Edición: 10 de agosto de 2003

Las fortalezas de las leyes que regulan las violaciones contra la niñez salvadoreña no aportan a la disminución del problema.

Orsy Campos
Fotos: Arely Umanzor y Julio César Avilés

Cuatro de las siete menores que pronto se convertirán en madres y por el momento permanecen en la Fundación Sí a la Vida fueron violadas por el padre, el padrastro o por el abuelo.

Sin embargo, Regina Cardenal, directora de la Fundación, refiere que estos delincuentes aún se encuentran sin castigo. “Con esta actitud de las autoridades se está exponiendo la integridad de otras niñas”, cree.

Según la procuradora de Derechos Humanos, Beatrice Allamani de Carrillo, para corregir estas debilidades en el sistema legislativo se deben mejorar los métodos y los instrumentos de investigación.

Para que exista efectividad en el cumplimiento de las leyes, dice la jueza de familia Ana Guadalupe Zeledón, deben denunciarse los casos de violación agravada y otros abusos sexuales. “Los que ahora conocemos no corresponde a la realidad”, subraya.

Las relaciones incestuosas casi siempre se denuncian hasta que las menores están embarazadas. Este encubrimiento de la familia se lleva de paso los derechos humanos de las víctimas.
María Elena de Giamnattei, jefa de la Unidad de la Mujer y el Menor de la Fiscalía, reconoce que el principal problema que se enfrenta es la falta de denuncias, pero además señala que con los cambios al Código Penal se han logrado avances significativos.

Con las reformas, realizadas en 1998, desaparece la figura del incesto y en su lugar se incorpora la violación agravada (artículo 158), donde se establece que quien mediante violencia tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal con otra persona será sancionado con prisión de seis a diez años.

Y el númeral uno del artículo 162 dice que cuando la violación fuere por ascendientes, descendientes, hermanos, adoptantes, adoptados o cuando se cometiere en la prole del cónyge o conviviente, la pena máxima aumentará hasta en una tercera parte, es decir hasta trece años.

En cambio, la parte del incesto que fue derogada sólo imponía una condena de tres años. Otro de los logros es que a la declaración de la víctima se le ha dado calidad de testigo.

Otros obstáculos

El reconocimiento de genitales que se hace a las víctimas es visto por algunas organizaciones que velan por los derechos de los menores como una revictimización que profundiza los traumas emocionales.

Regina de Cardenal recuerda el caso de una menor que fue llevada a Medicina Legal cuando ya había dado a luz a su bebé producto de una violación. “Después del examen quedó más traumada”, relata.

La procuradora opina que prácticas como el reconocimiento de genitales atentan contra la integridad física y moral de los menores. Agrega que están luchando para suavizar esos análisis “terribles”.

Además considera que para disminuir los casos de incesto se debe abordar el tema con mucho coraje.Informar a la niñez sobre los pelígros de estos comportamientos, a través del Ministerio de Educación, podría ser una solución viable.

No se debe dejar de lado la labor de conciencia hacia los familiares que encubren las agresiones. Se debe mantener una investigación constante que permita capturar a l abusadores que andan sueltos y ponen en pelígro la integridad física y emocional de otros menores salvadoreños.

Derechos violentados

Este delito va más allá de un simple ataque a los derechos humanos de la niñez, explica Beatrice de Carrillo.
Se lleva de paso los derechos que los menores tienen a la integridad física y moral, y les limita su inserción a la sociedad en el plano familiar.
Además se da una violación a sus libertades, sobre todo cuando el abuso se da en el hogar. Allí los pequeños se vuelven vulnerables, pues no suelen protegerse de las personas en quien confían.
Se atenta contra sus vidas y su salud, porque se les hace daño físico, sicológico y se les contagia de enfermedades venéreas. A las niñas se les trunca la vida con un embarazo precoz.




Dos menores fueron violados por adultos que vivían bajo el mismo techo y en quienes
confiaban. Cada quien sufre los efectos de ese calvario.

“Yo me dejaba”

El cuerpo enjuto y la voz suave de Yanira, de 12 años, demuestran la vulnerabilidad de una niña que a los diez años no pudo enfrentarse a los deseos carnales de su padrastro.
Antes de ingresar al Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) vivía en compañía de su padrastro, su madre y sus tres hermanos en el cantón Llano de doña María, Ahuachapán.
Ante la vista de sus vecinos, todo transcurría normal. Su madre trabajaba como doméstica en Ahuachapán. Por la mañana, Yanira iba a la escuela y por la tarde cuidaba de sus hermanos menores.
A los diez años sufrió la primera agresión sexual. ¿Dónde ocurrían los abusos?, le pregunto y ella responde que en la casa. ¿Tú te dejabas o él te tomaba por la fuerza? “Yo me dejaba”, responde.
Hace unos meses alguien se fijó en el vientre abultado de Yanira que ya tenía 20 semanas de embarazo y decidió poner la denuncia en los juzgados de familia de Ahuachapán. Mientras eso sucedía, su madre, al parecer, no se daba cuenta de nada.
Yanira fue trasladada al ISNA, donde espera la llegada de su bebé. Allí su comportamiento es triste, callado y con tendencia al llanto. “Ella no acepta la violación, y es probable que ella haya accedido en los últimos encuentros”, detalla la sicóloga Arely Manzanares.
Aunque la menor se siente culpable de lo sucedido, Manzanares trata de explicarle que sólo ha sido víctima de su padrastro. Pero la menor parece no entender razones. “Es que se enamoró de su padrastro”, añade la sicóloga.
Por ahora, el rostro moreno de Yanira sólo añora una cosa. “Me siento triste porque mi mamá no me ha venido a ver”, musita con sus ojos llenos de lágrimas.

“Mi tía me llevaba al cafetal”

Roberto (nombre ficticio) tenía siete años cuando fue violado por su tía materna, de 27 años. Esa experiencia prematura le desencadenó trastornos mentales que lo han llevado a masturbarse con frecuencia.
Ha cumplido nueve años y aunque la agresora fue condenada a seis años de prisión, las secuelas emocionales lo marcarán a lo largo de su vida.
Sentado en un trozo de madera, en el patio de su vivienda, ubicada en el cantón Ayutepeque, Santa Ana, Roberto hilvana, con la ayuda de su madrastra, todos los abusos a que fue sometido por su tía.
Cuenta que una tarde él orinaba en uno de los cafetales que está detrás de la casa de sus abuelos y su tía llegó por detrás y lo llevó a “jalones” para la cama. “Ahí me peló el tiliche (pene), me lo lamió con la boca y me dijo que se lo metiera en el salpor (vagina)”.
Así comenzaron las agresiones que se prolongarían durante un año. Si había alguien en la casa se lo llevaba al cafetal y si Roberto se oponía, ella lo golpeaba y se lo llevaba a la fuerza.
Pero llegó el momento en que el menor ya no se oponía a las relaciones sexuales que practicaban dos veces al día. “Después yo sentía rico”, relata. Sentía una sensación eléctrica en el cuerpo y del pene le salía una secreción blanca.
En la escuela donde estudiaba segundo grado se comportaba de forma violenta y decía que ya era un hombre. A los ocho años se fue a vivir con su papá y su madrastra. Esta última detectó las anormalidades en el comportamiento del niño.
“Yo lo encontraba masturbándose a cada rato en la cama y en el patio, y veía que su pene no era normal”, comenta la madrastra. Ella le preguntaba si le había pasado algo y el pequeño siempre se quedaba callado.
Hasta que un día su nueva cuidadora, como una estrategia para sacarle la verdad, le comentó que tenía ganas de acostarse con él. Roberto reaccionó con rapidez y le preguntó si iba a quitarse la ropa. Ella le dijo que sí, pero antes tenía que contarle todo. Sólo así los labios de la víctima contaron lo sucedido.


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