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Edición:  18 de Mayo de 2003

La guerra envió a dos mujeres (madre e hija) a un exilio en Washington. La hija se convirtió en una de los artistas latinas más representativas de la capital norteamericana.

Francisco Ayala Silva
Washington

Karla Rodas en su estudio en Washington, en una fotografía tomada en el 2001.

La hija es Karla Rodas, nacida en El Salvador. El 23 de marzo fue su cumpleaños 33.
Ella tiene un rostro maya puro y estatura superior a la salvadoreña emigrante. Karla es la segunda de tres hijos. Mayamérica Cortez es la madre y hay que conocerla para entender a Karla.
Mayamérica creció con su abuelo en una finca de Sonsonate. El abuelo de Karla era un linotipista cuyo oficio lo llevó a Venezuela. “Yo recuerdo sus palabras: la muerte no existe. Lo que usted no pueda ser en esta vida lo será en otra”, dice Mayamérica.
Mayamérica se casó embarazada de Carmen Elena, su primera hija. Tenía 19 años; a los 23 vino Karla y luego su hermano menor, Álvaro.
Mayamérica quería ser pintora y, gracias a la recomendación de un amigo conoció a uno de los grandes pintores centroamericanos, José Mejía Vides, amigo de Diego Rivera y Frida Kahlo. Cada sábado, Mayamérica tomaba un autobús con sus tres niños para ir a la mansion de Mejía Vides en las montañas perpetuamente verdes del sur de San Salvador.
Mejía Vides era hombre de poco hablar. Él le daba agua y acuarelas a los hijos de Mayamérica para callarlos mientras su madre pintaba. Pero Carmen Elena y Álvaro preferían jugar mientras Karla permanecía en el suelo, mojando el pincel en el agua antes de atacar las acuarelas para frotarlas en el papel.
Mientras tanto, Mayamérica hablaba con su maestro sobre poemas y poesía. Mejía Vides estalló un día: “Olvídese de la pintura, lo suyo es la poesía”, le dijo. Ella dejó de pintar, pero Karla siguió manchando papeles con acuarelas.
“Cuando Karla era niña, ella estaba siempre en casa, pintando”, dice Mayamérica. “Yo les pedía a mis otros niños que la llevaran a jugar afuera, pero ella pronto estaba adentro, pintando”.
“Yo creía que yo era de otro planeta”, dice Karla. “A mí no me gustaba lo que le gustaba a otros niños”. Ella pasaba horas mirando un pequeño espejo e ilustraciones de enciclopedias. “Yo veía mundos en el espejo y figuras en cada forma”. Pronto tomaba lecciones de pintura con Armando Solís, y lecciones de música en la Universidad de El Salvador.

Karlísima al lado de “Hombre Jaguar”, obra en óleo, que pertenece a la colección privada de esta artista salvadoreña.

Ausencia de cuatro años

La vida no era mala al final de los setenta. Mayamérica vendía seguros, tenía un hogar y dos empleadas domésticas. Su hija mayor, Carmen Elena, era un talento joven en la Televisión Educativa. Cada noche y hasta la una de la mañana, Mayamérica registraba sus versos espontáneos en una grabadora.
Repentinamente, El Salvador era el reino del horror. La vida idílica fue rota por manifestaciones de estudiantes y maestros. Esos manifestantes desaparecían con demasiada frecuencia y sus parientes tenían que recoger sus restos visitando un basurero tras otro, para encontrar una cabeza aquí, una mano allá.
La situación era tan insoportable que Mayamérica tuvo que salir del país, dejando sus niños atrás.
Cuando Mayamérica se fue, Karla tenía 10 años. Ella y sus hermanos fueron a vivir a casa de su padre, en una zona de clase media alta cercana a la colonia Miramonte.
Karla estudiaba en una escuela católica y las monjas le preguntaban “¿Cuándo regresa tu madre?”. “El próximo año, era mi respuesta siempre”, dice. Cuatro años pasaron antes de la reunión. En esos cuatro años, Mayamérica trabajó en la ciudad de Washington, en Virginia, y en Los Ángeles como criada, camarera, maestra de escuela primaria y vendedora de artículos de cocina.
Eduardo Rodas, padre de Karla, era diferente a Mayamérica. Él era disciplinario. Con Eduardo, los niños podrían tener una vida de clase media.
En 1984, Mayamérica consiguió su residencia y pudo traer a sus hijos a los Estados Unidos. Se encontraron en el aeropuerto de Washington el 13 de diciembre de 1984. “En las fotos de esa reunión mi cara parece triste”, dice Karla, “pero no lo estaba, lo fingía porque todos me decían que la gente llora cuando encuentra a la madre después de una separación larga. Yo estaba triste por los amigos que dejaba en El Salvador y porque la cara de mi madre era la de una desconocida”.
Solamente Álvaro dijo que “yo vengo a quedarme”.

Afiche de invitación a la exposición “Mujeres del mundo: una colección global de arte”, que se realizó en marzo y abril pasados.s

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“Mural del general William Wallace”, en la ciudad de Ottawa, Illinois, al oeste de Chicago. Hecho en colaboración con el muralista Byron Peck.
Mural “Westminster”, en Washington DC, realizado en colaboración con Anne Marchand en julio de 2002.

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Karlísima y Susanna Feldman en la exposición en el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington.

Obras “En la cima de la montaña” (óleo sobre canvas) e “Instrumento de paz” (óleo sobre madera), de la colección de Jessica Kany,

Dieta: leche y chocolates

En El Salvador Karla era la eterna presidenta de su clase, pero en su primer día de escuela en los Estados Unidos era incapaz de entender instrucciones básicas en inglés. La colocaron en el curso de inglés como segunda lengua y ella comenzó a estudiar obsesivamente. Karla era el estudiante que iba, libretita en mano, preguntando el nombre de las cosas y su pronunciación correcta (plus se pronuncia “plas”, le corrigió un compañero venezolano). En su tiempo libre pasaba horas escribiendo cartas a su mejor amiga, Georgina, quien ahora vive en Canadá.
Karla también trabajó en un McDonald´s. “Allí supe lo que es limpiar un inodoro público”, dice. Nunca dejó de pintar. Ella ganó un premio diseñando una tarjeta de Navidad para una empresa y varios concursos escolares. En su penúltimo año de secundaria, su consejero la persuadió de solicitar una beca. En 1988 ganó una para estudiar arte en la universidad de Washington, en Saint Louis, la ciudad sobre el río Mississippi, en el estado de Missouri.
Conseguir la beca fue fácil, sobrevivir fue arduo. Karla tenía que pagarse sus gastos y Mayamérica envió dinero hasta que tuvo que elegir entre pagar su alquiler o ayudar a Karla. Mayamérica se mudó a la casa de una amiga para seguir enviando dinero. Para entonces, Carmen Elena estaba casada y Álvaro vivía lejos del hogar.
En Saint Louis, Karla estudiaba arte e idiomas y daba clases de pintura a niños. En esos cuatro años apenas salió del campus a la ciudad asolada por el crimen. “Solamente tuve un problema: una noche alguien robó la bicicleta que había dejado en el estacionamiento”, recuerda.
“A veces tenía tantos proyectos que pintaba como poseída”, dice Karla. “Pintaba en el estudio de la universidad hasta que caía dormida en el piso; a menudo llamaba a mi madre muy noche, para llorar”. Su dieta básica era leche en polvo, chocolates y “fruit loops”.
Tanto esfuerzo le dio recompensas, como una beca para recorrer Francia durante dos meses. Karla se graduó en 1992 y regresó a la ciudad de Washington, fue mesera en un restaurante italiano, enseñó español a niños y trabajó como asistente en varios museos. Súbitamente decidió pintar a tiempo completo. “Mis amigos y la familia corrieron a decirme que moriría de hambre; solamente mi madre me animó y me ofreció ayuda”.
“Los amigos me llamaron tantas veces para desalentarme que tuve que desenchufar el teléfono”, dice. Durante dos años Karla pintó y vendió algunas pinturas. “Tenía insomnio y soledad”, dice. “Sentía lo que escribió mi madre en uno de sus versos: ‘caminando de rodillas sobre concreto y asfalto’”. Ése fue uno de los poemas que Mayamérica escribió recién llegada a los Estados Unidos. Más adelante tuvo que escribir menos para trabajar 15 horas diarias y sostener a sus hijos.
“Yo vi como mi madre renunció a sus sueños para apoyarnos, y yo me di cuenta que no le podía fallar”, dice Karla.
“Yo soy su Mecenas”, agrega Mayamérica, quien ahora trabaja en una compañía de seguros de vida como consejera financiera.

Pintar a tiempo completo

“A veces los amigos me llaman para decirme que están teniendo un momento difícil. Para mí cada día es difícil”, dice Karla, “pero la pintura es como un amante: una vez que estoy con él no quiero dejarlo”.
“Además, si deseas ser bueno tienes que pintar a tiempo completo, no se puede ser buen pintor pintando sólo los fines de semana”, dice.
“La pasión de Karla por la pintura es inseparable de lo que ella siente”, dice su amigo Daniel Flores, salvadoreño y jefe de personal del Comité de Servicios Públicos de Washington. “Es como si ella está creando a una persona y ella siente dolor cuando no lo está haciendo”.
“La energía de su pintura es como la energía de ella”, dice Beth Fluto, empleada postal y una de las primeras compradoras de sus pinturas. “Es como una unión del espíritu y la tierra”. Karla tiene fascinación para las cascadas y los bosques, que son temas que se repiten en su trabajo.
Karla ha pintado obsesivamente. En los últimos seis años ha exhibido sin cesar, sola o en grupo, en la OEA, la Organización Panamericana de la Salud, el Museo de las Américas, el Museo de Arte Contemporáneo de Washington, en media docena de galerías del Distrito de Columbia, en las Naciones Unidas y en la galeria LaMaMa de Nueva York.
Del 30 de agosto al de 1 de octubre del 2002 trabajó en la ciudad de Ottawa, Illinois, asistiendo al muralista washingtoniano Byron Peck en la creación de un mural sobre el soldado más célebre de la ciudad, William H.L. Wallace, brigadier general de la Guerra Civil, quien murió en la batalla de Shiloh, Tennessee.
Wallace aparece en regalía militar y a caballo, dirigiendo los soldados de la Unión minutos antes de caer herido por un francotirador confederado.
Peck asegura que trabajaron siete días a la semana, entre 10 y 12 horas diarias, pintando desde andamios el mural de 20x10 metros.
En ese mismo año ayudó a la pintora Anne Marchand en la creación de un mural de 60 metros cuadrados en un parque infantil del barrio Cardozo, en Washington. También en el 2002, una de sus pinturas, la cara de una nativa centroamericana, fue elegida para la exposición itinerante “Mujeres del Mundo”, patrocinado por el Museo Internacional de las Mujeres. Esta obra se ha presentado en varias ciudades de Estados Unidos, siendo San Francisco la última, el pasado marzo.

Karlísima
Karla vive en el área bohemia de Adams Morgan, cerca del barrio latino de Mount Pleasant. Se sostiene dando clases de pintura en el Banco Interamericano para el Desarrollo y para un asilo de ancianos, y eso le deja tiempo de pintar, aunque “a veces mi madre tiene que pagarme el alquiler”, dice.
La historia de Karla Rodas sigue siendo la vida de Mayamérica Cortez. Ella sigue apoyando a su hija y se reúnen casi cada fin de semana.
Cuando hablan, Mayamérica habla con su hija de “usted”. Karla la trata de “vos”. Mayamérica la llama a veces por su nombre artístico: Karlísima, es decir, una gran Karla.
Karla Rodas tiene un “website”:
www.karlisima.com




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