Edición del 8 al 15 de agosto de 2004

Emoción y riesgo definen a estos hombres que desafían la velocidad
y realizan las más complicadas acrobacias con un fin común: ayudar
a gente necesitada.

Tania Urías
Fotos: Arely Umanzor

Por la mañana y de lunes a jueves son contadores, cerrajeros, vendedores de ropa, ingenieros, mensajeros, laboratoristas y mecánicos, pero los viernes por la noche se convierten en miembros del club de los rebeldes.

Son 45 hombres entre los 22 y los 64 años que han hecho de la conducción de motos toda una pasión.

Son adrenalina pura una vez toman una carretera abierta, capaces de pararse en la motocicleta en plena marcha o manejar sin usar las manos.

Realizan peligrosos giros, deslizan el escape de sus motos sobre el pavimento produciendo una estela de chispas, se dejan caer hacia atrás mientras conducen confiados, como si tuviesen los ojos cerrados.

Por su atuendo, vestidos de negro, con chumpas de cuero y botas vaqueras, pañuelos amarrados a sus cabezas y lentes oscuros, parecen una banda de pandilleros peligrosos. Sin embargo, al conocerlos de cerca se descubre a seres comunes y corrientes amantes de la velocidad y del riesgo.

“Cuando la gente nos ve nos tienen miedo; piensan que somos drogadictos, pero no, nuestro primer lema es no a la drogadicción, no al alcoholismo, es de hecho un requisito para ingresar”, cuenta don Jorge García, miembro fundador del club.

Esto no quiere decir que todos sus integrantes sean abstemios, sino que a la hora de rodar deben estar totalmente sobrios.

Hombres, mujeres y niños participan del club. Son familias completas que disfrutan de la misma pasión por las motos y por la velocidad.

El club está integrado por hombres, pero sus esposas, hijas y novias participan, ya sea como acompañantes o realizando acrobacias, uno de los atractivos del club.

Regina de Gómez en una de ellas. Cada viernes acompaña a su esposo a las reuniones, y Katia, la hija de ambos, de nueve años, es una de las estrellas en las acrobacias.

“Las primeras veces que vine pensaba que todos ellos eran gente loca, ahora me encanta y mi hija es la más entusiasmada, Me daba miedo que se cayera, pero ahora ya me acostumbré”, cuenta orgullosa.

Y es que tanto ella como el resto de mujeres han aprendido a aceptar esta singular afición de sus maridos o papás. Detenerlos sería como colocarlos en una prisión.

“Algunas hasta vienen y gozan de venir así rápido, otras pobres se quedan preocupadas en la casa, pero saben que no hay manera de quitarnos ese gusto de sentirnos como que somos los dueños de la calle”, resume Miguel Gómez, mensajero de profesión.

Rebeldes con causa

El “Club de Motociclistas Rebeldes sin Causa” es una organización sin fines de lucro que busca reunir a hombres —o mujeres— que gusten de montar motocicletas y estén dispuestos a recorrer el país y a divertirse un poco.

Los amantes de los bólidos de dos ruedas transitan por las calles capitalinas.

Se fundó inicialmente como un grupo de amigos, sin más interés que rodar sus motos y pasar un buen rato.

“Íbamos a una calle cualquiera y nos poníamos a hacer acrobacias o en plena carretera hacíamos piruetas.

Era por el simple placer de divertirnos y ser aplaudidos”, cuenta Carlos Ramos, contador de profesión y miembro de la directiva.

Sin embargo, tiempo después entendieron que salir a la calle a divertirse no era suficiente y debían aprovechar la enorme acogida de la gente para hacer el bien.

Pronto descubrieron hacia dónde enfocar sus esfuerzos. Unos amigos de la iglesia católica San Antonio de Padua invitaron a Jorge García y a su familia a visitar el hogar del Padre Vitto Guarato. Los niños ganaron su corazón.

“Fui sin las motos y se me ocurrió que podíamos llegar y darles vueltecitas a los niños, y vaya que fue un éxito”, cuenta don Jorge.

“La primera vez que llegamos, los niños no salían de su asombro y al dar la vuelta en las motos, muchos hasta lloraron. Fue mágico para ellos; no decían nada, pero podíamos sentir su alegría, nos apretaban y nos abrazan”, agrega José Carlos Cruz, mecánico de 30 años.

A partir de ahí no cesaron las llamadas invitándoles a distintos hogares infantiles para que les dieran un pequeño paseo a los chiquitines.

Convencidos de que más que la vuelta en la moto, había que llevarles más alegría, comenzaron a realizar exhibiciones para fiestas patronales o privadas en las que el único cobro es piñatas o dulces que luego utilizan en las fiestas altruistas que realizan.

Uno de sus objetivos es llevar alegría a los necesitados.

Ahora el club tiene una agenda llena, no sólo de exhibiciones, sino de invitaciones a hogares infantiles e incluso asilos.

Estas fiestas las realizan los fines de semana y siguen manteniendo el viernes como un día para practicar las acrobacias o pasear por la ciudad.

Así que la próxima vez que los vea no les tenga miedo, son salvadoreños comunes y corrientes que los viernes se transforman en rebeldes para divertirse y divertir al numeroso público que se detiene a admirarlos.


Tania Urías
Fotos: Arely Umanzor


Pasión sin límite

Jorge García es el presidente y fundador del club. De niño limpiaba las botas de su tío para que éste le pagara con una vuelta en motocicleta. Dice que el amor por las motos es tal que ha tenido conflictos con las mujeres.
“Una vez me caí y mi ex esposa me dijo: ‘Las motos o yo’, y me divorcié de ella”, cuenta.
Su nueva esposa también siente celos de “su rebeca”, como llama a su moto policial. “Un día, mientras la estaba limpiando me dijo: ‘si querés subí la moto a la cama y dormís con ella’ ”, cuenta con una carcajada este padre de dos niños que también participan de las acrobacias.
Afición para todos

Gerardo Flores tiene unos hermosos ojos verdes que parecen brillar más cada vez que hace una de sus impresionantes acrobacias.

A sus 23 años es capaz de conducir sin manos o de pararse en el asiento de su motocicleta en plena marcha, dice que no hay nada que lo haga más feliz que rodar por las carreteras.

Él desmitifica la idea de que este tipo de afición es cosa de ricos. Gerardo es vendedor de ropa en la calle Ruben Darío y aunque con sacrificio logra mantener su moto en pie como un sueño que tuvo desde niño.

Durante el día vende ropa en el centro y los viernes por la noche se viste de negro y echa a un lado el estrés de su agotador trabajo.
“El abuelo Martín”

Su nombre es Arnulfo Bejarano, aunque sus amigos le llaman el abuelo Martín por su incansable energía. A sus 64 años es el mayor integrante de los rebeldes. Aprendió a andar en motos desde que era adolescente, participó en competencias profesionales y resultó varias veces campeón. Dueño de un pequeño negocio de reparación de vásculas se integró al club hace apenas cuatro meses. Si bien sus hijos y su familia le regañan, él dice que subirse a una moto y viajar a más de 100 kilómetros por hora le hace sentirse vivo y joven. “Yo digo que yo voy a morir rodando”, dice satisfecho, mientras se acomoda su larga cabellera blanca.

Cuestión de equipo

u El club nació el 16 de febrero de 2002 con cinco miembros que eran clientes de don Jorge García, mecánico de profesión y amante de las motocicletas.
u Cada miembro paga el mantenimiento de sus motos y la gasolina que gasten cada vez que salen; además cada viernes cancelan una cuota de 50 centavos que sirve como fondo de emergencia.
u Los Rebeldes tienen reglamentos, por ejemplo en carretera a nocirculan a más de 100 kilómetros.
u Otras reglas son no utilizar como excusa que sale de su casa para reunirse con los miembros del club y se va para otra parte.

¡Me voy a caer!

Acaba de terminar una tormenta y el viento helado me golpea el rostro mientras hay un grito ahogado en mi garganta. Intento sujetarme y hay una fuerza que me hala por debajo de mi cintura, hacia atrás. ¡Me voy a caer!, pienso.

Sin encontrar lugar seguro donde sujetarme meto las manos en los bolsillos de la chaqueta del motorizado. Lo hago tan fuerte que pienso que voy a romperla. “A mí me dan miedo las motos”, le explicó con sinceridad.

Él ignora mi comentario, sonríe orgulloso y tambalea la motocicleta de un lado a otro,mientras yo cierro por momentos los ojos y sigo conteniendo un grito mezcla de emoción y de miedo.

Cuando por fin me he entregado al placer de viajar con el viento golpeándome el rostro y al peligroso bamboleo del recorrido ya no quiero bajarme. Sin embargo, debo tocar piso. Con las piernas temblando, me bajo y echo un vistazo al grupo.

Familias completas vestidas de negro que se pasean por la ciudad a toda velocidad, que buscan dulces y piñatas como recompensa para llevarlas a niños necesitados.

Es difícil creerlo, pero es así: aunque durante el día sean seres comunes y corrientes, todos los viernes por la noche las motos los llevan a un mundo aparte, donde reina la velocidad y el riesgo.


 



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