Edición del 7 al 14 de noviembre de 2004

Hay calabazas iluminadas en las fachadas de las viviendas mientras niños y adultos recorren el pueblo para pedir ayote en miel, vestidos con los más espeluznantes disfraces. No es “Halloween”, sino una tradición que se celebra en Tonacatepeque desde hace 70 años.

Tania Urías
Fotos: Arely Umanzor


A las siete de la noche, un grito rompe el silencio del pueblo: “¡Ay, mis hijos; ay, mis hijos!”, clama una pequeña figura vestida de blanco y con un rostro cubierto de cal.

“¡Ay, mis hijos!”, grita, y persigue a los pobladores que entre risas y asombro huyen despavoridos por los oscuros callejones.

Tras la llorona, el Cipitío, ajeno a sus gritos, recorre con aire inocente las adoquinadas calles del pueblo y se tambalea con sus pies volteados.

Su enorme sombrerón apenas muestra su rostro regordete y moreno mientras se come un guineo majoncho y tira piedritas a cuanta señorita encuentra al paso.

Su madre, la Siguanaba, viene tras él, moviendo coqueta sus enormes chiches, se ajusta el largo cabello y deja escapar sus macabras carcajadas, abrazando a cuanto hombre logra alcanzar.

Con ellos también se pasea el cura sin cabeza que conversa con el justo juez de la noche y vigila de cerca al perro negro de enormes ojos rojos, el cadejo “malo”.

De cerca se escucha la carreta chillona que arrastra sus cadenas y va cargada de huesos que lanzan conmovedores lamentos.

Es uno de noviembre y como todos los años, estos personajes mitológicos han llegado hasta Tonacatepeque —a 21 kilómetros de San Salvador— para celebrar la ya tradicional fiesta de las calabiuzas.

Es el único día del año y el único lugar del país donde se les puede ver a todos reunidos, persiguiendo a la gente y asustándolos mientras la música de pitos y tambores los hace bailar junto a otros estrafalarios personajes que también acuden a la fiesta y se mezclan con ellos.

Ahí van también un hombre lobo, un vampiro, varias brujas y calaveras con sus inseparables guadañas que representan a la muerte.

Los lugareños se asoman a puertas y ventanas para verlos pasar y el pueblo entero se llena de algarabía y fiesta.
A su paso por las viviendas aprovechan para hacer algunas travesuras y acosan a las muchachas bonitas que gritan sorprendidas o persiguen a algún distraído que termina riendo en una esquina.

“Ángeles somos, del cielo venimos, pedimos ayote para nuestro camino mino”, cantan en un ya popular estribillo, en espera de que los lugareños les regalen ayote en miel y chilate.

Estrafalarios personajes se mezclan con los autóctonos. La noche es de terror y de risas.

Al rescate de las tradiciones

Se le conoce como la “Fiesta de la calabiuza del ayote” y se celebra cada primero de noviembre desde hace unos 70 años.
Es un día en el que niños y adultos juegan a representar por una noche a todos esos personajes de leyenda que tantos sustos y alegrías nos han brindado a lo largo de generaciones.

Por varios meses preparan disfraces que representan a nuestra mitología cuscatleca y ensayan pequeños guiones dispuestos a participar de la celebración.

Inicia desde la madrugada del día primero. Doña Rubia Alvarado, una alegre y conversadora mujer que nació y creció en Tonacatepeque, es la encargada de comandar a media docena de mujeres que junto a ella preparan el platillo principal de esa noche: ayote en miel y chilate.

Desde las cinco de la mañana, las mujeres cortan en pequeños trozos los 250 ayotes que luego se cuecen con pimienta, comino, canela, jengibre y dulce de panela.
A media tarde, el patio de la alcaldía está inundado de un inconfundible olor dulzón y el delicioso manjar listo para ser repartido entre los habitantes.

A eso de las siete, la Siguanaba, el Cipitío, el justo juez de la noche, la carreta chillona, el cadejo y otros tantos se reúnen en la entrada del pueblo para recorrer las estrechas calles y asustar a los pobladores.
Doña Isabel Espinoza, de 83 años, y doña Rosa Emilia Anzora, de 84, originarias de Tonacatepeque, vecinas y amigas desde niñas, disfrutan tanto de la fiesta como en el pasado.

Frente a la municipalidad, el grupo “Tonactepec” deleitó a los participantes de la fiesta.

“Esto es viejo. Yo cuando era niña salía a pedir ayote vestida de Siguanaba... Ahora son los nietos los que salen, pero sigue siendo bonito”, dice doña Isabel, mientras su amiga y vecina de toda la vida aprueba sus palabras.

Y es que esta es una tradición con más de 70 años de antigüedad, y aunque no se conoce el origen exacto se cree que su objetivo es celebrar el día de todos los santos y agradecer a la madre Tierra por las cosechas.

“Está ligada a una fiesta de productividad de la naturaleza, de la cosecha de los ayotes, del pipián, que se da en estas fechas... No tiene nada que ver con el ‘Halloween’. Su origen es autóctono y busca enseñar a los niños las tradiciones nuestras”, aclara Miguel Ángel Polanco, uno de los organizadores.

Para él lo más importante de esta fiesta es rescatar nuestro patrimonio y enseñar a los niños sobre nuestras leyendas. De ahí que se organicen concursos y se premie al mejor disfraz y a la mejor representación del personaje mitológico elegido.

Aunque por ahora no más de 100 personas participan, el objetivo de la alcaldía, así como de algunos colaboradores es rescatar esta tradición que recoge la riqueza e idiosincrasia de nuestra cultura.

Los organizadores

* Se cree que la fiesta se celebra desde 1920; sin embargo, durante el periodo de la guerra fue suspendida y no fue sino hasta inicios de los 90 que tres lugareños volvieron a rescatarla: don Ramón Batres, Pedro Funes y el periodista René Estrada.
* Para este año fue la alcaldía la que organizó el festejo, premió los disfraces y repartió el ayote y el chilate.
* Los premios iban de 15 a 75 dólares para los primeros lugares y se evaluó el vestuario y la creatividad a la hora de representar al personaje.

Manuel Mendoza Centeno, de 24 años, ha personificado al Cipitío los últimos tres años.
La carreta chillona es una de las representaciones más admiradas durante esa noche.
Gritos y sonoras carcajadas acompañan a la inconfundible y coqueta Siguanaba.
Catorce peroles de ayote en miel de panela fueron preparados para la fiesta.



 
 


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