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Edición
del 3 al 10 de octubre de 2004

Cincuenta
y cinco años de vida, 50 de los cuales en cautiverio
en nuestro Zoológico Nacional, hacen de nuestra elefanta
la consentida de los salvadoreños y la reina del parque.
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| Es responsabilidad
de los visitantes cuidarnos y ayudarnos a permanecer sanos.
Para ello no deben lanzarnos bolsas de golosinas ni ningún
otro alimento. Nuestros alimentos nos los proporcionan
los cuidadores que tenemos en el parque. |
Allá
por 1955 ocurrió un suceso trascendental en la historia
de El Salvador: un personaje único llegó para
quedarse. Por supuesto que fui yo, la elefanta Manyula.
Tres años antes se había creado por fin el Parque
Zoológico Nacional, tal como lo conocemos hoy en día,
y se había trasladado a la finca Modelo. Diez manzanas
de extensión albergaban a unos 208 animales de diferentes
especies.
Sin embargo, hacía falta una estrella como yo, alguien
que diera la bienvenida a los visitantes con mi majestuoso
cuerpo de seis mil libras y mi atrayente personalidad.
Fue así como el 29 de junio de 1955 llegué por
fin a tierras guanacas, procedente de Hamburgo, Alemania,
a la tierna edad de cinco años.
No vine sola; conmigo viajaron 17 animales más, adquiridos
por el Ministerio de Cultura (ya desaparecido) por la cantidad
de 50,000 colones (más de cinco mil dólares).
Llegaron cebras, tigres de bengala, antílopes, camellos
de África y mandriles.
Sin embargo, ninguno de aquellos que hicieron conmigo semejante
travesía han sobrevivido hasta el día de hoy
y eso me convierte en el animal más antiguo del parque.
Por eso, el director, el ingeniero Mario Guevara, me ha dado
el honorable título de la reina del zoológico
y se me permiten ciertos caprichitos, que me he ganado a razón
de permanecer medio siglo cautiva en el parque.
Entre estos caprichitos está mi deliciosa y abundante
dieta diaria, que incluye 100 guineos, 50 zanahorias, 50 remolachas,
una piña, una sandía, 16 cañas de azúcar,
30 yucas, 50 naranjas y 50 elotes.
A esto se suman seis deliciosas papayas, cuatro frescas lechugas,
seis coliflores, 30 jícamas, 75 manzanas, 75 mangos,
30 melones y 60 manojos de zacate.
Eso sí, prefiero la naranja pelada y la remolacha y
la manzana partidas por la mitad y debidamente lavadas; no
me gusta que ninguna fruta tenga residuos de tierra. Si es
así, la rechazo de inmediato.
Mi suculento platillo va siempre acompañado de unos
250 litros de agua que bebo por día. Jamás bebo
agua directamente de la pila que hay en mi recinto, siempre
la bebo directamente del grifo.
Debo confesarles que mi debilidad son los chocolates, pero
sólo tengo autorizado comerlos de mano de mis médicos,
porque ellos me los dan para calmar mi agresividad y saben
cuándo es conveniente hacerlo.
Culpable
sin intención
Soy una elefanta poco común, contrario a los de mi
especie; prefiero los baños de tierra seca a los de
agua, tampoco me gusta la lluvia, porque todo se pone liso
en mi recinto, y tengo miedo de caerme. Una vez me deslicé
y me lastimé.
Tendría yo unos 45 años y fue terriblemente
doloroso; no podía caminar, me fracturé la pezuña
y fue Jorge Porras, jefe del área de mamíferos,
quien me ayudó a curarme y a alimentarme. Desde entonces
me llevo bien con él.
Es el único que me convence para hacerme esos incómodos
exámenes de orina o me anima a soportar las inyecciones.
Él sabe muy bien cómo manejarme y me ha enseñado
que es el jefe.
Sin embargo,
mis relaciones no son cordiales con todos los cuidadores;
reconozco que a veces tengo malos ratos y soy agresiva. Sobre
todo en época de celo o cuando escucho estridentes
ruidos, cuando las bandas de paz ensayan gracias a Dios
ya terminó el mes cívico cuando
hay maquinaria funcionando o cuando queman cohetes.
Por eso durante los años de la guerra, allá
por los ochenta, pasaba bastante alterada cuando comenzaban
las balaceras. Por fortuna, aquello es sólo un recuerdo.
Empero, mi agresividad me ha traído serios problemas.
Me confieso culpable de haber matado a José Ángel
Maravilla, uno de mis cuidadores. Él estaba limpiando
en mi jaula cuando aquel fatal incidente ocurrió.
Mientras él barría el recinto, yo lo ataqué
con el moco y me paré en él. El pobre murió
ahí dentro, sin haber recibido asistencia médica.
Con José Ricardo Ramírez fue diferente, él
sabía que no podía sacarme de la jaula sin ayuda;
fue su conducta temeraria la que lo llevó a la muerte.
Cuando lo vi solo me puse nerviosa y le di un enorme pisotón.
Dicen que lograron sacarlo vivo, pero murió en la ambulancia
camino al hospital.
Por eso los empleados no entran a mi recinto cuando me alimentan,
sino que ingresan la comida a través de una especie
de ventana que hay para evitar ser lastimados.
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| Con motivo de 50 años,
Manyula los celebró con un pastel gigante que no
compartió con nadie. |
La verdad
es que yo extraño a Raymundo Ramírez padre.
Él me cuidó durante 22 años, y yo lo
quería mucho, tanto así que él se dormía
dentro de mi jaula y yo velaba su sueño.
Luego vino Raymundo hijo. Parece que me tenía cierto
miedo, creo que porque sabía que yo estaba acostumbrada
a su papá, por eso me costó adaptarme a él.
La señorita Manyula
Sí, señores, yo soy señorita y a mucha
honra; nunca conocí macho, porque acá en El
Salvador no había presupuesto para traerme un compañero.
Confieso que en una época me hizo falta, sobre todo
hace unos veinte años cuando era mucho más joven.
Entenderán que igual que cualquier animal, a mí
también me afectó la soledad.
Ahora, cincuenta años después, estoy acostumbrada;
sin embargo, la falta de compañero y por ende no tener
crías me ha producido algunos padecimientos de salud.
Hace cuatro años me detectaron un tumor benigno en
el músculo del útero que se llama leyonioma.
El director ha dicho que se da precisamente en elefantas reproductoras
que no han podido tener descencientes; es una enfermedad tratable,
mas no curable.
La descubrieron porque tuve una hemorragia vaginal casi por
un mes. Por fortuna los médicos me inyectaron un producto
hormonal que disminuyó mi sangrado. Pero las pruebas
de laboratorio mostraron la presencia del tumor y cada dos
años vuelvo a presentar sangramiento.
El doctor Edgar Sánchez, jefe del área veterinaria
del zoológico, ha dicho que mi condición es
estable, aunque no se descarta que vuelva a tener algún
sangramiento, sobre todo cuando entre en periodo de celo.
Pero no se asusten, no es algo que me vaya a llevar a la muerte.
Como les he explicado, le ocurre a todas aquellas elefantas
que nunca han procreado; es algo así como la menopausia
que padecen las mujeres.
¡Una fiesta de locos!
A lo largo de los años, en el zoológico he pasado
innumerables experiencias, entre ellos tres terromotos y una
guerra. Pero no todo ha sido negativo. Una de mis mejores
memorias es cuando cumplí 50 años. A las autoridades
del parque se les ocurrió celebrarlo a lo grande.
Ese 29 de julio de 2000 llegaron a visitarme mariachis, numerosos
payasos y una enorme, pero enorme cantidad de gente.
Según me contaron, ese día se rompió
récord con los visitantes; llegaron más de 50,000
personas a cantarme el feliz cumpleaños.
Lo mejor de todo fue el delicioso pastel de frutas de tres
niveles, que me prepararon y me comí, en un santiamén,
pese a que medía casi dos metros de ancho.
Llevaba las frutas usuales; sin embargo, ese día me
consintieron porque le agregaron abundante dulce de panela
y mucho turrón. ¡Umm!, una absoluta delicia,
ya saben que mi debilidad son los dulces.
En fin, son ya cincuenta años los que he estado en
este país caliente y bullicioso al que me he ido adaptando
poco a poco; ahora me siento como en casa.
No sé cuánto tiempo más voy a estar con
ustedes, estudios médicos han dicho que el promedio
de vida de un elefante como yo, en cautiverio, es entre 60
y 100 años.
¿Cuánto me queda a mí? No lo sé,
todo dependerá de cómo vaya mi salud y también
de los cientos de personas que a diario me visitan.
Los visitantes tienen que saber que no deben alimentarme a
mí ni a ningún animal del zoológico con
churros y otras golosinas, porque pueden hacernos mucho daño.
Ya ha habido compañeros que han muerto debido a esta
causa.
Así que ya lo saben, también es responsabilidad
de los visitantes cuidarnos y ayudarnos a permanecer sanos.
Además si yo soy la reina del lugar, merezco ser tratada
como tal. ¿No lo creen?
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Fuentes:
Historia del Parque Zoológico Nacional;
Ing. Mario Guevara, director del parque; Dr. Edgar
Ernesto Sánchez, coordinador del área
de veterinaria; señores Isabel Rodríguez,
jefa de alimentación; Raymundo Rodríguez
y Jorge Porras, jefe del área de mamíferos.
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Medidas
de higiene del sueño
- De su nombre, que ya traía al llegar al país,
se desconoce el significado.
- Es un elefante indio, que puede vivir en promedio entre
60 y 100 años en cautiverio; su peso es superior
a las seis mil libras.
- Su especie se considera casi extinta en vida silvestre,
ya que los últimos ejemplares conocidos viven en
manadas cautivas que son usadas como animales de trabajo.
- Pertenece a la familia Elephanridae, a la orden Proboscidea;
su nombre científico es Elephas Maximus. Distribución:
India, Sumatra y Ceilán. |
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