Edición: 14 de diciembre de 2003

La pintura es para José Aníbal Espinoza, de 30 años, una forma de infiltrarse
en lo que plasma. Si traza un pueblito típico de El Salvador se siente el
constructor de esa escena

Morena Rivera
Fotos: Maritza Santos
Además de que le encanta plasmar los famosos bodegones de frutas, estos son muy demandados por sus clientes. Los precios casi nunca sobrepasan de los sesenta dólares.


Sus primeros pininos en este arte fueron inspirados por una comunidad de emigrantes salvadoreños que habían llegado a Nicaragua, en la década de los ochenta, con el fin de librarse de la guerra.

Una hilera de casitas humildes, a un lado una escuelita y más allá el río. Ese fue el primer cuadro pictórico que le ayudó a descubrir su vocación cuando tenía doce años y en momentos que ni siquiera sabía que existía el óleo.

Sólo cinco años después descubrió que ese fragmento de la realidad había servido para ilustrar la portada de un libro publicado por una organización española que mantenía proyectos sociales en esa zona.

“Sentí una sensación muy bonita al ver mi primera pintura plasmada en un libro”, revela. Ahora lo guarda como un testigo de esa inspiración que lo sorprendió cuando vagaba por tierras nicaragüenses. También le sirve para comparar los cambios que ha experimentado su obra con el paso del tiempo.

Desde el principio sintió la inclinación por recrear escenas típicas de la clase pobre. Pueblos tradicionales donde convergen las calles empedradas, construcciones con paredes agrietadas, tejados semiderruidos y hombres vestidos con pantalones rotos y camisas desteñidas.

Los paisajes modernos no le llegan a lo profundo del alma, contrario a los que reflejan las carencias económicas de la gente. “Es que eso me trae recuerdos”, dice. Le sirve para evocar el entorno en que se desenvolvió su niñez en un cantón de San Juan Opico, La Libertad.

Como un verdadero artista también ha explorado otros conceptos, como los bodegones de frutas, el desnudo, los típicos jarrones con azucenas y girasoles, coloridas aves y la majestuosidad de la naturaleza por medio de los valles y de los volcanes.

Más de una vez sus cuadros han sido el resultado de un sueño, como aquel donde aparecía un poblado en cuyas calles caminaba un grupo de gente y al fondo un volcán de color azul intenso y un atardecer con un sol tan radiante que no pudieron resistir al lienzo.

En la actualidad se dedica a pintar un cuadro que él ha denominado “La Escondida”.

Aunque también ha tratado de rondear por la pintura abstracta, José Aníbal es partidario de reflejar situaciones fáciles de comprender, algo que a la gente humilde le resulte entendible. “Trabajo para quienes aprecian mis pinturas y no tienen acceso a las grandes galerías”, sostiene.

Artista empírico

José Aníbal se considera un pintor que ha logrado definir su estílo y su técnica gracias a su esfuerzo y sin recibir ninguna preparación, salvo el curso de un año que le fue impartido por la alcaldía de San Miguel, ciudad donde reside desde que ingresó, hace diez años, a la Policía Nacional Civil.

Por lo demás, él se considera un artista empírico que descubrió su vocación desde la adolescencia, cuando residía en Nicaragua, pero debido a las carencias económicas que enfrentaba junto a su familia se olvidó por un tiempo de esa inclinación y mucho menos pudo tener una preparación académica en este campo.

Regresó a El Salvador en 1991 y continuó sus estudios de bachillerato sin que despertara su afición por la pintura. Hace cinco años tuvo la oportunidad de asistir al único curso recibido, donde aprendió a dominar el sombreado y la combinación de colores.

Su primera obra formal resultó ser la catedral de San Miguel, la reproducción de una fotografía tomada hace 30 años en la que aparece un templo blanco rodeado de viviendas con tejados de barro y una verde y espesa vegetación.

Este cuadro aún es demandado por los migueleños durante las galerías que monta en la casa de la cultura y en el parque central de la ciudad. Además ha expuesto sus cuadros en Puerto El Triunfo y en Nueva Esperanza, en Usulután.

La instalación de los invernaderos y la asistencia técnica representan una gran inversión.

Cuatro de sus obras han viajado hacia España y Estados Unidos, otras han sido admiradas por italianos que las han contemplado mientras son exhibidas en la comunidad Nueva Esperanza. “La gente suele preguntarme si son míos y luego dicen que les parecen bonitos”, relata José Aníbal.

Sin embargo, él cree que no puede ponerse a la altura de un profesional, pues su trabajo la mayoría de veces surge de sus ideas y no de una preparación teórica. Si bien se siente satisfecho con su arte, la idea de pasar de lo empírico a lo profesional ha comenzado a intranquilizarlo.

“Siento que necesito la crítica de un profesional y buscar ideas diferentes”, detalla. Con ese fin piensa presentar sus cuadros a reconocidos pintores migueleños para que los evalúen y le digan qué aspectos debe mejorar.

Exponer en reconocidas galerías es uno de sus sueños. Un desnudo y una pintura abstracta sobre la suciedad de la política en el país son sus próximos cuadros, sin dejar de lado su pasión por representar las escenas que lo trasladan a su niñez y le llegan a lo profundo del alma.

“Me gusta reflejar las carencias de los pueblos porque soy pobre, y eso me recuerda mi origen.Yo vengo de lugares donde ha existido demaciada pobreza, donde sólo se ven casas de teja y hasta rachitos, y quiza por eso no me llenan los paisajes modernos”.
José Anibal Elizondo,
pintor



Su obra
Estos son los nombres de algunas de sus pinturas más reconocidas
“Las tres guaras”
“Azucenas”
“Bodegón de frutas”
“Catedral de San Miguel”
“El corredor”
“El volcán de Izalco”
“El valle de Jiboa”
“La escondida”

San Miguel, su segundo hogar
José Aníbal nació en el seno de una familia humilde en San Juan Opico, La Libertad. Fue víctima de las atrocidades del conflicto armado que se vivió en El Salvador. Su padre y un hermano murieron en esta época.
En la década de los ochenta tuvo que emigrar hacia Nicaragua junto a su madre y cinco hermanos. En ese país se instalaron en una comunidad destinada para los refugiados de la guerra.
Cuando tenía 18 años retornó a su país. Luego de estudiar bachillerato ingresó a la Policía Nacional Civil y se quedó viviendo en San Miguel. La casa de la cultura y la alcaldía de esa ciudad lo apoyaron para que incursionara en el arte de la pintura.


Cuando comenzó a pintar no sabía que existía el óleo, y ahora es su principal técnica. Reproducción de una fotografía de la catedral de San Miguel, tomada hace treinta años.



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