Edición: 11 de abril de 2004

Quienes se consideran descendientes de la raza india están descubriendo su rostro gracias a la ayuda del instituto RAIS.

Morena Rivera
Fotos: Arely Umanzor y César Avilés

“Soy nativa indígena porque me corre sangre india por las venas”, admite Catalina Menjívar, de 73 años.
Ella no viste traje tradicional, no habla el lenguaje pipil de sus ancestros de Santiago Texacuangos, San Salvador, y ni siquiera muestra rasgos indígenas marcados en su rostro.

Pero practicar la curación a través de la medicina natural, su marcada espiritualidad ancestral y el respeto que guarda hacia sus semejantes la hacen sentirse parte del remanente de la cultura indígena que se cree sobrepasa el 10% de la población salvadoreña.

“Yo siento que la parte indígena no es sólo la física, sino que es una forma de vida”, cree María Eugenia Aguilar, fundadora de Rescate Ancestral Indígena Salvadoreño (RAIS).
Este instituto ayuda y apoya a personas que como Catalina están descubriendo y enamorándose de sus raíces. En otras palabras, aquellos que luchan por encontrar su propia identidad.

Sebastián Morales, de 57 años, es uno de los promotores sociales comunitarios de RAIS en Santiago Texacuangos y está convencido de que la lucha no son los atuendos indígenas, sino el rescate de la cultura ancestral.

Y para eso, este instituto que nació hace 20 años con el nombre “Kal Tunal” (Casa del Sol), ha puesto y sigue poniendo en marcha una serie de iniciativas que buscan recuperar la dignidad y el lugar de pertenencia de los indígenas.

Y no sólo se trata de esos hombres que aún usan caites y sombreros de palma, ni de aquellas mujeres vestidas con refajo que acostumbramos a contemplar en las estampas.

No, María Eugenia Aguilar suele ir más allá. A su juicio, pensar que los indígenas sólo habitan en los pueblitos apartados de las ciudades es una concepción errada. “Ellos están inmersos en todo el territorio”, considera.

Entre los telares

El libro “Perfil de los pueblos indígenas de El Salvador” cita que a diferencia de otros países latinoamericanos, los pueblos ancestrales nacionales ya no tienen presentes los rasgos culturales con los que acostumbran a identificarse, como el idioma vernáculo y el vestuario tradicional.

“He enseñado a mis nietos y bisnietos el saludo de antes. ‘Buenos días, le dé Dios, mamita’, me dicen ellos”.
Catalina Menjívar
indígena

Incluso algunos oficios tradicionales, como el trabajo en los telares, los instrumentos que permitían a los indígenas tejer sus telas, están desapareciendo en algunas áreas donde tuvieron su máximo apogeo.

Entre esos municipios se encuentra Santo Tomás y Santiago Texacuangos, en San Salvador. Hace 60 años, cuenta José Roberto Castro, en esta última ciudad existían 1,200 telares de cintura y de palanca, pero ahora apenas se cuentan unos 15 que se niegan a morir.

La situación es igual en Santo Tomás. Por eso, el Instituto RAIS ha iniciado en esta zona el proyecto “Fomento para la inserción de jóvenes al mercado laboral, a través de la habilitación y el fomento de la cultura ancestral”.|

Con dos telares de palanca y cuatro de cintura, las descendientes de los nahua-pipiles residentes en comunidades como Casitas, Guaje, Potrerillos y Chantepe, de Santo Tomás, y Morro Grande, Tierra Blanca y Chaltipa, de Santiago Texacuangos, están reviviendo el trabajo de sus ancestros.

Claudia Vega, de 58 años, es uno de los cuatro maestros que tienen a su cargo la enseñanza de esta labor. Con inigualable paciencia revisa las primeras puntadas de María Ponce, quien está convencida de que esta iniciativa le ayudará a mejorar su estado económico y a revivir la cultura de sus abuelos.

“No se trata de tejer por tejer”, explica María Eugenia. Se busca que la gente recupere su dignidad, su memoria oral y su lugar de pertenencia. “Los colores del tejido hablan de la madre tierra; es toda una expresión gráfica”, agrega.

Otro de los proyectos que implementa RAIS es “Resurgimiento de la mujer indígena a través del empoderamiento de sus saberes ancestrales”. Además siguen luchando por el rescate de la curación por medio de la medicina natural y de la espiritualidad de los pueblos indígenas.

Todos estos esfuerzos están disminuyendo la invisibilidad de esta población en el país. “La vida indígena no tiene que ser objeto del folclor, porque este se admira, pero no se vive. Y esto está cambiando”, subraya Jorge Rivas, coordinador de educación de RAIS.

El eje de RAIS
La cosmovisión o la espiritualidad de los pueblos indígenas es el principal campo de acción del instituto RAIS. “Queremos que los rituales dejen de verse como una brujería”, dice María Eugenia.
Según ella, en la espiritualidad de los indígenas está la forma más clara del respeto. Es una forma de conducirse en la vida. “Es reconocer que somos obreras y obreros de la vida”, añade. Sus templos son la naturaleza; los cerros, los lagos, los ríos. Ellos sienten al mundo vegetal, animal y mineral como pueblos vivos.

Características de un indígena
Según el “Perfil de los pueblos indígenas de El Salvador”, los antropólogos identifican a los indígenas, aparte de sus rasgos físicos, por lo siguiente.
- Hablan español como primera lengua y en el caso de los nahuat-pipiles, algo de su lengua pipil.
- Se visten como campesinos, aunque son las ancianas las que más conservan sus trajes tradicionales.
- Se caracterizan por su marcada espiritualidad ancestral.
- Son reconocidos como tales por otros indígenas.
- Utilizan herramientas propias y hacen artesanías propias.
- Son receptores y transmisores de la tradición oral.
- Demuestran reverencia por la tierra como parte de su cosmovisión indígena.

Catalina Morales cura las enfermedades de la gente con medicina natural, no con el fin de lucrarse sino de servir.
Roberto Castro es uno de los maestros que enseñan el manejo de los telares en la ciudad de Santo Tomás.
“Dios manda cuidar la naturaleza”,
dice Sebastián.


“Él me devolvió el rostro”

María Eugenia Aguilar tuvo su máxima inspiración en el tata Adrián Inés Chávez.

A María Eugenia Aguilar, de 56 años, no se le puede más que llamar acérrima de los indígenas.
Como fundadora y directora ejecutiva del Instituto RAIS ha encontrado su verdadero rostro y ha liderado una lucha por ese sentir que se lleva en el corazón.

¿Qué la llevó a iniciar el camino en pro de las comunidades indígenas?

En especial me motivó haber nacido y pasado los primeros años de mi vida en una selva de Guatemala, donde habían llegado mis padres procedentes de El Salvador. Allí estuve en comunicación con los pueblos indígenas, hasta los cinco años que llegué a la ciudad.

¿Cómo recuerda ese encuentro con la ciudad?

Llegar a la ciudad fue para mí impresionante. Fue chocante percibir la forma de vida de la gente, competitiva y alejada de la vida comunitaria de los indígenas.
No se me olvida ese olor que sentí en la ciudad, un olor que me provocaba vómito. Ahora entiendo que ese rechazo no era más que ese cambio de ambiente.

¿Cuándo descubre esa necesidad de luchar por los pueblos indígenas?

Fui creciendo y siempre sentía esa orfandad; era como el sentirse fuera de sitio. Más tarde comencé a escribir poesía y un día de tantos, cuando tenía 24 años, enseñé mis escritos a un doctor en educación que vino a El Salvador procedente de México.
Él me orientó para que conociera a un abuelo maya quiché de Guatemala, conocido como tata Adrián Inés Chávez con quien más tarde quedamos de encontrarnos.
Era pequeñito y un gran sabio. Al vernos nos abrazamos y sentí que él me devolvió el rostro. Él me llevó a las montañas de Quezaltenango y conocí a las familias indígenas. Así inició mi camino.

¿Cuándo comienza la obra RAIS?

En 1980, asistí al encuentro “Canto a la tierra” realizado en Arizona, Estados Unidos, donde se reunieron indígenas de América. El próximo se programó en el país.
Se llamó “Tú eres mi otro yo” . A partir de ahí hacíamos seminarios sobre cultura .
Primero surgimos como “Kal Tunal” o “Casa del Sol”, pero más tarde, en 1994, por decisión de los Consejos de Ancianos y Ancianas, nos constituimos como RAIS.


Indígena desde la sangre

Sebastián dice ser miembro del Consejo de Ancianos Indígenas del Continente.

Sebastián Morales, de 57 años, se considera indígena no sólo por el cotón y los caites que suele vestir mientras camina por las calles de su natal Santiago Texacuangos. Más allá de eso, en la sangre que corre por sus venas se halla ese código que le encanta representar.

¿Cuál es la lucha que como indígena sigue a diario en su comunidad?

Como promotor social comunitario de RAIS mi trabajo es hacer conciencia a la gente para que entiendan y respeten nuestras tradiciones ancestrales. Yo lucho por cuatro generaciones y llevo el mensaje del respeto.

¿Por qué es tan importante el respeto para los indígenas?

El respeto es lo más importante. Yo puedo andar vestido de indio, pero por dentro ser lobo rapaz. La conciencia no la hace el traje. Es por eso que nosotros no exigimos atuendos indígenas, sino el rescate de nuestra cultura.

¿Hacia quiénes piden respeto?

Pedimos respeto por todo ser viviente. Queremos que paren los materialismos y las deforestaciones. Queremos renegar por los transgénicos, pues como indígenas estas nuevas formas de cultivo nos quieren invadir.
¿Cuántas plantas ya están patentizadas por grandes personajes de allá arriba? Sabemos que las aguas y las plantas no pueden tener dueño. Hacer conciencia de ello es nuestra tarea.

¿Qué costumbres indígenas perduran en la actualidad?

Los trabajadores del campo siguen preparando y sembrando sus tierras como lo hacían nuestros antepasados.
Otra tradición es el alimento que todos los días se toma en la mesa. Este momento es sagrado, pues se celebra una misa al tomar el alimento. Ahí hay una continuidad de lo que hacían nuestros indios.
La otra similitud es que seguimos necesitando a la madre tierra, el fuego, el agua y el aire.

Como comunidad indígena, ¿qué beneficios han recibido de RAIS?

Ellos no sólo nos han despertado el interés por buscar nuestras raíces, sino que han servido de enlace para que otras organizaciones centren aquí sus proyectos para trabajar por el mismo fin.

 



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