|

Edición
del 3 al 10 de octubre de 2004

El
arte de Benjamín tiene de rústico lo que tiene
de original. La raíz de bambú es su único
insumo, y aunque él trata de ceder a sus caprichos,
la creatividad es la que tiene la última palabra.
|

|
La belleza
y la perfección de las figuras no son características
en las obras de Benjamín Rivas. Las facciones son desuniformes,
las narices alargadas, los ojos promientes y los cabellos
encrespados.
Pero eso a él no le importa tanto; es más, lo
hace a propósito. Luego de tallar la raíz de
bambú, de formas grotescas y puntiagudas, ya no procede
a pulirlas. Eso se sale de su protocolo, muy distante de muchos
escultores que suelen buscar la delicadeza de las imágenes.
No. A él le apasiona lo grotesco de ese material que
redescubrió un día que caminaba por el cantón
Los Rodríguez, en su natal Santo Domingo, San Vicente.
Había salido al monte para divagarse entre el verde
y el aire fresco de la naturaleza. Al pasar por una colina
se encontró con un pedazo de vara de bambú,
que visto de uno de los lados tenía forma de caballito
de mar.
Se lo llevó a su casa y luego de tallarlo, con los
instrumentos convencionales de un escultor, lo convirtió
desde todos los ángulos en un caballito de mar.
Por esa figura le dieron diez dólares y los halagos
de sus amigos y conocidos lo animaron para que continuara
en la busca de raíces de bambú.
Sin embargo, para Benjamín no sólo era el momento
de poner en marcha su creatividad, sino de mantener el trabajo
de su padre. Era como darle mantenimiento a lo que llevo
en la sangre, dice ahora que ha pasado más de
un año.
Hijo de Víctor Daniel Rivas, un reconocido escultor
de imágenes en madera que al morir dejó su impronta
en iglesias de la zona, Benjamín también necesitaba
expresar su arte.
|

|
| Benjamín aprendió
el tallado en madera de su padre. Después de muchos
años decidió volver a practicarlo. |
Armó
su taller en el corredor de una casona de adobe y comenzó
a recolectar las raíces. Durante año y medio
ha pasado sentado frente a una tabla, cuatro horas al día,
dejándose llevar por los caprichos del bambú.
La mayoría de veces espera a que el material le dé
la idea. No sólo me dejo guiar por mis caprichos;
la forma de la raíz misma me da el esbozo de lo que
puedo hacer, detalla.
En busca de apoyo
Unas treinta figuras forman parte de la colección que
Benjamín ha reunido desde su incursión en esta
iniciativa. Entre ellos se halla la siguanaba,
un rostro con una sonrisa que deja ver los dientes, y una
nariz torcida y puntiaguda.
Un mono pintado de negro recostado de espalda, el extraterrestre
de ojos saltados, el primitivo con cara larga y deforme y
el elefante parado en dos patas son sólo otras de sus
creaciones.
El cabello de las imágenes casi siempre es simulado
con las partes más delgadas de la raíz y los
hoyos que quedan sobre los rostros nunca llegan a pulirse.
Trabajar así es más natural, es como mantener
lo grotesco del bambú que se esconde bajo la tierra,
añade.
Recordar el renombre de su padre al demostrar sus habilidades
en el tallado y poner en marcha su imaginación es algo
que no ha sido suficiente. Él ha buscado el reconocimiento
de la gente, dar a conocer su obra.
Pero también sabe que incursionar en el mercado con
ese tipo de artesanías no utilitarias es
más difícil. La Cámara Salvadoreña
de Artesanos (CASART) le ha ofrecido apoyo, como capacitaciones
y la participación en algunas ferias, pero hasta el
momento nada se ha concretado.
Él habla con entusiasmo de la figura que se llevó
a Bélgica un músico salvadoreño que vino
para participar en una actividad artística en una escuela
de San Esteben Catarina. Ese es el único lugar donde
lo han invitado a exponer.
En ese afán de darse a conocer, un día, durante
las fiestas patronales de su ciudad, decidió sacar
su obra para exponerla en el portal de su casa. Ahí
la gente la admiraba, pero fueron pocas las piezas que logró
comercializar.
La mayoría de veces vende sus figuras a gente salvadoreña
que reside en Estados Unidos y llegan al lugar para visitar
a sus familiares. Yo sé que los precios entre
10 y 25 dólares no resultan del todo accesibles,
dice.
Uno de sus objetivos es participar en la Feria de la
Innovación que promoverá CASART en los
próximos meses. Esa sería una puerta para salir
del anonimato. Sus demás expectativas se centran en
continuar cediendo a los caprichos del bambú.
| Su
primera vez con la escultura |
Benjamín
Rivas lleva año y medio buscándole formas
a las raíces del bambú. Originario de Santo
Domingo, en San Vicente, desde los cinco años estuvo
en contacto con la escultura en madera.
A esa edad, su padre lo ponía a lijar las imágenes;
después comenzó a hacer los cortes con sierra
y a tallar la madera.
Aunque por mucho tiempo la indecisión no lo dejó
incursionar en esta rama, ahora, a sus 46 años,
dice haber redescubierto que lleva esta inclinación
en la sangre.
|
| De
la tierra al barniz |
En
primer lugar, Benjamín escarba entre la tierra
para extraer la raíz del bambú. Este trabajo
lo hace él en el campo o la compra. No es una faena
fácil, pues sólo puede sacar entre dos y
tres al día.
Lava la raíz con un cepillo para quitarle todos
los residuos de tierra hasta que queda blanca. El secado
le lleva entre tres y cuatro meses.
Luego se sienta a observar el material para imaginarse
la figura que más pueda adaptarse a la forma antes
de comenzar a tallar.
Ya esculpida, monta la raíz sobre una base de madera
y procede a barnizarla.
Dónde contactarlo
Si usted quiere conocer las artesanías de Benjamín
Rivas puede comunicarse con él al teléfono
333-0153.
Algunas de sus obras
Muchas de las obras de Benjamín llevan el nombre
que la gente suele darles cuando las observan ya terminadas:
la siguanaba, el extraterrestre, cabeza de venado, el
primitivo, el mono, la vejez, la calavera y el indio. |
|
|
|
|
|