Edición del 11 al 17 de julio de 2004

En el centro de Honduras se encuentra Yoro, donde el tiempo
camina tan despacio y en donde la realidad se funde con la fantasía,
a tal grado que cada año ahí se vive una supuesta lluvia de peces,
suceso que se ha intentado explicar hasta con una leyenda.

Texto y fotos: Orsy Campos Rivas

Cada vez que veía al cielo cubrirse de nubarrones, mis esperanzas de que cayera un buen chaparrón crecían más y más.

Y no tanto porque necesitara la llovizna, sino porque ansiaba ver la casi legendaria “lluvia de peces”, la que me hizo viajar casi 600 kilómetros desde San Salvador hasta llegar a la cabacera departamental de Yoro, que también se llama Yoro.

Ese fenómeno climatológico, meteorológico, natural —o como quieran llamarlo— es real, no es ninguna quimera ni ningún cuento, y todo comienza cuando hacia el suroeste del poblado, por donde está el cerro Yoro, el cielo es cubierto por una nube tan negra, que hasta infunde miedo a cualquiera que la vea, un nubarrón que los científicos llaman “cumuloninbus mammatus” debido a que su base tiene la apariencia de mamas.

¿Qué día sucede exactamente? Eso nadie lo sabe, ni los más ancianos que ya han disfrutado la lluvia de peces por más de 60 ó 70 años. Simplemente ocurre cualquier día entre junio y julio de cada año, y eso es lo único certero.

Uno de los testigos de ese prodigio es don Miguel Rafael Aguilares Espinoza, un viejo bonachón de 79 años y de un carisma natural. Pues este señor es originario de Choluteca (Honduras), pero por cosas del amor se estableció en Yoro.

Él, al igual que otras personas, era de los incrédulos en cuanto al tema de los peces, a pesar de que desde la escuela ya les informaban de ese suceso.

Miguel Rafael Aguilares Espinoza es uno de los testigos del evento que sucede cada año.

“Yo había escuchado, pero nunca me imaginé por qué sucedía y cómo se daba”, menciona. Él recuerda sus primeros años en Yoro: “Me decían de la lluvia de peces; llovió aquí o allá, pero yo siempre dudoso no lo creía...”.

“Pero una vez —dice don Miguel—, allá por 1963, con unos amigos fuimos a cercar un terreno de cinco caballerías... Entonces montado en un caballo les llevaba la comida para la semana.

Cuando regresaba, a eso de las 2:30 de la tarde, ahí por donde caía el avión (una antigua pista de aterrizaje que le llaman El Pantano), se puso una tormenta bien rara al lado de donde nace el sol”.

“Con una nube negrísima espesa, el viento se hacía cada vez más fuerte, y se empezaban a escuchar los rayos; entonces empezó a caer una tormenta demasiado fuerte, por lo que me puse el capote y seguí cabalgando.

“De repente el caballo se torcía para un lado, para el otro, no quería caminar recto, entonces sentí en el sombrero algo y vi en la sabana el revoloteo de algo que brillaba... Eran los peces. Yo nunca había visto algo así, yo había escuchado que aparecían, pero no sabía cómo”.

“No eran peces grandes; era una especie de sardina plateada que venía con el agua. Cuando empezó a bajar la tormenta continué el camino, pero observaba que en el agua que corría se miraba un revoloteo de pececillos que sacaban la nariz para agarrar aire”.

“Ver eso me impresionó, porque yo era uno de los escépticos. Después les dije a los niños a que fueran a pescar y ellos iban a traer canastadas de peces, y hasta tuve la oportunidad de comer de eso...

Algunos yoreños han conservado los peces que han aparecido después de las lluvias.

El sabor, eso es algo especial; no se iguala a los otros pescados; varias veces lo he comido. Para mí esto es un misterio que Dios le ha dado a este pueblo”, menciona don Miguel con aquella seguridad convencedora y que ahora le permite decir que la lluvia de peces ya es natural para él.

Peces para el hambre

Otro de los testimonios de la lluvia de pescados es el de Eda Celina Rodríguez viuda de Maldonado, una septuagenaria simpática que con mucha lucidez recuerda su primera experiencia con los peces.

“Mi primera lluvia de peces, eso fue lindo, tenía seis años. Con mi abuela andábamos en un rezo por El Pantano cuando allá nos agarró el vendaval. Viera (hubiera) visto, llovió con truenos, rayos, vientos, un vendaval completo. Cuando pasó la lluvia, veníamos de regreso como a las tres y media de la tarde y vimos la correntada de agua que llegaba a una laguna, y esa agua estaba llena de peces. Viera qué lindo brincaban los pececitos”.

“Como antes se usaba un manto para los rezos, mi abuela metió el manto en el agua y agarró los pescados. Yo me puse nerviosa y mi abuela me dijo: ‘Esta es la bendición que Dios nos manda no te pongás así’.

“Nosotros como todos los años sabemos que en el mes de junio se da, y cuando empezaban los vientos fuertes, mi papá decía: es la lluvia de peces, y ya tenía lista las alforjas para ir a traer pescados”.

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“Nosotros los cocinamos, les quitamos las escamas, hacemos sopa, frito. Había una señora que era pariente de nosotras que lo hacía en tusas y lo metía al rincón del fuego y viera qué ricos son. Mi abuela lo ponía salado al sol, luego lo molía y nos hacía torta”.

“Que de dónde vienen estos peces, mi abuela me contó que el padre Manuel de Jesús Subirana (un misionero de finales del siglo XIX), al ver la pobreza en que vivían los indígenas xicaque pidió un milagro, para que así pudieran tener algo que comer; entonces rezó por tres días y tres noches, y al terminar la oración se vino una tormenta fuerte y luego aparecieron los pescados.

Desde entonces llueven peces en Yoro”, asegura doña Eda.

Los relatos de estas dos personas son similares a los que cuentan otros yoreños. Todos afirman que ese suceso es verídico. Por eso cada vez que veía al cielo cubrirse de nubarrones, mis esperanzas de ver ese fenómeno eran más firmes, aunque al final, después de tres días de espera, ni siquiera agua recibí del cielo.

Suceso anual
El fenómeno que sucede en Yoro es un evento que la ciencia lo ha documentado también en otras partes del mundo, hay dos hipotesis, aunque los investigadores se inclinan sólo por una. (Ver gráfico).

No obstante, a diferencia de otros lugares, en Yoro sucede periódicamente cada año, entre junio y julio. No se obtuvo la referencia escrita más antigua de este hecho, pero la tradición oral estima que ha sucedido continuamente por lo menos durante cien años.

Envuelta en un manto mágico en el que la realidad se mezcla con el mito, para algunos yoreños los peces caen del cielo, a pesar de que la mayoría asegura que nadie los ha visto caer, debido a que la tormenta que se genera es demasiado fuerte y es eléctrica, por lo que prefieren refugiarse, y los que han tenido la osadía de ir a presenciar el fenómeno han fallecido a causa de un rayo.

No obstante, doña Eda Celina Rodríguez, quien relató su experiencia con los peces cuando tenía seis años, recuerda a un señor llamado Manuel, que iba montado a caballo en El Pantano, la sabana donde tradicionalmente han caído los peces, a quien un pez que caía del cielo le golpeó un dedo y se lo descompuso.

En todo caso, la lluvia que dura hasta 45 minutos deja unos peces de hasta una cuarta de tamaño, que apenas sobreviven un par de horas, por lo que nadie ha podido mantenerlos vivos en una pecera. “Como que sólo caen para que los comamos”, menciona convencida doña Eda.

Otra particularidad es que este suceso se da en los lugares despoblados. Antes sólo sucedía en la llanura El Pantano, ubicado a un kilómetro y medio al suroeste del pueblo, ahora cae en otros sitios inhabitados pero circundantes al municipio.



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