Edición del 11 al 17 de julio de 2004

El futuro de América Latina es sombrío si no eleva su inversión
en el desarrollo de ciencia y tecnología, rubro al que hoy apenas
destina 0,5 por ciento de su PIB.

Mario Osava
Río de Janeiro

El cambio climático trae más pobreza y desnutrición a América Latina.

¿El captopril es un medicamento contra la hipertensión que rinde miles de millones de dólares anuales a la industria farmacéutica.

Su patente pertenece al laboratorio transnacional Bristol-Myes Squib, pero fue el médico brasileño Mauricio Rocha e Silva quien identificó en 1948 su sustancia básica, la bradicinina, a partir de estudios del veneno de la serpiente Bothrops Jararaca.

Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México descubrieron en la saliva del murciélago vampiro un principio activo anticoagulante mejor que los existentes en el mercado.

El grupo de origen alemán Schering, que apoyó la investigación, se adueñó del descubrimiento y lo vendió a firmas japonesas, sin pagar nada a esa casa de estudios.

Entre los investigadores “falta una cultura de protección de la propiedad intelectual, de registrar patentes”, observó Carlos Vogt, presidente de la Fundación de Amparo a la Investigación del Estado de Sao Paulo, una de las principales instituciones brasileñas financiadoras de ciencia y tecnología.

Pero la baja cantidad de innovaciones latinoamericanas se debe principalmente a otras insuficiencias. Los datos son desalentadores y parecen diseñar un futuro sombrío para la región: bajas inversiones, escasez de científicos agravada por la “fuga de cerebros”, cantidades irrisorias de patentes nacionales y descuido en la protección de tecnología local.

El rezago regional resulta dramático porque el conocimiento es el capital decisivo en la nueva economía, sostienen expertos.

América Latina dedica sólo 0,5 por ciento de su producto interno bruto (PIB), a investigación y desarrollo, contra 2,5 a 3% en Corea del Sur, Estados Unidos y Japón, una brecha que se refleja en la productividad y cuya superación exige políticas públicas que fomenten capacidades de innovación, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

La inversión latinoamericana en esa área proviene principalmente del sector público, mientras en los países industrializados, las empresas privadas son la mayor fuente de financiación.

En Chile, el aporte estatal es 65% del total y el privado nacional 20%, con 15% de inversión extranjera, según la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica.

Las dificultades financieras de los Estados agravan la situación. Brasil, que destinaba uno por ciento de su PIB a investigación y desarrollo en 2000, quiere doblar esa proporción en 2006, y México desea llegar a uno por ciento, desde su actual 0,43%.

En Brasil se presentaron el año pasado 24,753 pedidos de patente, el doble de 1990, y 40% de las solicitudes correspondió a residentes en el país. En México hubo 12,207 pedidos, y sólo 468 fueron de mexicanos.

El gran obstáculo a un mayor desarrollo tecnológico regional es “el modelo económico sustentado en la venta de materias primas y servicios de mano de obra barata, a diferencia del modelo oriental caracterizado por absorción activa de tecnología”, dijo Gustavo Biniegra-González, profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

El experto previó un “desastre de tamaño inimaginable” para México si no aumenta las inversiones en ciencia y tecnología, cuya importación actual cuesta al país “mas de tres, quizás hasta cinco por ciento” del PIB.

Cuba dispone de 559 trabajadores en investigación y desarrollo por cada 100.000 habitantes, más del triple que Brasil y 2,5 veces el índice mexicano.

Pero “la existencia del conocimiento por sí mismo no garantiza en modo alguno el logro de resultados”, advirtió un economista cubano. Muchos inconvenientes impiden “convertir el conocimiento en riquezas para la sociedad”, como insuficiente articulación entre éste y el aparato productivo, escasez de capital para investigaciones y falta de protección intelectual, explicó.

En México sólo hay un investigador en desarrollo tecnológico por cada 10,000 habitantes, contra 20 en Alemania y 42 en Estados Unidos, según datos oficiales. De las 100.000 becados para investigar en los últimos 30 años, seis por ciento se quedaron fuera del país.

De los 1,500 científicos chilenos dedicados a la investigación en 2000, un tercio estaba en el exterior. Actualmente sólo 11% de los científicos brasileños trabaja en el sector privado, cuya distancia con las universidades limita el desarrollo tecnológico y el número de patentes, destacó el presidente de la Fundación de Amparo a la Investigación del Estado de Sao Paulo.

El autor es corresponsal de IPS. Con aportes de Diego Cevallos y Pilar Franco (México), Gustavo González (Chile), Patricia Grogg (Cuba) y Humberto Márquez (Venezuela).



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