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Edición:
4 de enero de 2004

Colinas vestidas de
verdes pinares y una temperatura deliciosa se descubren
al llegar a Monteca, una pequeña región situada
al norte de La Unión.
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El
clima cálido de Monteca la ha convertido en el
hábitat propicio para el perenne florecimiento
de las plantaciones de pinos.
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El sofocante calor de La Unión se pierde
en el escabroso camino que lleva al alejado cantón
de Monteca.
Enclavada en la cúspide de un cerro, casi fronteriza
con Honduras, esta zona tiene entre sus principales bendiciones
un clima fresco y densas plantaciones de pinos.
Por mucho tiempo, estos delgados y gigantescos árboles
han brindado algún sustento a los escasos pobladores
que no pertenecen al grupo de los ganaderos, de los que reciben
remesas familiares de Estados Unidos y que ni siquiera poseen
tierras para el cultivo de granos básicos.
Ellos recolectan las rajitas de pino, conocidas como ocote,
muy utilizadas en la zona para no batallar al momento de encender
el fuego y quienes no cuentan con energía eléctrica
también las usan como fuente de iluminación
para librarse de la penumbra durante las noches.
Fernando Zavala Morales, de 70 años, un hombre de uñas
negras y pies agrietados que reposan entre unos caites de
hule, cuenta que cada año distribuye una carga de ocote
entre los habitantes de Monteca y en el mercadito de Polorós,
el pueblo más cercano.
Mientras raja un poco de leña, Fernando relata que
vende el tercio de ocote a 35 colones. De otro modo
no se agarra el pisto, dice. Para ganarse otros centavos
también recurre a trabajar en la agricultura, pero
en terrenos ajenos.
La mayoría, sin importar la situación económica,
utiliza la madera de esta especie vegetal para sostener los
tejados de barro de sus casas, y otros la comercializan para
fines industriales en la elaboración de todo tipo de
muebles.
Menos pobreza
Cada vez menos los habitantes de Monteca ponen las esperanzas
en la agricultura y en las plantaciones de pinares que se
han reproducido a lo largo de los años, de forma natural,
es decir cuando las semillas que se desprenden de los árboles
caen a la tierra y vuelven a germinar.
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José
y Edwin Palacios se mantienen con las remesas que les
envían sus padres.
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Gran
parte de los terrenos permanece inculto y sólo la hierba
silvestre se ha acordado de vestirlos durante este verano.
Ahí también pasta el ganado, señal de
que la ganadería aún guarda su esplendor en
la zona.
La otra forma de subsistencia está regida por las remesas
familiares. A partir de la década de los noventa y
con mayor concentración después del 95
se ha generado una emigración masiva de los lugareños
hacia Estados Unidos.
Aunque no se conoce el porcentaje de los que han dejado su
terruño, la mayoría de los que se han quedado
cuenta que tienen un hijo, un hermano, uno de sus padres,
un primo, un tío o un nieto en el país del Norte.
Los hermanos José, de 13 años, y Edwin, de 10,
viven con sus abuelos desde que sus padres se fueron hace
más de cinco años. Aunque en algún momento,
relatan, lloraron la partida de sus progenitores, este fin
de año se sienten felices porque su madre ha llegado
a visitarlos.
Con este fenómeno, el panorama ha ido cambiando de
color. Las viviendas que antes lucían sombrías
como el matiz del adobe sin encalar que formaba las pobres
construcciones, fueron derribadas y en su lugar se han edificado
casas de grandes corredores y paredes pintadas de distintas
tonalidades.
Se quedaron en el pasado
Pero no todo es color de rosa. Quienes no reciben ninguna
ayuda del extranjero han quedado atrapados en la falta de
empleos que existe en la región y sus carencias económicas
ahora son más marcadas que en el pasado.
Aquí nos sentimos abandonados, cuenta Miguel
Manzanares, de 82 años. Su nuera se encuentra a la
par suya y mientras carga al menor de sus tres hijos hace
un comentario: Si el hombrecito (el compañero
de vida) no trabaja, entonces no comemos.
Antes
de la emigración masiva hacia Estados Unidos, Monteca
no sólo se hallaba prisionera de la pobreza. Llegar
al centro del cantón requería una verdadera
proeza, pues la calle polvosa que ahora conduce hasta el nacimiento
del río Torola no era más que una vereda por
donde no transitaban los automotores.
Aunque Fernando Zavala suele renegar de su suerte, reconoce
que ahora viven en la gloria. Antes teníamos
que llevar los enfermos en hamaca, comenta. En la actualidad
cuentan con el servicio de buses que sobrepasan, incluso,
el riachuelo que más adelante se une con otros afluentes
hasta formar el Torola.
Sin embargo, parece ser que muchos de los moradores de Monteca
siguen viviendo en el pasado. Algunos apenas conocen las ciudades
más cercanas del norte de La Unión como Polorós,
Nueva Esparta y Anamorós.
Alfonzo Manzanares, de 22 años, y su esposa María
nunca ha visitado La Unión ni Santa Rosa de Lima. El
tío Miguel, a sus 82 años, dice haber conocido
estos lugares en sus tiempos mozos. Hoy ya no sé
cómo está todo por allá, admite.
Para elllos sólo existe la alegría una vez al
año cuando se realizan las ferias del cantón.
Entonces llegan las ruedas y gozan de la algarabía
de las fiestas. Los demás días amanecen cubriéndose
del frío y contemplando la neblina que se riega por
los pinares de la zona más fresca de La Unión.
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El
transporte colectivo ha facilitado el acceso
hacia este cantón de La Unión.
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El
mejoramiento de la situación económica
de muchos lugareños se muestra en el
surgimiento de nuevas construcciones.
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El
día que emprendimos el viaje por las tierras de
Monteca, Fernando Zavala Morales, de 70 años, despertó
nuestra atención con el lento hachazo que daba
a un tronco de árbol a punto de secarse.
Él es el reflejo de los habitantes que no tienen
ningún familiar en el extranjero.
En la vida todo se ocupa, dice. Comenta que
para sobrevivir recurre a trabajar en los cultivos de
maíz y frijol de los pocos terrenos que se cultivan,
en la recolección y venta de ocote y como rajador
de leña. De otra forma no se puede agarrar
el pisto, expresa.
Las personas que están socorridas son las que tienen
hijos en Estados Unidos y los que no deben salir adelante
con su propio esfuerzo.
Por ahora, una de sus esperanzas es la carga de ocote
que ha recolectado y guarda en la casa, pero reconoce
que hasta ese negocio está malo.
Hasta el momento no ha podido vender las rajas de pino
para viajar a Santa Rosa de LIma, donde piensa sacar el
Documento Único de Identidad (DUI). |
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