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Edición
del 7 al 14 de noviembre de 2004

Como
viejos caminantes nos detenemos este día, y vemos que
las cosas ya no son como antes; hemos caminado poco y hemos
destruido mucho, pronunció el abuelo Fermín
Gómez ante los presentes que esa noche se dejaban acariciar
por el resplandor de la luna.
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Indígenas
de cuatro etnias de Centroamérica rindieron culto
a la madre Tierra, al fuego y al agua en plenas montañas
de El Salvador.
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Él vino desde Momostenango, Totonicapán, Guatemala,
junto a cuatro mayas quiché más, para dirigir
la ceremonia Reencuentro con el espíritu del
agua.
También participaron indígenas de otras etnias
como los kunas, de Panamá; los lencas, de Honduras,
y los pipiles de El Salvador.
El escenario no se escogió al azar: un predio de La
Montañona, en Chalatenango, bordeado de una densa vegetación,
con un nacimiento de agua en el centro y con siete manantiales
que fluyen en sus alrededores, propicio para venerar este
elemento, considerado como sagrado por los indígenas.
El encuentro fue organizada por el Instituto para el Resurgimiento
Indígena Salvadoreño (RAIS). Esto va por
los cerros, las montañas, los ríos y los petrograbados
descubiertos aquí; por todos los sitios sagrados,
exclamó la directora María Eugenia Aguilar en
una reunión previa a la ceremonia.
Era la noche de un sábado delicado, denominado
Keme y conocido como día de la muerte,
según el calendario maya. La luna recién asomaba
entre las nubes de tonos negros, el viento soplaba con disimulo
y los presentes aún levantaban las tiendas de campaña
donde reposarían antes del encuentro programado para
la madrugada.
La llama de una vela se retorcía en el cuadro que se
había escogido como santuario para la ceremonia. En
las cuatro esquinas se habían enterrado vacijas con
agua de mar, de río, de lluvia y de nacimiento. Era
sólo una de las peticiones del abuelo Fermín.
Una voz, la de una mujer camuflada por la oscuridad, interrumpió
las charlas de la gente que había llegado, sobre todo
de Chalatenango y de la capital. En breves minutos el
abuelo Fermín va a dar una conferencia, se oyó
decir.
A las ocho de la noche, ya cuando la fogata iluminaba el entorno
y los presentes se habían organizado en un círculo,
el abuelo Fermín se acercó con sus acompasados
pasos. Iba con su traje indígena, y un rollo de collares,
coloridos y resplandecientes se dejaban caer sobre su pecho.
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La
sacerdotisa maya quiché Floridalma derrama incienso
sobre la fogata.
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Él
no quería estar solo. Luego de invitar a los hermanos
de la región para que se pararan a su lado, dio un
paso adelante y comparó la llama del fuego con la unidad
que debe existir entre todos los seres humanos.
Entre el agua y el fuego
¿Qué hemos hecho para preservar el agua, los
volcanes, las cuevas y los cantos de los pájaros?,
se preguntó ante el silencio de los oyentes. Después
explicó que los seres humanos son como la madre tierra.
¿Qué vamos a hacer si nos extraen la sangue
que corre por nuestro cuerpo?, volvió a interrogarse.
Así es la madre Tierra; sin nacimientos y sin
ríos no hay vida para ella, dijo. Habló
del irrespeto que las nuevas generaciones tienen hacia el
agua y de la responsabilidad que deberían asumir al
cuidarla y preservarla, pues de eso depende la vida de nuestros
hijos.
Elevó las manos y se paseó en dirección
del fuego. En algún momento citó el ejemplo
de sus antepasados, los mayas que habitaron sitios arqueológicos
como Tikal y Quiriwá, cuyo colapso, según las
investigaciones arqueológicas, pudo deberse a la sequía.
Una hora después abrió el espacio para responder
a las inquietudes de los presentes. ¿El agua tiene
varios espíritus? Es diferente el del mar, el de un
lago, el de un río... ¿El agua contaminada ya
no tiene espíritu? Lo tiene, pero llora hasta que se
esconde y se marcha.
La sacerdotisa maya Aída Floridalma Acabal, esposa
del abuelo Fermín, caminó en dirección
del fuego. Se hincó y se santiguó ante él,
antes de derramar el incienso que de inmediato comenzó
a regar su aroma en el ambiente.
Los tambores y las guitarras del grupo de música andina
Tanessi (sol que nace), originario de Santiago Texacuangos,
anunciaron el momento más colorido de la reunión.
La comisión de honor (representada por los indígenas)
danzó alrededor del fuego, al compás de la música.
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El
abuelo Fermín tiene cuarenta años de haberse
convertido en sacerdote maya quiché.
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Que
esta noche, al contorno del fuego sagrado, se nos quiten los
resentimientos y que se nos abran nuevos caminos, pidió
el abuelo Fermín, antes de invitar al público
para que en grupos de trece se tomaran de las manos y rodearan
la fogata.
Mientras sonaban melodías como Flor de un día
y Boquerón abandonado, la gente comenzó
a alejarse hacia las tiendas de campaña para dormir
un rato.
A las cuatro de la madrugada debían estar de pie para
presenciar la ceremonia. Eran las once de la noche y la luna
había llegado al centro del cielo.
Ofrendas a la madre Tierra
Las horas de descanso se fueron volando. Conforme se hacía
de madrugada, el frío se volvía más intenso.
A las cuatro de la mañana iniciaron los preparativos
para la ceremonia; mujeres y niños deshojaron pétalos
de flores y acomodaron en el suelo las candelas de diferentes
colores.
Los representantes de las etnias dibujaron un círculo
sobre el suelo, sobre el que más tarde pondrían
las ofrendas a la madre Tierra. El copal y el cuilco, entre
otros inciensos traídos de la selva de El Petén,
Guatemala, también era desempacado de las cajas.
Ya cuando los regalos, las candelas, el incienso, el agua,
los pétalos de flores, la hierba y el ocote se habían
terminado de colocar, los indígenas, guiados por el
abuelo Fermín, se ubicaron en derredor de la madre
Tierra.
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Indígenas
maya quiché dan gracias por las bendiciones de
la madre Tierra.
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El sacerdote
maya quiché se paró en dirección de los
cuatro colores de las velas, ubicadas en la esfera, que representaban
los cuatro puntos del universo (oriente, poniente, norte y
sur).
Oh madre Tierra, que los colores rojos purifiquen nuestra
sangre y nuestro espíritu, esbozó el abuelo
Fermín. Vamos a invocar el negro para que nuestro
recuerdo quede en las plantas, agregó.
Los rayos del sol ya ayudaban a contrarrestar el frío.
Mientras el fuego cubría las ofrendas, grupos de personas
lanzaron candelas y pétalos de flores a la hoguera
que cada vez se hacía más grande.
En los minutos posteriores, la sacerdotisa Floridalma entregó
un compuesto de hierbas a quienes quisieron pedir deseos al
tiempo que lo tiraran al fuego.
Los jóvenes maya quiché, Francisco Rodríguez
y Bernardino Nájera, organizaron la ceremonia común
de ánimas en conmemoración a los abuelos fallecidos.
Los abuelos muertos nos oyen y nos miran, explicó
Francisco Rodríguez, coordinador de los sacerdotes
en Samayac, Suchitepéquez. A esa hora, el abuelo Fermín
recibía presentes ceremoniales: frutas, vegetales,
víveres y artesanías como muestra de agradecimiento.
A unos metros de esa escena, César Alas Flamenco, del
caserío La Montañona, hablaba de la enseñanza
de la actividad. Esto nos ayuda a seguir creyendo en
la protección del bosque, de los nacimientos y en el
fortalecimiento de la cultura, relató ya casi
al final, justo cuando del círculo sólo quedaban
las cenizas.
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Sacerdote
maya quiché
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El
abuelo Fermín, de 62 años, pertenece al
pueblo maya quiché, la etnia más grande
de las 23 que existen en Guatemala.
Su trayectoria como defensor de los indígenas ya
ha dado varios pasos.
Fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente que
promulgó la Constitución Política
de Guatemala, diputado del Congreso y presidente de la
Comisión de Comunidades Indígenas en Guatemala.
Ha participado en conferencias sobre el tema indígena
en varios países de América y Europa, y
ahora es miembro del Consejo de Ancianos de la Universidad
de Guadalajara, México.
Considera que a fuerza de lucha, los indígenas
de Guatemala se han hecho escuchar ante la Organización
de las Naciones Unidas. Pero, según él,
aún hace falta que los pueblos de América
conozcan las raíces de su cultura. Sólo
así podrán escribir su propia historia,
dice. |
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Algunos símbolos
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Alrededor del fuego siempre deben caminar trece personas,
porque la cultura maya enseña que en el cuerpo
humano existen trece gonces, trece centros donde se
entrelazan las energías.
* El calendario sagrado maya tiene 260 días,
está formado por un mes de veinte y cada día
también tiene trece energías. La multiplicación
de 13 por 20 da 260 días, el tiempo que dura
el ser humano en el vientre.
* En los alrededores de la montañona se hallan
petrograbados, en los que se ve a una mujer con una
serpiente emplumada.
* La Montañona es considerada por los indígenas
como un lugar sagrado debido a que convergen siete centros
energéticos. Estos no son más que siete
manantiales: Pacay, Azambio, Tamulasco, Platanillo,
Guastena, Quebradona y Laguneta.
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Agua sagrada
La
ceremonia fue organizada por el Instituto RAIS para
culminar el proyecto Reencuentro con el espíritu
del agua. Este fue apoyado por la Agencia Suiza
para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE)
y la Mancomunidad de La Montañona.
María Eugenia Aguilar detalla que por los menos
unas 200 personas participaron en los talleres desarrollados
en los siete municipios que comparten sus tierras en
La Montañona, entre ellos Concepción Quezaltepeque,
El Carrizal, Comalapa y Las Vueltas.
En la gente está dormida esa identidad
antigua de ver el agua como algo sagrado, cree
Mónica Husser, asesora técnica de COSUDE.
Es por eso que decidieron financiar el proyecto en esa
zona donde proliferan los incendios, la frontera agrícola
se está agrandando y hay contaminación
por el uso de agroquímicos.
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Significado
de los colores
Los
cuatro colores representan las cuatro direcciones
del universo. Además, al centro del círculo
se ubican las velas verde y azul, que simbolizan el
corazón de la madre Tierra y el centro del
cielo.
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A
Rojo: la parte viva del cuerpo donde late nuestro
corazón.
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B
Negro: es el poniente, donde se oculta el sol,
el descanso, la muerte.
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C
Blanco: es el oriente, de donde viene la claridad,
nace la vida y el sol.
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D
Amarillo: donde crece la semilla, todo lo que
fertiliza a la madre Tierra.
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Indígenas
maya quiché de Guatemala colocan hierbas, incienso
y velas. Las ofrendas que ese día se ofrecieron
a la madre Tierra.
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Visitantes
se calientan a la luz de las velas antes del inicio
de la ceremonia programada para las primeras horas de
la mañana.
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Un
niño residente en La Montañona lanza velas
al círculo que arde en llamas, como una forma
de dar presentes a la madre Tierra.
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Ceremonia
de las ánimas, quema de velas de cebo para
recordar a los abuelos muertos.
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