Edición:14 de marzo de 2004

Durante tres días tuve la oportunidad de vivir en el circo Montecarlo, ubicado en El
Paraíso, Chalatenango. Alegrías y peligros experimenté junto a los trabajadores del lugar.

JosÉ OsmÍn Monge
Fotografía: Arely Umanzor

Una mañana de 1977, ante la mirada curiosa de decenas de niños y adolescentes se instaló en San Vicente el famoso circo “Silver Star”.

Entre esos cipotes me encontraba yo, observando como los trabajadores levantaban con pericia la colorida carpa.

A la tarde siguiente, después de pagar cincuenta centavos de colón, aprecié desde la vieja galera la primera función. De todos los artistas que ese día se presentaron fueron los payasos los que me impresionaron.

Al llegar a casa levanté con sábanas, sillas y un par de escobas mi propia carpa y repetí las gracias de los cómicos. A mis ocho años soñaba con ser cirquero.

Con el paso de tiempo aquel deseo quedó en el olvido, pero renació 26 años después cuando mi jefa me encomendó trabajar como payaso en uno de los circos de nuestro país.

Calor fraterno

Con la ayuda de la Asociación Salvadoreña de Empresarios Circenses (ACET) acudí hace un par de semanas al circo “Montecarlo”, propiedad de los esposos Noé y Teresa Ramírez.

A las 11: 30 a.m. de un martes de febrero llegué al lugar, acompañado por la fotoperiodista Arely Umanzor. De entrada comencé a experimentar el calor fraterno de los cirqueros.

El maquillaje del payaso “Calambrín” se hizo a toda prisa, pues la función estaba a punto de comenzar.

En representación de los esposos Ramírez (que estaban ausentes en ese momento) fuimos recibidos con gentileza por Lester Rodríguez. Fue él quien nos presentó a algunos de sus compañeros, entre ellos su esposa Elsy; Roberta, de 13 años; Blanca, de 20; Grecia, de 15; Carlos “El Pocho” y Wilfredo “El Araña”. Junto a ellos también estaban doña Tina, de 74 años, y los niños Celeste, Wendy, Karen, Aurelio y Josué.

Cerca de los galeras de madera estaba “Chita”, la inquieta mona que se movía de un lado a otro como queriendo zafarse de la cadena que la sujetaba.

Luego de recorrer las instalaciones y observar los agujeros de la carpa conversamos con los artistas. En ningún momento se mostraron tímidos ante nuestra presencia, por el contrario, estuvieron dispuestos a contestar cada una de las preguntas que hacíamos. En la reunión me explicaron cuál es el parentesco entre ellos.

Observé cómo las artistas decoraban a mano sus trajes con coloridas lentejuelas y canutillos. “Cuesta mucho adornar la ropa que usamos. Tenemos muchos trajes”, expresó Blanca, una de las bailarinas, mientras introducía cuatro hebras de hilo en una delgada aguja.

En medio de tertulias fui testigo del trato que hay entre ellos: unos dan órdenes y otros la acatan; algunos bromean y otros se manifiestan un tanto molestos.

Minutos más tarde conocimos a Jimmy, de 19 años, quien nos presentó a su hermana Yamileth y a Carla, su ex compañera de vida.

La tarde pasó entre preguntas, risas y afinando los detalles para mi “estreno” como payaso.

Noche colorida

El público disfrutó con las disparatadas ocurrencias del colorido personaje.

Durante el día, la vida en el circo es un tanto aburrida. Las mujeres se dedican a cocinar, lavar la ropa, atender a sus hijos y decorar los trajes; los hombres hacen trabajos más rudos y los niños se dedican a jugar o a ver televisión.

Algunos artistas ensayan sus rutinas y otros descansan.

A eso de las 5:30 p.m., el ambiente cambia en el circo. Cada uno de los trabajadores se baña junto a los barriles con agua y se prepara para la única función. El escenario se prepara, el terreno es regado y cada cosa se coloca en su lugar.

Cuando comienza a caer la noche, las mujeres inician su acostumbrada sesión de maquillaje. Sus caras —que durante el día lucen pálidas y cansadas— recobran vida gracias a la magia de los cosméticos.

Cuando los relojes marcan las 9:00 p.m., una cadenciosa melodía indica que el espectáculo inicia. Los artistas ya están listos. Las bailarinas entallan a sus curvas las diminutas y brillantes prendas de vestir; el malabarista y el trapecista lucen trajes ajustados al cuerpo y los payasos utilizan vistosas indumentarias.

Miedo escénico

Diez minutos antes de iniciar el espectáculo, yo no estaba maquillado de payaso. Muy apresurado comencé a pintarme: primero la base, luego el color blanco en los párpados y alrededor de la boca, después resalté cejas, ojos y labios, y por último me puse colorete en las mejillas.

Una nariz roja, un colorido traje, zapatones y una peluca amarilla dieron el toque final a mi personaje. Estaba preparado para hacer reír a la gente.

Sin preámbulos, el número de los payasos fue anunciado por el maestro de ceremonia.

Aunque ya había actuado de payaso en fiestas infantiles, esa noche estaba muy nervioso, pues era la primera vez que me presentaba en un lugar como ese. Al aparecer entre el telón fui anunciado como el payaso “Calambrín”.

El acto de los cuchiilos llamó mucho la atención de los asistentes a la función, y la del payaso también.

La situación que presenté en el espectáculo era sencilla: Lester la haría de maestro y los payasos seríamos sus alumnos disparatados.

Debido a la emoción y a los nervios del momento, las respuestas que daría al profesor se me olvidaron. Si no hubiese sido por Jimmy (quien actúa de payaso) no sé qué
hubiese contestado. Él me decía en voz baja las respuestas. A pesar del olvido y de un fuerte calambre que me dio en la espalda todo salió bien.

El espectáculo continuó con la presentación de la pareja de pulsadoras (Yamileth y Roberta), los malabares de Lester, las acrobacias de Wilfredo “Araña”, el baile de las “Nenas de Caña” (parodiadas por los hombres del circo), el baile sensual de Elsy y la comedia de Muñuña, el personaje que interpreta don Noé.

Bajo la lluvia

La función terminó a las 10:30 p.m. Pero la labor de los artistas no se detuvo después del espectáculo. Los hombres siguieron trabajando en la confección de la nueva carpa del circo (que será estrenada próximamente) y las mujeres continuaron adornando sus prendas.

Ya en la madrugada nos dispusimos a descansar. Nuestro dormitorio fue el escenario del circo.

Acostados en una alfombra observamos por entre los agujeros de la carpa como el cielo se nublaba. Junto a nosotros se quedaron don Noé, doña Teresa, Jimmy y Miguel (otro de los trabajadores). Debido al cansancio nos fue fácil dormir.

Pero nuestro sueño fue interrumpido a eso de las 4:30 a.m. Una inesperada llovizna cayó en El Paraíso nos sacó corriendo del improvisado dormitorio. Y es que por los agujeros ya no sólo entraba la brisa tibia de la madrugada, sino también las incómodas gotas de lluvia.

Entre risas y en medio de la oscuridad buscamos un sitio que nos protegiera del agua. Ahí dormimos hasta que el bullicio del pueblo nos volvió a despertar.

“Chita” al ataque

El centro del escenario sirvió de dormitorio para el improvisado artista.

Después de desayunar me dispuse a practicar malabares (por cierto, soy muy torpe para ello). Junto a mí estaba doña Teresa, quien enseñaba a los niños a pararse con las manos, a dar volteretas y a hacer pequeñas contorsiones.

Minutos más tarde, con toda la confianza del mundo, me acerqué a la mona “Chita”. En un principio el animal dejó que yo la cargara y acariciara, pero luego se enfureció ante la presencia de Celeste y Roberta, pues es una mona muy celosa.

Ella descargó su furia con el cristiano que tenía más próximo, o sea yo. Comenzó a ensanchar sus afilados dientes en mi brazo y hombro derecho. Me quedé paralizado. Ante los gritos del animal y de la gente que estaba a mi alrededor,
Wilfredo “Araña” corrió a toda prisa a separar al primate.

Inmediatamente acudí a la Unidad de Salud del pueblo, donde me pusieron la primera de las diez vacunas contra la rabia.

El resto del día lo pasé conversando, cuidando mis heridas y preparando la presentación de la segunda noche.

Entre cuchillos

La nueva oportunidad de poner de manifiesto mis dotes artísticos llegó. Esa noche me maquillé en menor tiempo y utilicé un traje distinto al anterior. A pesar del dolor que sentía en el brazo salí al escenario con la mejor de mis sonrisas, tratando de hacer reír a chicos y grandes. En esta ocasión mi intervención fue muy corta.

Chita es una mona un poco violenta, aunque también tiene sus ratos de tranquilidad.

En esta función, uno de los números que llamó la atención fue el lanzamiento de puñales. Carla y Blanca, luciendo pequeñas prendas, fueron las muchachas que se colocaron en la tabla donde don Noé lanzaba con habilidad los cuchillos.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando él me invitó a tomar posición en la tabla. Acepté con un poco de miedo, aunque en el fondo confiaba en su experiencia de “cuchillero”.

Con los ojos cerrados y sin moverme escuchaba y sentía como los puñales se clavaban con fuerza en la madera. Gracias a Dios el acto terminó sin ningún percance.

Al terminar la función, todos los trabajadores nos reunimos y posamos para el lente de Arely.

Esa noche también nos fuimos a dormir en la madrugada.

En la tarde del jueves 26 de febrero me despedí de las personas que durante tres días se convirtieron en mi familia. Al retirarme de El Paraíso llevaba conmigo agradables recuerdos, un nudo en la garganta y las mordidas de la mona “Chita”.



JosÉ OsmÍn Monge
Fotografía: Arely Umanzor

En torno a cada trabajador de circo se entretejen coloridas historias. Esfuerzo, alegrías, nostalgias y amor son el pan de cada día de los artistas circenses.

No importan las condiciones del tiempo, la cantidad de asistentes a la función ni los problemas personales; las bailarinas, payasos acróbatas y demás artistas dejan atrás del telón sus preocupaciones y salen ante el público para inyectarle una dosis de diversión.

Pero al terminar el espectáculo y al apagarse los reflectores del escenario cada trabajador deja de lado su rol de artista y se prepara para entrar al circo de su propia vida y así interpretar un papel más real, alejado del brillo, de los aplausos y de las luces.

Durante el día, el circo “Montecarlo” es un hogar habitado por 20 personas de diferentes caracteres y temperamentos. Y aunque de vez en cuando surgen discusiones y problemas, ellos siempre permanecen unidos por los lazos de solidaridad y de compañerismo.

Los bombones de Tina

Doña Cristina Jovel, de 74 años, es la única anciana del lugar. Durante la mañana y la tarde se mantiene sentada en su cama, instalada atrás del telón. Ahí permanece callada observando el trajín y escuchando las pláticas de los demás empleados.

“Mi esposo era un gran artista. Ya perdí la cuenta de los años que he vivido en circo”, manifiesta la señora Jovel.
Hora y media antes de comenzar la función, ella toma su andadera (pues tiene problemas de artritis) y con pasos lentos se dirige a la entrada del circo para vender dulces y bombones.

Al comenzar el espectáculo extiende sus flácidos brazos y ofrece sus productos a los asistentes. “Casi no se gana en esta venta”, expresa con su débil voz.

Antes del cada espectáculo, las mujeres dan
colorido a sus caras con el maquillaje.

Valentía en las alturas

El mejor ejemplo de tenacidad es sin lugar a dudas Yamileth Abigaíl Bonilla, de 17 años, una de las contorsionistas y pulsadoras. Ella ha vivido en carne propia los peligros del circo. Hace aproximadamente un año, en La Unión, sufrió un accidente que le causó fracturas en su pelvis y cadera.

Mientras subía una escalara (a seis metros de altura) para hacer acrobacias cayó estrepitosamente en el piso del escenario. “No habían colocado bien la escalera. Permanecí acostada en el hospital más de un mes”, dice Yamileth, quien es sobrina de doña Teresa, la dueña del circo.

Pero el accidente no truncó sus deseos de ser una gran acróbata. Después de salir del hospital y pasar algún tiempo en reposo reanudó sus ensayos y sus presentaciones.

Ella actúa junto a Amanda Roberta, una niña talento que a sus 13 años está demostrando sus dotes artísticos.

Amores bajo la carpa

Los amores dentro del circo no son cosa del otro mundo. Eso bien lo saben Elsy, Blanca y doña Teresa, quienes viven a lado de sus amados desde hace algunos años.

El compañerismo se manifiesta en cada momento del día.

La primera de ellas es la compañera de Lester; la segunda es la señora de Wilfredo “Araña”, y doña Tere es la esposa de Noé, el dueño del circo. Cada pareja comparte sus alegrías, logros y tristezas.

Carla también es una experta en cuestiones del amor, y aunque en la actualidad se encuentra soltera y sin compromisos, aún guarda los recuerdos que vivió —en diferentes tiempos— al lado de Jimmy y Carlos “El Pocho”. Ahora ellos tres viven “juntos, pero no revueltos”.

“Los tres nos tratamos como compañeros de trabajo. Yo me dedico a cuidar a mi hijo Aurelio, cuyo padre es Jimmy”, expresa entre sonrisas.

El resto de trabajadores (con excepción de doña Tina y de los niños) también tiene admiradores y enamorados. En cada pueblo, cantón o ciudad que llegan encuentran a alguien que se enloquece por ellos.

El polifacético

Lester Moisés Rodríguez, de 22 años es uno de los artistas más entregados y polifacéticos. Dentro del escenario
desempeña diferentes personajes: es malabarista, monociclista, icario (hace malabares con los pies), pulsador, maestro de ceremonias, operador de sonido y payaso.

El arte corre por sus venas, ya que sus padres fueron destacados artista de circo. Comenzó a dar muestras de su talento desde muy pequeño.

Junto a Elsy ha procreado a Wendy, de seis años, y a la inquieta Celeste, de año y medio.
“Mi hija Wendy está siendo entrenada por mi tía Tere”, expresa Lester, un joven de cuerpo delgado y de expresivos ojos grises.

El montaje y el desmontaje del circo es
responsabilidad de los hombres.

Según el dueño del circo, Lester es el trabajador más codiciado por las mujeres. Esta situación no deja de incomodar a Elsy.

Voz de mando

Doña Teresa y don Noé (Nino) son los que imponen el orden y la disciplina . Esta pareja de esposos ha compartido su trabajo y sus vidas durante más de 15 años.

“Si no se pone orden, las cosas no salen bien”, expresa doña Teresa, quien otrora fuera bailarina y contorsionista.

Ella ha vivido en circos la mayor parte de su vida, pues sus padres eran los propietarios del “Silver Star”. Él se convirtió en cirquero después de conocer a doña Teresa.

Juntos han recorrido pueblos y ciudades, llevando diversión por doquier. Gracias al esfuerzo y a la tenacidad de esta singular pareja, el circo “Montecarlo” se ha podido mantener aun durante las dificultades.
“Hemos pasado momentos muy difíciles”, comenta don Noé.

Comida
Las mujeres tienen diferentes responsabilidades. Una es preparar la comida de los empleados.

Aseo
Para lavar la ropa a veces acuden a los ríos cercanos al lugar donde está instalado el circo.

Descanso
Los trabajadores aprovechan su tiempo libre para descansar y para ver televisión
.

 

 

Vida de cirqueros

Los trabajadores del Montecarlo permanecen ocupados antes de cada función. Cada uno realiza diferentes quehaceres.
Trabajo compartido
Cada uno de los que habitan el circo tiene sus obligaciones.

- Yamileth, la pulsadora, es la encargada de hacer el desayuno, el almuerzo está a cargo de Elsy y la cena es responsabilidad de Carla.

-“Pinki”, uno de los trabajadores, se encarga del aseo.

- El pago de los cirqueros depende de las entradas que se tengan en las funciones. Los hombres obtienen el 5% y las mujeres el 3%.

- Para obtener más ganancias, cada artista vende algún producto durante la función (cócteles de fruta, pulseras, gaseosas, papas fritas, bombones, palomitas de maíz, etc.).

- Ellos alquilan sanitarios en casas aledañas. Cuando llegan a ciudades hacen uso de los baños de los mercados.

- En ocasiones lavan la ropa en ríos y otras veces lo hacen en el circo.
 



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