Edición 5 al 12 de diciembre de 2004

Sus voces y sus vibrantes instrumentos siempre han cantado al amor, a las reconciliaciones y a las penas de la gente. Ahora son sus almas las que duelen porque ser mariachi también tiene sus tristezas.

Morena Rivera
Fotos: César Avilés y Luis Villalta



Igual les sale una melodía actual que una de la época del romance, sorprenden el sueño de las novias con sus tonadas; gracias a sus serenatas, las parejas con desavenencias vuelven a reconciliarse y hasta cantan para complacer el último deseo de un difunto.

Distinguidos por su traje peculiar: pantalón y cinturón con galas, camisa, moño, chamarra adornada, botas y charro, estos músicos no han sucumbido al paso del tiempo. Siguen tan vivos como las melodías que arrancan a los instrumentos que ejecutan.

Lo que ha cambiado nada tiene que ver con sus vocaciones, con esa habilidad para el canto y para la música, con esas ganas de trasnochar, de situarse bajo la luz de la luna para esperar un contrato, de irrumpir el silencio al pie de una ventana o contribuir a la algarabía de una fiesta.

Ni mucho menos con la fortaleza para soportar los balazos al aire y hasta el agua que en más de una ocasión les han tirado desde un balcón como respuesta a sus tonadas. El tiempo se ha encargado de demostrarles que nada perdura para siempre y que el apoyo al mariachi casi nunca se ha asomado a sus puertas.

Existen por lo menos 70 mariachis a nivel nacional, según estimaciones del Sindicato Gremial de Artistas y Músicos Salvadoreños (SGAMS). Cada uno posee entre siete y nueve miembros, en total unos seiscientos músicos que luchan por vivir de este arte.

Cada grupo se rebusca a su manera. Los de mayor trayectoria y reconocimiento en el mercado esperan las escasas invitaciones con una llamada telefónica; hay otros que llegan a la plaza El Trovador, la del Mariachi y la gasolinera en el Bulevar de los Héroes con la esperanza de conseguir un contrato.

En esos sitios se bajan de microbuses rentados, intercambian alguna plática entre ellos mientras llevan su instrumento bajo el brazo, juegan cartas para hacer más llevadera la espera y palian el hambre con algún platillo que se vende en la calle.

A veces se retiran como llegaron, sin nada en el bolsillo; otras van felices porque la noche se ha pintado buena. De canción en canción o contratados por una hora han ganado lo suficiente para dormir felices las pocas horas que quedan antes de que llegue el alba.

El mariachi “Cuscatleco” se ha mantenido vigente después de 47 años de fundación.

Tiempos aquellos...

A las ocho de la noche de un viernes, los mariachis “Oriental”, “Oro y plata”, “Izalqueño” y “Estrellas de mi tierra” ya comparten espacio en la plaza El Trovador. José Antonio Rodríguez, primer cantante de “Estrellas de mi tierra”, hilvana historias y habla de la metamorfosis que su gremio ha experimentado en las últimas décadas.

Treinta años atrás, los mariachis eran contratados para dar conciertos hasta de veinte horas ininterrumpidas. “Ahora pagar uno se ha convertido en un lujo; la gente apenas pide una serenata”, dice José Antonio. En ocasiones sólo les queda el desvelo, el gasto de transporte y de comida; de dinero... nada.

Moisés Amaya Garay, del mariachi “Cuscatleco”, rememora que en esa época los cafetaleros y otros empresarios los contrataban hasta por cinco días. Tocaban para los trabajadores, en especial canciones como “El águila negra”, “La rama seca” y “El rey”.

Su arte inquietaba a los presidentes e inauguraban grandes hoteles, como el Sheraton y el Camino Real. Se presentaban junto a artistas mexicanos en el bar y restaurante “La Praviana”, en pleno centro de la capital.
Era una estancia de categoría donde trasnochaba el mariachi “Cuscatleco”, uno de los primeros en El Salvador. Ahora han convertido parte del edificio en oficina, con una entrada penumbrosa, escaleras mugrosas y puertas cubiertas de moho que no permiten imaginar lo que un día fue de lujo.

Allí cuelgan sus trajes con gala, guardan sus botas de medio uso y ensayan las canciones que van apareciendo en el mercado. También les queda tiempo para comentar la falta de apoyo gubernamental hacia los artistas nacionales. “Nadie es profeta en su propia tierra”, dice Stanley de la Paz García, primer cantante titular de la orquesta.

Más allá de esas desilusiones, los mariachis se sienten orgullosos de sus andanzas, como la vez que “El Nacional” arregló un desacuerdo entre el expresidente Fidel Sánchez Hernández y su esposa, sólo con sus voces y sus instrumentos.

Entraron de forma sigilosa al aposento de la dama e irrumpieron con un “Despierta, dulce amor de mi vida; despierta, si te encuentras dormida...”. Cuando llevaban la cuarta canción, ella abrió la puerta para recibir a Sánchez Hernández con besos y abrazos.

A veces cantan en algún barrio de clase baja y ante el pueblo. Otras ocasiones se presentan en grandes mansiones.

Entre alegrías y tristezas

El día de 1952 que los integrantes del primer mariachi, “El Salvadoreño”, salieron con sus trajes característicos por las calles de Soyapango, la gente se agolpaba detrás de ellos. “Erámos algo llamativo”, rememora Alberto Castellanos, ahora de 78 años.

A finales de los 50 ya habían surgido otros, entre ellos “El Cuscatleco”. Los primeros grupos que salían a las calles en busca de un contrato fueron tildados de vagos malentretenidos por la alcaldía. Eran llevados en los camiones de la basura y para dejarlos libres les exigían el pago de siete colones.

El sindicato que recién se creaba en ese entonces trabajó para cambiar la mentalidad de las autoridades municipales, y a partir de allí, los mariachis vivieron su etapa de gloria. Recorrían los pueblos y los teatros para ofrecer su música. Durante la navidad, los carros hacían fila para solicitar una de sus canciones.

“Fueron días maravillosos”, recuerda Pastor Orellana, integrante del mariachi “Guadalajara” y secretario de finanzas del sindicato.

En los 80 y en los 90, los días buenos se desvanecerse, hasta llegar a ser malos. De 13 contrataciones a la semana pasaron a tener sólo tres en la actualidad.

¿Cuáles son las razones de esa crisis que los mariachis dicen afrontar? Don Pastor Orellana cree que la gente que gusta de los mariachis ya no tiene capacidad de pago, pues el precio de una hora oscila entre $150 y $200.

La noche de un viernes está por culminar y el mariachi “Imperial” canta a una pareja de extranjeros que celebran sus once años de matrimonio. “Solamente la mano de Dios podrá separarnos...”, se oye resonar. La esposa se envuelve en sonrisas, quizás en recuerdos.

“Somos especialistas en hacer llorar; sabemos cuándo ser románticos o alegres”, resume Pastor Orellana. Para eso no tienen más que grabar en su mente todas las melodías que puedan porque la gente sólo pide. “Y nosotros sólo complacemos”, agrega.

Fiel a un solo grupo

Eugenio Portillo Escobar sigue fiel a su arte. Nunca se ha alejado del mariachi “Cuscatleco” desde que fue uno de sus fundadores, en 1957.

Dejó de tocar la guitarra y el guitarrón, los instrumentos con que incursionó por largos años, debido a que le llegaron a resultar muy pesados para su edad (84 años).

Eligió un instrumento más liviano, pero que le resulta igual de deleitable cuando uno de sus brazos baila sobre él. Su cuerpo cansado se mece al compás del violín y su mirada se ilumina cuando lo toca.

Fundó el mariachi “Cuscatleco” junto a los músicos Alberto Castellanos, Joaquín Méndez, Mauro Castillo y Luis Guerrero. De esa época guarda innumerables remembranzas, como el día que recibieron con su música al presidente estadounidense Lyndon B. Johnson.

Acompañaron las letras del cantante mexicano Javier Solís, han inaugurado la apertura de lujosos hoteles en la capital, recibieron a la famosa Lucha Villa en el aeropuerto de El Salvador y han llevado sus conciertos a Honduras, Belice y Guatemala,
Él no quiere dejar el mariachi, donde ahora es el segundo representante, pero sabe que muy pronto tiene que hacerlo, pues se siente cansado y las trasnochadas ya no son tan recomendables para su edad.

“Si dejo el mariachi voy a sumergirme en la tristeza”, dice. De hecho, en sus ratos libres prefiere estar en el estudio, en ese vetusto edificio que evoca recuerdos, aquellos de la época de gloria.

Precursor de los mariachis

Una tarde de 1952, Alberto Castellanos, fundador del primer mariachi de El Salvador, tocaba el violín en una de las calles de Soyapango. El alcalde quedó sorprendido y lo invitó a su próximo cumpleaños.

“Ay llevás el violín”, le dijo a Alberto. Durante el festejo se unió a los hermanos Méndez, quienes eran expertos de la bandolina y la guitarra. Los invitados se deleitaron con los tangos y los balses que ellos tocaban.

Poco a poco se reunieron más músicos. Una noche decidieron presentarse en el parque de la ciudad. La gente fue acercándose para escuchar, pues la falta de luz hacía que ver les resultara imposible.
Un comerciante se entusiasmó en esos días y les sugirió que formaran un mariachi. Les compró los trajes, las chongas, las chamarras, las botas y el cincho.

Los músicos aparecieron como el primer mariachi del país y la gente se aglutinaba a su alrededor. “Les resultaba extraño vernos con esas ropas”, cuenta Alberto.

Fueron contratados en una radio para acompañar a la rancherita Carmen Medrano, reunieron multitudes en los teatros y recorrieron los pueblos del país.

Para 1957 ya se habían desintegrado, pero la vocación artística llevó a Alberto y a otros músicos a formar el mariachi “Cuscatleco”.

Durante su carrera como violinista, Alberto pasó por varios mariachis. Hace tres años decidió retirarse debido a que padece de diabetes. Pero él no se queda tranquilo.

Pasa ejercitando uno de sus dedos, afectado por la artritis, que le molesta para tocar el violín. Sueña con un nuevo grupo. “Le voy a poner el Nuevo Perla”, dice. Si no lo hace, asegura, va a seguir sintiéndose muerto.

Génesis de este arte
Detalles al descubierto
- El 70% de los integrantes de un mariachi son hombres que sobrepasan los 40 años y han iniciado sus pasos en la música desde que eran niños.

- Un traje sencillo para mariachi cuesta ahora entre 125 y 150 dólares. Los charros se han dejado de uso exclusivo para los vocalistas.

- Estos músicos coinciden en que se trata de un trabajo duro, pues los atuendos se usan apretados y en la época calurosa resultan incómodos. Además tienen que desvelarse y estar parados durante las presentaciones.

- Son pocas las mujeres que han incursionado en estos grupos. Se cree que en la actualidad solo existe un mariachi integrado por mujeres.

- A pesar de que su fuerte son las rancheras, ellos están preparados para tocar otros géneros, como cumbia, baladas, boleros y merengue.
- Se cree que los orígenes de la música de mariachi se remontan a la época colonial en México. Se considera una mezcla de las orquestas teatrales españolas y los sonidos autóctonos indígenas.

- Originalmente, del siglo XVI al XVIII, estas orquestas estaban compuestas solo por violines, arpas y guitarras.

- Las teorías sobre el origen de su nombre son varias. Una de ellas es que la palabra mariachi se deriva de la plataforma en la que los músicos se subían a tocar, otra versión señala que viene de la palabra francesa mariage, que significa boda o matrimonio.
Algunos músicos prefieren dormir mientras esperan la llegada de algún noctámbulo que llegue en busca de una serenata.
Una pareja escucha el concierto del mariachi “Imperial” en las cercanías del Bulevar de los Héroes.






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