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Edición:
5 de octubre de 2003


Más de 18 millones
de hectáreas se cultivan ya con transgénicos
en América Latina.
Es una tendencia irreversible, según científicos.
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Los cultivos
transgénicos ya cubren más de 18 millones de
hectáreas en América Latina, de la mano de un
puñado de empresas transnacionales que imponen precios
y condiciones, mientras el debate sobre su presencia se carga
de amenazas, juicios y dinero.
En Argentina buena parte de los campos fértiles fue
cubierta de soja transgénica a expensas de otros cultivos
y en Brasil el gobierno autorizó la siembra de esa
legumbre de manera temporal.
En Colombia, Honduras y México circula maíz
genéticamente modificado. En Uruguay existe soja transgénica
y se está introduciendo el maíz.
Además, en toda América Latina se venden alimentos
derivados de esos organismos genéticamente modificados
(OGM), pero la gran mayoría de los consumidores lo
ignora.
La historia comenzó en 1996, cuando se liberaron comercialmente
las semillas transgénicas, sector controlado casi en
su totalidad por la firma Monsanto de Estados Unidos y en
el que actúan, de forma periférica, otras cinco
empresas transnacionales.
En 2002 se sembraron en el mundo 58,7 millones de hectáreas
con semillas transgénicas, de las cuales 13,5 millones
corresponden a Argentina y el resto se reparte en otros 15
países, siendo Estados Unidos el principal productor
de alimentos OGM.
La introducción de los transgénicos en
la agricultura es irreversible en el mundo. Ahora lo importante
en América Latina es controlarla, usarla y desarrollarla
como otras tecnologías para no depender de firmas extranjeras,
dijo a Tierramérica el científico mexicano Luis
Herrera.
El experto desarrolló esa tecnología a inicios
de los años 80 en Bélgica, junto a varios colegas.
Pero para la activista Silvia Ribeiro, de la no gubernamental
Action Group on Erosion, Technology and Concentration, con
sede en Canadá, la perspectiva futura es otra.
Con los transgénicos pasará algo parecido
a la energía atómica: primero se promovió
su uso para la producción de electricidad, pero luego,
al descubrir sus peligros y consecuencias, fue en declive,
expresó Ribeiro a Tierramérica.
Las empresas que venden semillas modificadas aseguran que
sus productos son fáciles de cultivar, requieren escasas
aplicaciones de pesticidas y sobre todo son rentables. Son
la llave para saciar el hambre que acosa a más de 800
millones de personas en el mundo, sostienen. Sin embargo,
tal afirmación está lejos de obtener consenso.
El tema pendiente es explicar por qué ha habido
un ritmo de adopción tan acelerado (de siembras transgénicas
en Estados Unidos) mientras que los impactos económicos
parecen ser variables o incluso negativos, indica el
informe Adopción de Cultivos Biotecnológicos,
fechado en mayo de 2002 por el Departamento de Agricultura
de ese país.
La organización no gubernamental Food First, de Estados
Unidos, afirma por su parte que el hambre en el mundo tiene
relación con la mala distribución de los alimentos
y no con la ausencia o la presencia de los transgénicos.
Bastaría una distribución adecuada de los alimentos
disponibles hoy para que cada habitante reciba una dieta de
3,500 calorías por día, señala esa organización.
En los debates en cauce participan organizaciones campesinas
y ambientalistas de América Latina que cuestionan la
dependencia que generan los cultivos transgénicos en
los países en desarrollo y su presunto impacto en la
biodiversidad y en la salud humana.
En la otra esquina permanecen las compañías
transnacionales, que en 2002 gastaron más de 50 millones
de dólares en campañas de promoción de
sus productos.
Por la vía de los hechos o por decisiones gubernamentales,
en los últimos años ingresó maíz
transgénico de Monsanto a México y Honduras,
zona de origen de ese alimento, desarrollado y cultivado ancestralmente
por los plantadores nativos.
En México hay evidencia de que especies nativas fueron
mezcladas con una variedad transgénica y los científicos
discuten hasta qué punto se verá alterado el
rico banco genético de la gramínea.
Desde el punto de vista científico hay casi unanimidad
en que los efectos (de los transgénicos) son benéficos
y los riesgos mínimos porque se ha ido avanzando con
todas las precauciones debidas, opinó el investigador
Alejandro Montaberry, del Instituto de Ingeniería Genética
del Consejo Nacional de Investigación en Ciencia y
Técnica de Argentina.
Monsanto sostiene que espera ampliar sus ventas de semillas
transgénicas para el bien de América Latina.El
autor es corresponsal de IPS. Con aportes de Marcela Valente
(Argentina) y Mario Osava (Brasil).
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