorfosis que les han permitido adaptarse al ambiente.

Hay matsuri de toda clase: el 3 de marzo, el Hinamatsuri (homenaje a las niñas); el 3 de mayo, el Takomatsuri (festival de las piscuchas); el 7 de julio, el Hoshimasturi (festival a las estrellas); el 1 de agosto, el Sambamatsuri. ¿Sambamatsuri? Sí, matsuri de samba brasileña: japonesas en tanga bailando en la calle como en Río de Janeiro.  
El matsuri que más me gusta es el Omikoshi. Lo veo como lo más esencial de la cultura japonesa.

Para empezar, está basado en el shinto, que es la religión autóctona de Japón, y no en bukkyo, secta derivada del budismo, importada de la India vía China y Korea entre los siglos VI y VIII.

Shinto significa el medio del kami, o de los dioses. Su práctica tiene una trayectoria prehistórica emergente de la adoración a la naturaleza, el sacerdotismo, los ritos caseros que veneran los enlaces ancestrales, prácticas de adivinación, cultos de fertilidad y exaltación a los héroes de la nación.

Shinto es lo más central en la cultura y en la identidad nacional en Japón. En shinto, todos los objetos naturales están animados. El kami está en todas partes, o más bien dicho, hay kami para todo el género natural: las piedras, los ríos, los árboles, las gotas de lluvia, las hojas y para cada zompopo de mayo.

Aunque no hay cifras oficiales, se estima que un 40% de la población adulta lo practica y 86% observa una combinación entre el bukkyo y el shinto, o sea, no menos de 107 millones de almas.

Para un extranjero es difícil abrazar el shinto. Diferente a otras religiones, no hay un texto sagrado que guíe al creyente sobre su visión espiritual. Es transmitido —aquí el punto clave— de generación en generación,
participando en sus ritos en carne viva y en grupo.

El “omikoshi” no sólo lo cargan los hombres, sino también algunas mujeres.

Es posible que los orígenes del omikoshi tengan sus antecedentes en el periodo Nara, siglo VIII. Se cree que la tradición comenzó cuando el kami del altar en Hachiman en el pueblo de Usa fue llevado en una tarima morada a la ciudad de Nara para conmemorar la construcción del Daibutsu, la gran estatua de Buda.

Omikoshi significa altar portable; hay que cargarlo sobre los hombros. El omikoshi tiene apariencia liviana, pero está tallado en madera sólida, está repleto de ornamentos de metal y va montado sobre cuatro vigas de madera que corren y se extienden a su largo para acomodar a un mínimo de 30 personas y un máximo de 50. Levantar el omikoshi con treinta es una cosa, soportarlo sobre los hombros tres días de celebraciones es otra. Para eso se necesitan 200.

A la carga con estilo


La primera vez que me invitaron a cargar el omikoshi en Omiya, donde he residido desde 1992, lo dudé un poco, más que todo porque el primer requisito es vestirse en traje típico. Pensé que me iba a ver ridículo y se iban a reír de mí. Sin embargo, me sobrepuse a mis prejuicios y fui a comprar mi traje. Escogí uno de color azul índigo porque es uno de los colores más tradicionales de Japón. Cuando llegué a la tienda, el dueño se me quedó viendo un poco raro, quizás pensando que yo andaba perdido.

Cuando le dije que quería un traje para cargar uno de los omikoshi en la ciudad se quedó congelado por un instante, pero le pasó el susto conforme le seguí hablando en japonés.

El primer obstáculo fue encontrar algo prefabricado a mi medida. Por ser de pecho más ancho y más largo de pie que el típico japonés me costó encontrar uno de mi talla. Cuarenta y cinco minutos más tarde salí satisfecho y con $120 menos.

También tuve que comisionar un emblema con mi apellido. Para eso fui a Kawagoe, ciudad considerada patrimonio nacional. En la zona histórica, las calles son angostas y las casas, de paredes blancas y techos de teja azul. Fui a ver un maestro en caligrafía clásica, un hombre de unos 50 años y de apariencia seria, pero más que todo de comportamiento sereno, vestido en una yukata azul.

Le deletreé mi apellido para buscar por medio de la fonética los kanji (el alfabeto japonés) que le corresponden y escoger un contexto significativo. Sacó un libro grueso y pesado que recorrió con el dedo índice.

Grupos de 50 personas se turnan para llevar el “omikoshi”, tallado en madera sólida y que está repleto de ornamentos de metal.

Como el japonés no tiene letra L, me recomendó el kanji Ru, por ser el sonido más cercano a Lu de Luna. Para escoger Na no le fue difícil porque es un vocablo normalmente usado en nombres japoneses. La combinación Ru y Na, compuesta de los kanji “detenerse” y “que”, no tiene el significado que me esperaba, pero me aseguró que tiene una asociación noble.

El maestro dibujó los kanji en una tablita de madera rectangular con pintura blanca y roja. El emblema es como una caja de fósforos alongada. Me cabe en el centro de la mano y lo cuelgo de mi cuello a la hora de cargar el omikoshi. De aquí también me fui satisfecho y con $100 menos.

Vestido para la carga


La palabra omiya está compuesta por los kanji O y Miya. La combinacion equivale literalmente a decir “Gran altar shinto”. Usando miya como raíz se componen palabras como miyameguri, peregrinación de altares; miyamorigashira, jefe sacerdote del templo, y miyaji, camino al templo.

El evento principal en Omiya con el omikoshi es el domingo. Más de 30 grupos se reúnen en el centro de la ciudad. Pero antes eso hay dos días de preparación. El viernes es día de práctica. El sábado es para ir al altar arakawajinja, donde se realiza una ceremonia conducida por sacerdotes para bendecir el omikoshi y se recolectan ofrendas de arroz y sake (licor derivado del arroz).

Para mí, lo más difícil es salir a la calle porque tengo que llegar ya vestido. Tengo que subirme al tren y me siento un poco incómodo, demasiado consciente de si me veo bien o mal, si se ríen de mí o no. Pero me doy cuenta de que el problema está en mi cabeza, que toda la gente va en su mundo y los pocos que se fijan en mí lo hacen para demostrarme agrado, casi como agradeciéndome por algo.

Al bajarme del tren me voy caminando por las calles más tranquilo. Cuando llego al punto de reunión ya me siento menos cohibido, especialmente porque todos están vestidos igual que mí.

Los cargadores deben llevar el ritmo para hacer menos pesado el trayecto.

Este día todo termina en unas cuantas horas; más que todo es para contar cabezas y entablar amistad, charlar y tomar una pequeña merienda de sushi. Después de un breve discurso por uno de los ancianos nos organizamos para levantar el omikoshi por primera vez.

Todos quieren ser los primeros y yo no me quedo atrás, así que me meto rápido bajo una de las vigas laterales antes de que me quiten el puesto. Todos en cuclillas sosteniendo el omikoshi sobre los hombros, sacan los burros (soportes) de en medio y sentimos el bajón por el peso.

Al levantarnos hay aplausos por todos lados, voces de gozo, suenan los cascabeles y empiezan a sonar los silbatos y las matracas para que todos llevemos el mismo ritmo. Nosotros también empezamos a corear el paso: “URRya-SEya, URRya-SEya, URRya-SEya”. Los hombres decimos urrya, redoblando la erre a propósito, y las mujeres contestan seya. Algunos van diciendo “maguro, maguro, maguro”. Maguro es una delicia en el sushi: la parte más sabrosa del atún que nos espera al regresar.

Ya entrados en ritmo, ahora viene lo más difícil: coordinar los pasos. Se avanza en las puntas de los pies, recalcando levemente cada paso: uRRya (pie izquierdo), seya (pie derecho), o viceversa.

Si todos llevamos el mismo ritmo y paso no se siente el peso, pero si no, se siente que le van dando a uno un batazo en el hombro a ritmo de urrya y seya. Punto importante es sonreír y no demostrar que uno puede ir sufriendo dolor. Hay que cargar con estilo y con vigor.

El encuentro con un eje de armonía es el propósito de omikoshi: armonía con el grupo y armonía con el kami del omikoshi. Se busca paso a paso y matracazo a matracazo.

Hay que cargar con estilo y vigor para no demostrar que sufres dolor.

Hay momentos que en verdad se siente que el peso se desvanece. Se cree que en esos instantes el kami toma posesión y es él quien mece al omikoshi. Este fenómeno es parecido a la ouija: aparentemente la plancha se mueve sola y no por los dedos que reposan en ella. Excepto que en el omikoshi la plancha la traemos encima.

Regresamos al punto de partida para disfrutar supuestamente el maguro, pero nos dan la sorpresa de que este año no hay. No alcanzó el presupuesto. Charlamos y brindamos con lo poco que nos sirven. El día siguiente se lleva el omikoshi a que lo bendigan, y listos para evento principal. 

Reunión de kamis


A las cinco de la tarde del domingo comenzamos la procesión para el centro de Omiya. Es una jornada de dos kilómetros. Por ser tercer día debíamos ir mejor acoplados, pero el omikoshi va frenético meciéndose para todos lados.

Van tan rápido que hay gente en el frente empujando hacia atrás, contrarrestando un movimiento lateral violento y para que no perdamos el control.

Conforme el omikoshi avanza nos vamos turnando entre los 200 que han participado en nuestro grupo. Hacemos tres paradas para descansar y porque mientras más nos acercamos al centro más lento es el progreso, ya que vamos encontrando a otros grupos de omikoshi.

Para la ocasión es necesario vestir trajes tradicionales japoneses.

El calor es intenso y agotador. La idea es cargar y descansar un rato. Pero yo voy de cuerudo sin salir hasta que me llegan a sacar.

Todos quieren cargar en el frente donde los más experimentados cargan. De vez en cuando me meto al frente bien campante como si fuera el gran veterano.

Cuando llegamos al centro ya han llegado casi todos los omikoshis. Es hora de lucirnos.

El omikoshi se mece para arriba y para abajo, suenan y suenan los pitos, las matracas, las palmas y los urrya y los seya por doquier. Ya no es suficiente cargarlo en los hombros. Hay que levantarlo con las manos por arriba de los hombros.

Temo que por el sudor se nos resbale y nos caiga encima. De repente sale para arriba como canasto lleno de plumas.

Por si esto no es espectáculo lo sostenemos con una mano y con la otra golpeamos las vigas que corren a su largo por un largo rato, casi llegando a la fatiga total.

Nuestros compañeros y la gente nos aplauden. Misión cumplida. Al final me siento en la calle exhausto.

Siempre me había preguntado qué hacía que la gente que va ensardinada en los trenes todas las mañanas no perdiera la paciencia y saliera de la Yamanote Sen en un estado de pánico en estampida por toda la estación de Shinjuku. Ahora sé la respuesta.




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