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Edición:
15 de junio de 2003

Doña Crucita da testimonio de
un siglo de vida. Dice que la entristece que la sociedad haya
perdido su sencillez. También le frustra el alto costo
de la vida.
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Doña
Cruz Rodríguez Torres cumplió en mayo
cien años de edad. Su memoria es impresionante.
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Con
gran cuidado, doña Crucita abre la bolsa de plástico
en donde guarda un invaluable documento: su partida de nacimiento
en la que se lee que nació el 3 de mayo de 1903 en
Cuisnahuat, en el departamento de Sonsonate.
A sus 100 años, la memoria de doña Cruz Rodríguez
Torres es admirable. Menciona en detalle los nombres de los
doctores que hace muchos años la atendieron y las palabras
exactas que le dijeron.
Su rostro, marcado por las huellas del tiempo, refleja mucha
paz. Ella, en cambio, dice que nunca ha podido ser alegre.
Se sienta en la casa de una familiar en la colonia La Colina,
en Nueva San Salvador, para hablar de su vida y compartir
una de las experiencias más dolorosas que ha tenido.
Perdió a su nieto, Jorge Alfredo Rodríguez Alvergue,
de 31 años; a su bisnieto, Jorge Alfredo Rodríguez
Fernández, de nueve años; a la esposa de su
nieto, Mónica de Rodríguez, de 27 años,
y a la esposa de su hijo, Esther Alicia Alvergue de Rodríguez,
de 49 años, en el terremoto del 13 de enero de 2001,
allí en La Colina.
Ese día esperaba, como era costumbre, que le llevaran
el almuerzo, ya que no le permitían que cocinara porque
sólo le gusta hacerlo con carbón. Ha perdido,
además, parte de su visión.
No había aceptado la invitación de irse a vivir
con su hijo, José Alfredo Rodríguez, de 62 años,
porque dice que es huraña. Prefirió vivir unos
pasajes más abajo, los cuales no fueron alcanzados
por el alud de tierra. De haberlo hecho quizá hubiera
muerto.
Su
hijo se salvó al salir de su casa minutos antes del
sismo y ahora vive con ella en la ciudad de los niños
inocentes, Antiguo Cuscatlán. Sobrevivió
a la tragedia una hija del matrimonio Rodríguez Alvergue
que no se encontraba en La Colina.
Acerca de la esposa de su nieto, quien era profesora de ballet,
doña Crucita dice con profunda tristeza: Ella
mucho me quería y yo también; Moniquita era
un tesoro para nosotros.
Doña Crucita es la segunda hija entre 13 hermanos.
Recuerda que en Cuisnahuat, su madre, Claudia Torres, tenía
varias aves y su papá, Estanislao Rodríguez,
dos vacas y un caballo. Vendían maíz para
tener pisto.
Su abuelito hacía rezos a la Virgen del Carmen y unos
hombrecitos se encargaban del altar. Hacían
angelitos de papel y llegaban los amigos de la familia.
Ella tomaba café donde Felipe y le costaba
un real la torta de yema. Le daban dos tazas de café
por el cuartillo. Añora los tiempos pasados porque
antes todo era bueno, abundante y barato.
Cuando tenía 27 años, toda la familia se vino
en carreta desde la hacienda La Perla, en Jicalapa,
La Libertad, hacia Nueva San Salvador. Las calles eran entonces
empedradas y había muchos mesones.
Se dedicó a lavar en casas de familias ahora muy conocidas
en el ámbito público. No siguió sus estudios
porque le dolía mucho la cabeza, aunque el dolor en
una pierna ha sido su mayor sufrimiento.
Menciona como uno de los hechos más importantes del
siglo pasado la presidencia del general Maximiliano Hernández
Martínez, porque era bueno con toda la gente
pobre; hizo escuelas y también institutos.
Sociedad sin valores
Las tareas diarias de doña Crucita son lavar, escuchar
por la radio las misas y el rosario.
Antes era bien tallado el tiempo, pero ahora....
Se refiere a que le da tristeza, no cólera, cuando
pasa algo que a ella no le gusta.
No me gusta la envidia, no me gustan las mentiras; se
ven todas las tristezas, las ingratitudes, las cosas caras
que no se pueden comprar, dice con frustración.
Al final de la conversación, toma una taza de café
caliente. Le da entonces a doña Ana de Fernández,
madre de Mónica, un Cristo. Es el recuerdo de la primera
comunión de su bisnieto, quien murió en el terremoto.
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