Edición:  13 de julio de 2003

Una mañana partió de El Salvador hacia Estados Unidos con los inmensos deseos de ayudar a su familia, pero en ese tortuoso camino el tren le arrancó parte de sus dos piernas y también sus anhelos.

Morena Rivera
Fotos: Arely Umanzor

IYo quería irme para superarme”, comenta Óscar Humberto Escobar, de 19 años, mientras se da unas palmaditas en los muslos, uno de ellos vendados, pues aún se recupera de los estragos que le ocasionó el tren.

Después de cuatro meses de haber regresado a su lugar de residencia en el cantón El Jícaro, San Lorenzo, Ahuachapán, Humberto habla sin sobresaltos de las dos semanas de tribulación que tuvo que vivir en territorio mexicano.

Sólo el nervioso movimiento de sus manos delata lo difícil que es para él evocar esos días. El medio día que compartió su historia con nosotros lo vimos recorrer su humilde vivienda en una silla de ruedas y pedir unas prótesis para poder trabajar.

Su trágica historia inició con una broma. A las ocho de la mañana del 28 de febrero de 2003, mientras trabajaba con un amigo en un proyecto para empedrar las cuestas del cantón, comentaban sobre las posibilidades de irse hacia Estados Unidos.

Entre pláticas y risas resolvieron que se iban. Dejaron tiradas las palas con las que sacaban arena y la comida que habían llevado para el almuerzo. Camino a casa, Humberto encontró a otro joven que se ofreció a emprender el viaje junto a ellos.

Al llegar a su vivienda, Humberto tomó los 160 dólares que había ahorrado luego de trabajar cinco semanas en el proyecto y metió tres mudadas en su mochila. No se despidió de su padre ni de su hermana.
Sólo les dejó un papel en el que les explicaba que se iba para el “norte” porque quería que las condiciones para ellos mejoraran. Salieron junto a su amigo en el bus de las 12 del mediodía con destino a Atiquizaya, donde durmieron esa noche.

Al día siguiente, después de que se les unió el otro compañero, partieron vía Las Chinamas rumbo a Guatemala. A las seis de la tarde llegaron a la capital guatemalteca y siete horas después arribaron a Tecún Umán.
Al bajarse del autobús se sintieron desatinados, sin rumbo. Se encontraron a un joven que los llevó a un hotel y les ofreció ayuda para cruzar el río Suchiate al día siguiente.

Humberto se traslada en una silla de ruedas, que le fue regalada por un vecino, hacia las casas de sus familiares.

Comienza la odisea

El alba del uno de marzo les dio fuerzas para seguir el camino. Se subieron (ya se les había unido un santaneco) al triciclo del hombre que los había recibido la noche anterior, le pagaron 60 dólares y los dejó en la orilla del río. Les indicó que subieran a una balsa y de inmediato el dueño de ésta comenzó a remar.

Por boca del balsero se dieron cuenta de que la persona que supuestamente les había ayudado sólo le había pagado 30 pesos mexicanos y que, por ende, les había robado los sesenta dólares.

Al llegar a la ribera del Suchiate se dieron cuenta de que ya estaban en territorio mexicano. Caminaron un poco hasta llegar a Ciudad Hidalgo. Allí tomaron un bus, y después de recorrer unos nueve kilómetros se bajaron antes que éste hiciera su parada en la primera caseta, conocida como “El Manguito”.

En ese lugar les salió al paso un señor que aparentaba ochenta años, les recomendó una de las dos veredas que tenían enfrente y les dijo: “Aquí no se vayan que allá adelante hay mañosos”.

Al continuar la marcha encontraron a una hondureña que lloraba y les gritaba para que se acercaran donde ella estaba. Les contó que un día antes su hermana y el coyote que las acompañaba la habían abandonado mientras ella pasó a tomar agua a una vertiente.

Con la muchacha que se integró al grupo ya eran cinco. Al atardecer llegaron a un sitio poblado de árboles de donde salieron diez hombres que les apuntaron con fusiles; entre ellos estaba el señor que horas antes les había recomendado el camino.

En medio de la confusión, la hondureña trató de correr. Uno de los hombres le gritó: “Si te corrés, te mato”. A Humberto y a los demás los tiraron boca abajo, y como llevaban poco dinero les comentaron que se iban a morir.

Aún con la discapacidad, Humberto ha aprendido a valerse por su cuenta.

La hondureña fue violada por cuatro de los maleantes y ellos fueron golpeados y despojados del dinero que llevaban.

Cuando se hizo de noche se acostaron a dormir en medio de la selva.

Humberto recuerda que después de este acontecimiento caminaron dos días continuos sin comer. Nada más comían mandarinas y cocos que encontraban por donde pasaban.

Por fin llegaron a una casa hecha de palmeras, donde un hombre partía pedacitos de carne y aprovecharon para pedirle una tortilla, pues tenían una hambre terrible.

El trágico desenlace

El señor los encerró en su casa y les sirvió tortuga con tomate, frijoles y tortillas. De ahí salieron con el estómago lleno y una vez más volvieron a dormir en el bosque. A las 10 de la mañana ya estaban en la estación “El Boquerón”, en Huehuetán, para vigilar el paso del tren.

Habían pasado siete días desde su salida y sólo habían atravesado el estado de Tapachula. “Nuestra idea era abordar el tren para llegar a medio México”, rememora Humberto.

Permanecieron escondidos en entre matorrales hasta las tres de la mañana del siguiente día. En ese instante comenzaron a escuchar el estruendoso ruido del ferrocarril que se acercaba a la estación.
Mientras los Federales de Caminos registraban los diferentes vagones, en busca de inmigrantes, más adelante ellos se alistaban para aferrarse cuando el tren se pusiera en marcha.

La hondureña fue la primera en intentar agarrarse del tren, pero cayó sobre un árbol de pino. “Al llegar mi turno, me agarré de un hierro con la mano derecha. La velocidad hizo que yo quedara de espaldas”, comenta Humberto sin sobresaltos.

No pudo sostenerse por más tiempo y cayó. Quedó debajo del ferrocarril y cuando éste comenzó a pasar sobre su pierna derecha vio que de su pantalón salía sangre. Como a los dos minutos miraba lucecitas y sentía que los vagones se le iban encima.

Su hermana Jeny Susana se encarga de curarle la pierna enferma.

En esa aflicción trató de usar la pierna izquierda para empujarse hacia afuera de la línea férrea, pero en ese intento también la otra pierna fue machucada por el ferrocarril.

Los dos vecinos que lo acompañaban llegaron a auxiliarlo y le manifestaron que ya no continuarían el camino, que se quedarían con él. Humberto logró convencerlos para que se fueran, pues de todos modos ahí cerca estaba la policía.

“Yo no tenía dolor”, cuenta Humberto. Hasta que llegó la ambulancia y le pusieron el suero comenzó a retorcerse de las fuertes punzadas que sentía en sus dos piernas. Ese es el último recuerdo que vive en su mente.

A los dos días, el domingo ocho de marzo, despertó en el hospital Regional de Chiapas. Esa misma noche, mientras él estaba en el quirófano, llegó su padre, pero pudo verlo hasta el siguiente día.

El trato que le daban en el hospital era duro. Un doctor lo curaba de forma pesada, “como que era un animal”, detalla. Jueves a las cinco de la tarde partieron hacia la frontera La Hachadura. Allí los recogió la ambulancia de la Cruz Roja
Salvadoreña y lo llevaron al hospital Francisco Menéndez, en Ahuachapán.

A cuatro meses de esta dura experiencia, Humberto apenas tiene palabras para hablar sobre retrasar el tiempo o arrepentirse de la decisión que tomó el 28 de febrero. “Lo único que quisiera es una prótesis para seguir adelante”, comenta.

Promesa sin cumplir

Óscar Armando Escobar, padre de Humberto, rememora la promesa que les hizo Ignacio Argueta Chicas, representante de la O y P, El Salvador, una empresa fabricante de prótesis. Él ofreció a su hijo proveerle las prótesis de forma gratuita, pero hasta el momento no han obtenido respuesta.
Si usted desea contribuir con Humberto puede comunicarse al teléfono 401-4241 con Daniel Ascencio o llamar al
231-7777, extensión 7989.

En esta foto del recuerdo, Humberto aparece junto a su padre.



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