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Edición:
5 de ocubre de 2003

El
río Monterrey, en Juayúa, Sonsonate, se desliza
con rebeldía sobre una peña negra y gigantesca
para formar una caída de agua de más de 75 metros
de altura.
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En
época de verano, la poza que se forma al pie de la
cascada se tiñe de color marino. Esto sirvió
de inspiración para que un grupo de lugareños
la bautizara con el nombre de la Lagunilla azul.
Al llegar el invierno, sus aguas azuladas se tornan de un
tono esmerilado; sin embargo, queda algo que nunca deja de
impresionar.
Desde que una enorme piedra deja de obstruir la visibilidad
para descubrir las imponentes cataratas, a unos diez metros
de distancia, las gotitas comienzan a salpicar el rostro de
los visitantes.
Por varios minutos, esa sensación de libertad que transmite
el agua al expandirse por los alrededores impide contemplar
los demás atributos de la madre naturaleza.
Después, como destellos de encanto se perciben el estruendo
del agua al caer, la fuerza del viento que invade los oídos,
los enormes peñascos tapizados con el verdor de la
vegetación, las olas que se forman en la poza...
¿Qué es parece el entorno?, irrumpe
Marvert Cáceres, encargado de Proyección Social
de la alcaldía de Juayúa. No hay respuestas.
La fotoperiodista acomoda el trípode para capturar
los atractivos y el guía turístico recorre el
lugar como la palma de su mano.
Hasta el momento la Lagunilla Azul ha escapado
al reconocimiento que han tenido entre los turistas los chorros
de La Calera, tres cascadas naturales donde cada fin de semana
se pueden observar unos cincuenta vehículos estacionados.
El díficil acceso ha sido uno de los principales obstáculos
según Cáceres para promover el turismo
en este recodo. Sólo los más osados se han atrevido
a profanar las estrechas y solitarias veredas que conducen
a esta fuente.
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| Genaro
es uno de los agricultores que podría beneficiarse
al promover el turismo. |
Pobreza
y turismo
Son siete kilómetros desde la ciudad. Los primeros
cuatro se pueden recorrer en un vehículo de doble tracción.
El resto debe seguirse a pie desde el puente El Papaluate.
El recorrido se hace a través de una vereda, en sentido
contrario al río, donde crece a sus anchas la hierba
silvestre y los cafetos comienzan a a anunciar la temporada
de corta de café.
En algunos puntos, al centro de la senda, las arañas
han edificado sus viviendas y los árboles han obstruido
el paso al no resistir la fuerza del invierno.
Allí los transeúntes suelen ser escasos. Fernando
Valenzuela y su hijo fueron las únicas personas que
encontramos esa mañana. Este hombre de manos ásperas
y mirada huraña cuenta que algunas veces suele estacionarse
en el río para capturar algunos cangrejos.
Por lo demás, los habitantes del cantón Los
Cañales, gente acostumbrada a ganarse el sustento diario
entre los cafetales, se han enfrentado a la crisis generada
por la caída de los precios del grano de oro.
Genaro Baltazar Hernández, de 59 años, refiere
que ahora se limita a cortar café durante la temporada.
Antes pagaban a diez colones la arroba y ahora la pagan
a cuatro, dice.
Los 600 colones mensuales que gana por pastorear unas vacas
no le alcanzan ni para que tres de sus seis hijos vayan a
la escuela. Es que tienen que ir hasta el pueblo,
se justifica. Pero después agrega: Es que la
situación está fregada.
Beneficiar a los lugareños, como don Genaro, es uno
de los resultados que podría traer la promoción
del turismo en las cataratas. La gente pobre ganaría
hasta por cuidar los vehículos de los visitantes,
cree Marvert Cáceres.
El alcalde, Edgardo Aguilar, también considera que
dar a conocer este potencial dormido podría generar
ingresos y solventar, de alguna forma, la dura crisis que
enfrentan los agricultores del cantón Los Cañales.
A veces viene gente de San Salvador y de Juayúa
y me dan algo porque les cuide los carros, relata la
esposa de don Genaro, Elvia Leticia. Eso ya nos sirve
para los niños, agrega mientras lava unos trastos
en el corredor de su sombría vivienda.
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Mejorar
el acceso
No sólo
la caída de agua promete ser un atractivo turístico
en la Lagunilla Azul. Mientras pasean por los
verdes cafetales, los caminantes tienen la oportunidad de
observar y de deleitarse con el canto de aves como el torogoz,
el tucán negro, los pericos y las urracas.
La variedad de especies vegetales tampoco pasa inadvertida.
Árboles como el guarumo, el cojocote cimarrón,
el guachipilín y el conacaste ayudan a conservar la
humedad del suelo y abrazan con sus ramas a quienes se animan
a recorrer el lugar. Ellos son sobre todo franceses, españoles,
alemanes, suizos y hasta sudafricanos. José Arévalo,
uno de los guías que ha acompañado a los visitantes,
cuenta que a ellos les encanta por el entorno natural que
aún no ha invadido la mano del hombre.
De hecho, en los alrededores de la poza, donde descansa la
caída de agua, durante muchos años la fuerza
del invierno ha dejado sus huellas. Troncos y ramas secas
empujados por las fuertes corrientes han quedado atrapados
entre las piedras y las rocas.
Los amantes de los deportes extremos como el rappel
también se acercan para aprovechar la altura de las
peñas y dejarse caer al compás del agua. Este
lugar es exacto para quienes quieren aventurar un poco,
dice el alcalde.
Pero aunque él reconoce los atractivos de este sitio
natural, considera que para potenciar el turismo es necesario
hacer algunos arreglos. Por eso, entre los proyectos de la
alcaldía está reparar la calle para transportarse
en vehículo y facilitar el terreno por donde se debe
caminar.
De esa forma, más amantes de la naturaleza tendrán
un nuevo destino en Juayúa. Podrán contemplar
las aguas marinas durante el verano y empaparse la ropa con
la fuerza del agua en el invierno.
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Sus
mitos
Como en todas las regiones rurales, los alrededores
de la Lagunilla Azul no escapan a las leyendas
que tienen el poder de transmitirse de una generación
a otra.
Los habitantes de la zona relatan que por mucho tiempo
el puente El Papaluate era el lugar escogido
desde donde los que sufrían decepciones amorosas
se lanzaban al agua para acabar con sus tristes vidas.
Se dice que si algún caminante patea las hojas
del guarumo, un árbol que crece entre los cafetales,
corre el peligro de que más adelante se le aparezca
la Siguanaba.
Además se cuenta que una de las pozas del río
Monterrey servía de balneario exclusivo a la
Siguanaba. Si alguien bajaba a cierta hora del día
corría el riesgo de encontrarse con el mítico
personaje.
Turismo
en la región
Juayúa está enclavado en la Sierra de
Apaneca y es conocido como el lugar de las orquídeas
rojas. Se ubica a 1,090 metros sobre el nivel
del mar y se encuentra a 85 kilómetros de la
capital.
Dentro de sus atractivos turísticos, además
de la Lagunilla Azul, se hallan la laguna
Verde, la laguna de las Ranas, la ruta de las Siete
Cascadas, los Chorros de la Calera, el salto del Talquezal
y el río Monterrey.
En los bosques de Juayúa habitan ardillas, gavilanes,
puerco espines, tecolotes, tucán negro, venados,
y especies vegetales como orquídeas rojas y blancas,
piñuelas, ninfa, campanilla, flores silvestres
y árboles de montaña.
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